Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Neruda y Lorca y Santiago

Las noticias insisten: Neruda murió el 23 de setiembre de 1973. Esa supuesta muerte ¿sucedió? en el Chile violado por el criminal Pinochet, con respaldo aéreo del dúo Kissinger-Nixon. En fin, otra “hazaña” debida al dulce neoliberalismo.

10/11/2017

También se asegura que murieron Federico García Lorca y, más cerca, Santiago Maldonado. Vayamos por parte: ahora resurge la hipótesis de que Neruda no murió por un cáncer, sino asesinado, por un veneno inyectado, a los 12 días del golpe militar que derrocó a Salvador Allende. Médicos forenses internacionales – según informa el New York Times–, sostienen la posibilidad de que el poeta fue envenenado. Están investigando.

Escribí “criminal Pinochet”; me quedé corto. Quise decir: criminal asesinador, ladrón que escondió fortunas en bancos extranjeros; y, antes que eso, violador de vidas y de muertes, abortador serial porque interrumpió, afuera del vientre, la vida de seres humanos que habían nacido para vivir. No escribo desde el odio a Pinochet, no; escribo desde la náusea del asco.

Mientras los forenses investigan voy a proponer una hipótesis que alcanza a Neruda, a García Lorca y a nuestro Santiago Maldonado. A los tres se los da por muertos. No estoy de acuerdo con esto.

Retomo conceptos vertidos en esta columna: la democracia de Chile fue arrancada de cuajo con el descarado apoyo de una superpotencia que, como es hábito, a la hora de invadir invocó “la sagrada democracia y libertad”. Aquello perpetrado en Chile en 1973 fue una “guerra preventiva”. Salvador Allende fue el primer marxista de occidente que llegó a presidente por el también “sagrado mandato de las urnas”. Allende eligió morir en su sitio: triunfó desde la derrota. No muy lejos Víctor Jara, en el estadio-cárcel, cantó hasta que le decapitaron las manos. Y le metieron 46 balas. Días después, ya comenzada la primavera, moría –dicen– Neruda. Pablo, estaba armado hasta los dientes, escondía un tremendo arsenal: almacenaba bidones de ternura. Resultó que el poeta era un traficante. De esperanza.

Hace tiempo, en una librería porteña encontré, pegados, un libro con el rostro de Neruda y otro con el de Pinochet. Pensé: “¿Qué será de la vida de Neruda?... ¿Y qué será de la muerte de Pinochet?”

Al libro del poeta lo tomé como a un pan saliendo del horno. Al libro del asesinador ni lo rocé.

En “Confieso que he vivido” encontré este relato de Neruda: “Una vez en Isla Negra nos dijo la muchacha: ‘Señora, don Pablo, estoy encinta’. Luego tuvo un niño. A ella no le importaba quién era el padre. Le importaba que Matilde y yo fuéramos padrinos de la criatura. Pero el cura se erizó como un puerco espín: ‘¿Un padrino comunista? ¡Jamás!’. Neruda no entrará por esa puerta. La muchacha volvió a sus escobas en la casa, cabizbaja.”

Sigue Neruda: “En otra ocasión vi sufrir a don Asterio. Era un viejo relojero... Su mujer se moría. Su vieja compañera. Pensé que debía escribir algo que lo consolara en tan grande aflicción. Que pudiera leerlo a su esposa agonizante. Escribí el poema. Sarita Vial lo llevó al periódico. Lo dirigía un señor Pascal. El señor Pascal es sacerdote. No quiso publicarlo. Neruda, su autor, es un comunista excomulgado. No quiso. Se murió la señora.”

Neruda desenvaina pétalos: “Yo quiero vivir en un mundo sin excomulgados. En un mundo en que los seres sean solamente humanos. Quiero que se pueda entrar a todas las iglesias, a todas las imprentas. Quiero que todos puedan hablar, leer, escuchar, florecer. No entendí nunca la lucha sino para que esta termine. Me queda una fe absoluta en el destino humano… nos acercamos a una gran ternura.”

Se investiga si Neruda murió por una inyección de veneno ordenada por Pinochet. Qué diferente con la muerte de Pinochet, escabulléndose de la justicia como rata. Allá por el 2004, en Mendoza, me crucé con un facho devoto del dictador. Me argumentó: “Si no hay sentencia legal no se puede sostener que Pinochet es un ladrón”. Tenía razón: la justicia ante todo.  Pero el caso es que Pinochet fue un ladrón absoluto: ladrón de la Constitución. Y ladrón  de vidas. Mientras sacaba su lengua para recibir la hostia, robaba vidas humanas. Se tomaba atribuciones del Dios que decía venerar. Y más: el grandísimo ladrón violó a la patria latinoamericana. O´Higgins vomitaría sobre él si hubiese visto cómo facilitó bases chilenas a las fuerzas británicas ¡en plena guerra de Malvinas!

Pinochet, el ladronazo, antes que nada fue violador, hacedor de abortos posteriores al vientre (abortos de seres de 20, 40, 70 años). Lo patético es que este abortador serial, se escondió en leyes que antes borró. Usó su ancianidad como coartada. Se autodeclaró en estado de “demencia senil moderada”.

Qué pedazo de cobarde, siempre escondido detrás de sus lentes ahumados. Patético, actuando de ancianito demente. Ajeno al honor, robó oro, pero antes robó vidas.

Muerto Pinochet, muerto Neruda, salta la abismal diferencia. Mientras Pinochet vadea los ríos de pus que generó con su indignidad asesinadora, nuestro Neruda vadea ríos de sol.

Veámoslo: ahí va Pablo, respira de otra manera, trafica esperanza. Y ahora arribo a mi hipótesis. Carajo, ¿quién se animará a decir que murió? Si tiene todavía pulso como para confesar: “Quiero vivir en un mundo en que los seres sean solamente humanos”. Si sueña a rajacincha “con un camino que nos lleva a todos a una gran ternura”. Si afirma que “esta esperanza es irrevocable.”

Posdata.  Ni Neruda ni Lorca han muerto: respirarán de por vida. Y que me perdone la doctora Lilita: tampoco ha muerto Santiago Maldonado. ¿No se dio cuenta? De la mirada de ese muchacho brota sol. (No, usted con él no va poder, reverenda doctora. Esta esperanza es irrevocable.)”

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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