Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Las parteras, ¡qué las parió!

Buendía, carajo. Bajo un cielo de plomo, con días y noches en los que cunde la peste del desaliento y la desesperanza, de pronto nos estalla una granada de sol: las Madres Abuelas de Plaza de Mayo, las tan hostigadas “viejas locas” anuncian, a esta patria idolatrada y al mundo entero: “Recuperamos la Nieta 125”.

2/11/2017

Esto nos sucedió el jueves 26 de octubre del año 2017 después de Cristo, en el CCK (Centro Cultural Kirchner). Con el anuncio de este milagro hecho a pulso aquí en la tierra, las Madres Abuelas celebraron sus 40 años de lucha ejemplar. Celebraron pariendo, porque eso son: parteras de la memoria. El ser humano que ahora recupera identidad es la hija de Lucía Rosalinda Victoria Tartaglia, secuestrada el 27 de noviembre de 1977 en La Plata. Allí estudiaba derecho; militaba en la Juventud Peronista. Durante su embarazo Lucía atravesó sucesivos infiernos: los centros clandestinos Atlético, Banco y Olimpo. Estela Carlotto, en nombre de estas mujeres porfiadas y tenaces que tienen la buena costumbre de quedarse a vivir, dijo: “Estamos grandes, vamos quedando poquitas, pero la búsqueda seguirá con nuestros y nietos recuperados. Quedan más de 300 por identificar.”

Cuando la realidad es tan oscura y reiterativa, las ocasiones de alegría debemos enarbolarlas y ser reiterativos, como con las canciones que nos iluminan la sangre. Recupero palabras escritas en esta columna. Y pido lo de tantas veces: que las señoras muy aseñoradas y los señores muy almidonados sepan disculpar, ahora mismo vamos a propagar otra “mejor noticia del año”. Estos días, en nuestra patria distraída y desmemoriada, ha nacido otro humano. Y ha nacido a los 40 (cuarenta) años cumplidos de su edad. Estuvo secuestrado de identidad durante 4 (cuatro) décadas.

Me confortó ver que en Jornada online apareciera el anuncio de Carlotto a todo lo ancho de la apertura del diario. Pero sabemos que, en general, la noticia de los hallazgos aparece chiquita y nos es dada con desgano por la mayoría de los medios, como para salvar las apariencias. Pero siempre es y será “la mejor noticia del año”, aunque una y otra vez se la traspapele en la inmundicia de la banalidad y de la güevada que nos envuelve y asfixia.

Pregunta recurrente: si el ser recuperado hubiese sido un famoso empresario o un rostro de la farándula, y si su secuestro hubiera durado 4 días en vez de 4 décadas, ¿qué repercusión hubiera tenido? Seguro que el aire radial, el tiempo televisivo y el centimetraje en los medios gráficos hubiera sido de cientos, de miles de minutos; de cientos, de miles de centímetros. En fin.

El caso es que el ser humano recuperado, reitero, por un milagro sembrado aquí en la tierra, por fin sabe cómo se llama. Y sabe que fue robaba desde la placenta de una madre después desaparecida.

Pero las Madres, hoy abuelas y bisabuelas, no bajaron los brazos a lo largo de cuatro décadas. Y hoy otra vez nos dan “la mejor noticia” del turbio 2017.

A los dueños de las vidas y de las muertes la noticia de la Nieta 125 no les importa un comino y, si les importa, les da en el medio del hígado. Pero, aunque sea jorobante, tenemos que insistir con otra pregunta: ¿por qué la aparición de un Nieto afanado desde la placenta, por décadas, apenas si es mencionada, y ubicada entre las noticias menores del día? La respuesta cae por madura: se aborrece la “mejor buena noticia” porque la memoria alumbradora produce cólicos de conciencia. A propósito: no nos dejemos confundir por los aparentemente “conciliadores”: la memoria no es retroceso, como pregonan; la memoria semilla un futuro diferente.

Digámoslo de nuevo: cada aparición sucede, por así decir, después de un embarazo gestado en una búsqueda de décadas. Se trata de estallidos de vida. Son partos conseguidos por la ciencia de la paciencia de las Madres Abuelas. Habremos notado que muchas de ellas viven más allá de sus 90 años. ¿Por qué se quedan a vivir tanto tiempo?

Se quedan para buscar, hasta que encuentran. Estas parteras hacen la Vida sin arrojar una piedra, ni una bala. Y ahí, en cada parto, brota un torrente de sol. Y esta sí que es la genuina “revolución de la alegría”.

Pronuncio la palabra alegría y, ya mismo, propongo abrazar con brindis a esas madres que convirtieron al dolor y a la desesperación en militancia del pulso. Las acusaron de chifladas. Las sospecharon. Como son siempre incomodantes, últimamente las quieren quemar con indiferencia y difamación y olvido. Pero no pudieron y no podrán con ellas: las locas parteras encarnan la victoria siempre. Y enseñan.

Voy, una vez más, por un hondo espejo para mirarme y para mirarnos mejor. Acudo a una plegaria de intemperie, por las parteras de la memoria, y digo:

–Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia: ¿Qué sería de nosotros sí ellas, las Madres locas, no existieran?

¿Qué quedaría de nosotros sí ellas no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué?

¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?

Reconozcámoslo: sin ellas alumbrando, esta patria idolatrada hoy sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y de tanto tocar y tocar fondo, habríamos desfondado el abismo. Pero ellas nos enseñan a sembrar el abismo.

Y nos enseñan que la paciencia no es resignación.

Y nos enseñan el optimismo de la memoria.

Y nos enseñan que la fastidiosa memoria es el modo más porfiado de la esperanza.

La madre que nos parió. ¡Las madres que nos parieron! Brindemos y celebremos otra parición, la de la Nieta 125. Brindemos, sí, ¡y a rajacincha! Brindemos y con el brindis ¡démonos fuerzas! No caigamos en la desesperanza. Eso sería inmoral. Eso sería traicionar a la Vida que nos parió.

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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