Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

La desesperanza es traición

Buen día. Si los eventuales lectores y lectoras me lo permiten, por un rato pondremos preguntas en remojo: ¿Qué queremos significar cuando decimos esperanza? ¿Es posible la esperanza en un mundo atravesado por el impiadoso tsunami del neoliberalismo?

27/10/2017

l.  ¿Vale la pena tener esperanza? ¿Vale la pena tener esa pena?

2.  Aclaremos que la pena vale la pena si es terca, si es porfiada, porque esa pena, tarde o temprano, valdrá la alegría.

3.  Por favor, cuando pronunciemos la palabra “esperanza”, prestemos atención debida: la verdadera esperanza no es fácil, no nos cae del cielo. Es algo que brota desde la paciencia, en la tierra. Brota si la sembramos. Y si la regamos cada día, sin feriados, incluso en los días de guardar.

4.  ¿Esto quiere decir que la esperanza es una “actividad”? Eso es: un estado febril, un arduo trabajo.

5.  Todo eso es la esperanza: actividad, fiebre, fervor, trabajo perpetuo. Pero no sólo eso: a veces, muchas veces, es indignación, es furia, es desvelo, es pulseada, es insomnio. Como lo es la democracia misma. Tan manoseada ella.

6.  Renunciar a la esperanza (cuando se es un bien comido y bien alfabetizado y bien abrigado) puede ser una obscena comodidad, una forma de profunda cobardía, ¡una traición!

7.  Los bien comidos, bien alfabetizados y bien abrigados que bajan los brazos con relación a la esperanza, en realidad no merecen tener brazos. Esos humanos son vagos de toda vagancia; le sobran a la Vida.

8.  La década del 90ta. reprodujo, en situación de democracia, la devastación de los años de dictadura, ejecutada por aquel neoliberalismo encarnado en Martínez de Hoz y después reencarnado en Cavallo. Hagamos memoria: fue cuando se vendieron las joyas de la abuela. Y a la abuela también. Durante el jolgorio de las “relaciones carnales” el grueso de nuestra sociedad, a merced de los buitres de adentro, se acostumbró al despojo de los buitres de afuera. En esos tiempos lo más grave de todo fue que a muchos, demasiados, les empezó a parecer inútil, pueril, tener esperanza. A punto estuvieron de convencernos de que eso, tener esperanza, era algo subversivo. O era, como decía el himno de Discépolo, el modo más sonoro de hacer el ridículo.

9.  Prestemo-nos atención. Hay demasiados que a la palabra “esperanza” la escupen. O la usan marketineramente. Y, en ese río revuelto del “todos son iguales” que inyecta la “antipolítica” una vez más le hacen el caldo gordo a los siempre activos fachos que propician la Mano Dura explícita o la Mano Dura con la careta de una falsa democracia.                   

10.  Pero no carecemos de prodigiosos ejemplos. Tengamos presente que las Madres Abuelas nos enseñaron algo imprescindible: que la esperanza es un derecho. Y es un insoslayable deber.

11.  Y nos enseñaron que la memoria es la forma más ardua de la esperanza.

12.  Nadie pudo, nadie puede, nadie podrá con las prodigiosas parteras de la memoria. Nadie pudo nadie puede nadie podrá con el acero de su ternura, con la encarnación de la esperanza y la paciencia.

13.  A propósito: la paciencia no es resignación, es lo contrario.

14.  Hablando de la esperanza entendida como un incesante trabajo: no es para vagos, ni es para abúlicos, ni es para desmemoriados, ni es para invertebrados, ni es para traidores, ni es para forros camaleones.

15.  Bajar los brazos, renunciar a la esperanza –para decirlo como lo diría Quevedo– es una manera de cagarse en el futuro. Ojo al piojo: adentro de la palabra “futuro” están nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos y...

16.  Señoras y señores, no dejemos, no permitamos que también nos afanen la esperanza. Cuando eso nos pasa, ya ni siquiera necesitamos enemigos.

17.  Que quede bien claro y no haya confusiones: estamos hablando de la esperanza como palanca y cornisa de la dignidad. De la esperanza como milagro sembrado, y no caído del cielo. De las esperanza como ideología. No estamos hablando de la esperanza pavota, güevona. Ni estamos hablando de la esperanza de los discursitos aprendidos de memoria. Ni de la esperanza de cartón pintado. Ni de la esperanza hueca. Ni de la esperanza impostada. Ni de la esperanza como mero maquillaje.

18.   Que quede muy claro: estamos hablando de la esperanza de los que hacen el amor a rajacincha. Hablando de la misma indómita esperanza que les permitió a las Madres Abuelas rescatar y abrazar a más cien nietos afanados de cuajo desde la placenta.

19.   A propósito de esperanza: con la esperanza hecha trapo, con la esperanza hecha jirones, con la esperanza desgarrada, con la esperanza machucada, pero, de todas formas, con la esperanza sostenida por una memoria que recién asoma, ya no pregunto “¿Dónde, dónde está Santiago?” Ahora pregunto: “¿Por qué, por qué ya no está Santiago?”

20.  Por favor, hagamos un esfuerzo de hernia, un esfuerzo de cuajo, para no caer en la fácil tentación de la desesperanza. Esa tentación es una obscena comodidad. Y es una traición que no tendrá perdón de ninguno de los dioses habidos y por haber. Sumada al no perdón de los dioses estará la mirada ineludible de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. Y así sucesivamente.

Posdata.  Por más abatidos que estemos, no caigamos en el pozo desfondado de la desesperanza. ¿Tenemos acaso, los biencomidos y bienleídos, derecho a bajar los brazos? Eso sería una traición. En realidad, sería la traición de las traiciones. Damas y caballeros: no arriemos la esperanza y no perdamos la vergüenza. No caigamos en la indiferencia activa, No seamos mierdas (sin olor).

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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