Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Quino, público y laico

Después no vengan a decirme que no les avisé: a los eventuales lectores y lectoras de esta columna les sugiero que tengan a mano una botella del luminoso vino oscuro. Hay sobrados motivos para brindar por alguien llamado Joaquín Lavado, alias Quino.

6/10/2017

Al Quino nuestro, está dedicada la Feria del Libro de Mendoza 2017. Lo mejor del caso es que Quino está vivo, como lo estaba el profesor Arturo Andrés Roig, cuando le dedicaron la Feria mendocina del 2008. Ni Quino ni Roig se parecen al promedio de la sociedad mendocina. Los dos, como otros comprovincianos que trascendieron internacionalmente (Favio, Tejada Gómez, Di Benedetto, Le Parc, D’Accurzio, Politti, Alonso, etc.) tienen algo en común: ninguno de ellos contrajo el virus de las ideologías conservadoras que tanto caracterizan a Mendoza. Ninguno adhirió a la moral angosta y pacata de un desconsolador porcentaje de los habitantes de nuestra provincia del buen sol.

    Quino, sinónimo de humor; es decir, de inteligencia lúcida, nos indujo a mirar sin conformismo a esta sociedad resignada a la comodidad de los eufemismos. Hace tres años se cumplieron los 50 del nacimiento de su mundial Mafalda; entonces  declaró algo para tener muy presente: “En mi trabajo he dado todo de mí. Y lo que di es lo que me dio la escuela pública, laica”.

    No es un detalle de morondanga, es algo esencial: Quino se reconoce hijo de la escuela pública, laica. No le debe ni una moneda al país chupacirios, al país castrense de los Martínez de Hoz, al país privatizado, rifatizado, loteado, benetteado. Sin embargo, muchos de ellos, demasiados, sacan pecho con descaro sumándose al aluvión elogiador del genio hacedor de la rebelde Mafalda. 

   En esta columna, hace años propuse reflexionar sobre una pregunta antipática: “¿No es acaso una paradoja que Quino, haya nacido y aprendido a respirar en Mendoza? Dicho de otro modo: ¿el promedio de la sociedad mendocina (hablo del promedio) pertenece a la índole inconformista de la niña Mafalda? El conservadorismo, la pacatería, la contractura mental de nuestro promedio social, ¿tienen derecho a celebrar el premio (especie de Nobel) Príncipe de Asturias otorgado a Quino? 

   Sin ánimo de nostalgia lagañosa, me da gusto hojear las entrevistas que le hice a lo largo de casi medio siglo. Voy por él: lo primero que hizo fue nacer, en Mendoza (año 1932 después de Cristo). A los 21 se largó al Buenos Aires que le abriría puertas al mundo. En 1967 entrevisté de casualidad a un Quino de paso por Mendoza. Más tarde en Buenos Aires, en 1987, le hice el reportaje–prólogo a su antología “10 años de Mafalda”. Después lo entrevisté en 1990 y en 2001. El Quino de la madurez, sin el corsé del denso pesimismo, convivía mejor con su  grave timidez y hasta se asomaba a la alegría.

  Al Quino de 35 años, sin tutearnos, le pregunté cómo era posible que no lo atrajera el fútbol. Me respondió: “¿Acaso es una tragedia que a uno no le guste el fútbol?” Le respondí que era “una lástima”. Después le pregunté a dónde va a parar el mundo. No encontró palabras; le pedí que me contestara con un dibujito, en una servilleta. Y Quino dibujó primero un hombrecito de anteojos (yo), después un globo terráqueo... El hombrecito al globo terráqueo lo convertía en balón, y le daba una patada. Ese era el futuro que vislumbraba Quino. Es decir: adiós planeta, adiós.

   Dos décadas después lo volví a reportear. Habían sucedido los años del limbo del infierno, eso lo llevó a Europa. Me contó sobre por aquel 17 de julio cuando nació en Mendoza: “Sólo sé que nací a las cuatro de la tarde. Entre los 10 y los 18 años viví asediado por la muerte: un abuelo, mi madre, mi padre... No podía escapar del luto: puerta entornada, sin radio ni música ¡y un brazalete negro! Con ese brazalete me sentía un nazi. Feo, ¿no?

–¿Cómo era Quino a la edad de Mafalda?

–Muy solitario. No jugaba a la pelota; por mi timidez espantosa no quería ir a la escuela. Solo quería dibujar. Mi madre me convenció de que si quería dibujar con los globitos, como en las historietas, también tenía que escribir los textos. Y a escribir iba a aprender sólo en la escuela. Sin más remedio, fui. Mientras me acercaba a mi tío Joaquín Tejón, pintor y dibujante publicitario.

–¿Desde cuándo se recuerda dibujando?

–Un día mi madre trajo a casa una mesa de madera clara, de álamo... yo me acosté boca abajo sobre ella y la fui cubriendo de dibujos de un extremo al otro... Ella me dijo: “Si quieres seguir dibujando tienes que lavar la mesa cada vez.”

  En aquella charla le repregunté “a dónde va a parar el mundo”, y esta vez me respondió con palabras: “Iremos a parar al espacio, volaremos en cohetes... Yo era muy pesimista, viajando a Cuba aprendí: allí vi lo que puede la voluntad y la unidad. Aun en la pobreza, con el esfuerzo común se puede conseguir salud, educación, alimentación.

   El Viernes Santo del 2001 ya nos tuteábamos. Le pregunté si seguía incrédulo:

–No, creo en taaantas cosas... Soy agnóstico; no sé, ateo también… soy un animista. Fui educado como hijo de republicanos españoles. Mi vieja, Antonia Tejón, y mi abuela eran comunistas. Mi abuelo también ¡muy anticlerical!

 –Tu incredulidad en Dios, ¿te desasosiega?

–Para nada. Creo en aquel árbol y en aquel otro y en el sol y la lluvia y en los pajaritos… Mirá, la otra noche soñé que venía una pareja de pajaritos. Venían a invitarme a su boda.

   Posdata.  Puse pregunta en remojo sobre la paradoja que significa que el Quino haya nacido en Mendoza (sitio con muuuuy alta tasa de mentalidad pacata).  A la Mendoza conservadora y neoliberal él le salió por la culata. Momento de descorchar la botella. A brindar por y con Quino, por la rebeldía y por la imprescindible escuela pública y laica. Caraxus ¡salud!

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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