Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Genocidios express

Cuando Juan Gelman hacía periodismo, no dejaba de ser poeta. Lo era, no porque usará un lenguaje poeticudo, sino porque arrojaba preguntas de hondura y sencillez demoledora. Nadie, con un gramo de conciencia, podría salir ileso de esas preguntas.

17/11/2017

En su columna del viernes 27 de julio del 2012 después de Cristo, en Página 12, directamente desde el título Gelman pregunta: “¿Por qué mató James Holmes?”. Recordemos: Holmes era aquel muchacho norteamericano que en el estreno del último Batman se metió a un cine de Aurora, Colorado y empezó a los tiros sin mirar a quien; hirió a decenas y mató a 12 humanos.

Aclaremos: este joven no era un marginal, ni alguien que se escapó de un psiquiátrico; era un jovencito de clase media, ejemplar, ganador de una beca en la Universidad de Riverside. Como estudiante se distinguió por sus estudios en las neurociencias. El rector de la Riverside, un tal Timothy White, declaró que James era un alumno excepcional, “el top de los tops”. Joder, nada menos.

Vale la pena asomarse a la lectura sosegada de la columna de Gelman. Recuerda los más de 270 millones de armas que circulan en manos de civiles, y la renovada vigencia que tiene en Norteamérica la Asociación Nacional del Rifle. Dicho sea: los rifleros cuentan hoy con la indiferencia activa de muchos los demócratas; y con el alevoso fervor del grueso de los republicanos. Mucho más de media Norteamérica.

Viene al caso: si en esta Argentina, tan sembrada de histeria por los medios descomunicadores, se creara algo semejante a la Asociación del Rifle la cantidad de adherentes sería escalofriante, entre ellos todos los que adoptaron al ex (falso) ingeniero Blumberg como una linterna mesiánica.  

Sigo. Estimulado por aquel lúcido texto de Gelman, me hago cargo de su pregunta: “¿Por qué mató James Holmes?”  Hay que sumarle: ¿Por qué un dulce jubilado mató a 59 personas en un recital de Las Vegas? ¿Y por qué Devin Kelley, un militar desocupado, mató hace pocos días a 26 personas en una iglesia de Sutherland?

La cantidad de muertos que se producen en estos casos seriales, espeluznan. En casos menos espectaculares Estados Unidos suma un promedio de más de 40 asesinados por día, alrededor de 13 mil anuales. Si nos quedamos impresionados sólo por las cifras miramos sólo la punta del dedo y no lo que el dedo señala. La pregunta de Gelman nos mete de cabeza en otra pregunta: el Imperio norteamericano, ¿cuántos miles, cuanto millones de veces se ha comportado con la asesinación “sin mirar a quién”?

Por ejemplo: los del jubilado, el pibe Holmes y Kelley constituyen módicos genocidios, a escala casera. Atención: al pibe Holmes y al jubilado y a los otros ¿se lo puede calificar de “asesinos seriales”?

Si nos fijamos en Holmes advertiremos que este muchacho no es más que un alumno adelantado. Tenía razón su rector cuando declaró que James “era el top de los tops”. Más allá de su excelencia como alumno, era un genocida precoz que asimiló muy bien el ejemplo de ese Imperio que se fue de madre y de padre al punto de adoptar la impunidad del eufemismo ese que denomina “guerras preventivas” a los “genocidios preventivos”.

¿Nos vamos escandalizar ahora por la matanza sin mirar a quién que hizo James en un cine de Colorado? Antes que eso escandalicémonos por la historia que mamó este muchacho. Entre otras cosas por Hiroshima y Nagasaki, dos “hazañas bélicas” que se naturalizaron como “éxito” en un país que, entre otras hazañas, tiene la de haber elegido presidente a Donald Trump. Un país definido por el asesinado Martin Luther King como “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”.

La profesora de historia Aviva Chomsky de la Universidad de Salem, en Massachusetts reflexionó sobre su país recordando que en el 2016 arrojó un promedio de 72 bombas por día, es decir, más de 26 mil bombas anuales. Las distribuyó “en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán”. La profesora Aviva concluye que EE.UU. con esa siembra de bombas produce, cada día, el equivalente en muertes de un 11 de setiembre de las Torres Gemelas.” Sigamos con la calculadora: multipliquemos 3000 muertes por 365 días y nos da casi un millón cien mil muertes anuales.

Ahora calculemos cuánto cuesta cada bomba, los gastos de “traslado”. Con el costo de cada bomba, más el gasto “operacional” de cada una se podrían construir ¿cuántas miles de escuelas, cuántos miles de hospitales?

Por favor, dejemos de lado la curiosidad de las cifras. Detengámonos, pensemos en los ciento de miles de seres que nacieron para vivir y, de un minuto al otro, son borrados del mapa. Estas “interrupciones de vidas” son abortos posteriores. Son una costumbre naturalizada.

Volviendo a la pregunta del poeta Gelman: “¿Por qué mató James Holmes?” Y ahora: ¿por qué mato el jubilado, y por qué Kelley? ¿Por qué simples ciudadanos de pronto matan a mansalva? Esto pasa porque nacieron mamando el horroroso ejemplo de casos como Hiroshima. Nos es por casualidad que medio país haya votado, con indisimulado entusiasmo, a ese neoliberal explícito que se llama alegremente Donald Trump. Madremía.

La conclusión es dura pero insoslayable: cada vez que el diario nos informa de que un ciudadano norteamericano consumó, meta y meta balas, decenas de muertes, procede con la lógica naturalizada de Hiroshima y de Nagasaky y de tantas guerras preventivas que realmente son genocidios. Genocidios express.

Posdata. El país más poderoso de la Tierra no para de suicidarse. Madremía. No nos desvivamos chupándole las medias.

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Rodolfo Braceli