Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

México hoy, Neruda mediante

Estamos aquí, en la tierra. Lo que está pasando en México, a todos nos pasa. Pasa crudamente en Latinoamérica. Pasa en Cuba, en Panamá, en San Juan, en Mendoza.

29/9/2017

Aclaremos que Latinoamérica es todo lo que en el mapa hay hacia abajo del límite que marcó el último mordiscón del imperio norteamericano a México.

    México, sufrida patria. Padece la ira de la naturaleza y encima la obscenidad del muro que quiere consumar un ser humano llamado Donald Trump. Propongo que nos acerquemos a las entretelas del drama mexicano, poesía mediante. Imaginémonos conversando con Pablo Neruda, alguien que sabe en carne propia de terremotos y de maremotos; él me responderá con hebras de su poesía. ¿Qué nos dirá Neruda desde sus libros sobre el corcoveo telúrico, sobre sus hondos bramidos de fuego? Ante tanta absurdidad, el sumo Pablo tiene la palabra. Pero antes voy por mi recuerdo de una anciana tan analfabeta como sabia.

   La vieja aquella, fiera sin consideración, tenía una boca pareja: ni un solo diente. ¿Edad? Ni ella lo sabía. En 1965 la conocí en Pichicuy, caleta de pescadores 170 k. al norte de Santiago. Allí había un precario hotelito de madera, con un baño para 8 habitaciones; las olas lo lamían. Por una cuesta en zigzag se llegaba al caserío de los pescadores. Allí vivía Lautara; ella decía que apellido no necesitaba. Después de cenar, con un par de amigos subíamos para estremecernos con los relatos de Lautara. La estoy viendo en su silla de totora, con una pollera inmensa y las piernas abiertas de tanto ser madre y abuela y antigua hembra. Escuchemos su relato de un cercano terremoto de agua, un maremoto del que ella y el vecindario sobrevivieron.

–“Ese mar que ahora mansito nos lame, un día se puso más grandote que varias montañas juntas y nos calló todo encima… Al cuento puedo contarlo porque el mar es un traidor que avisa… Tenemos un tonto bueno en la familia, el Ciriaco… Pues, el día anterior despertó llorando a las carcajadas. Se retorcía mientras dale que dale con las carcajadas de su llanto… Algo nos quiere avisar el Ciriaco, dije… A la hora de empezar con el puchero, el fuego era como una lengua que se enroscaba… Algo nos quiere avisar el fuego también… Y fui el fondo a ver los bichos del corral… Los tres chocos ladraban ronco y la mulita terca pateaba la leña. Harto nerviosos los animalitos de Dios: el gallo no quería pisar a las gallinas… Me volví a la cocina y vi por la ventana que ya los bichos se rajaban hacia lo alto del cerro!… Y entonces puse cuatro gritos para juntar chiquillos y vecindario… ¡Vámonos detrás de los animales al tiro! Y a trepar con lo puesto… Recién llegados a la cresta, el sol se puso negro y el mar se volvió montaña alzada y aplastó al caserío entero… ni los rezos nos salían… Si estoy contando el cuento es porque Ciriaco y los animales nos avisaron. No son güevones los animales…”

   Un detalle más: la vieja Lautara no tenía biblioteca, pero en el centro de su rústica mesa había un libro de Neruda. Ella no sabía leer, una nieta se lo leía. El recuerdo de Lautara me empuja a mi biblioteca: voy por Neruda. Y ya puedo, por fin, conversar con el Poeta, ahora, en el 2017, a propósito de los castigos telúricos del sufrido México.

–Don Pablo, ¿está ahí?

–Será que “yo no puedo estar muerto”.

–Hace bien en nacer. ¿Tiene usted idea lo que su querido México acaba de padecer? 

–“Se fugaron los dioses”…

–Y ante la fuga, ¿usted qué hizo?

–“Yo me deslizaba por la calle, negra estaba la noche... se abría la tierra, nada la defendía… los pájaros cantores vaticinaron la agonía… Se abría la tierra, nada nada la defendía… bruscos socavones, heridas que ya nadie podrá borrar del suelo… asesinada fue la tierra mía…  Hay amigo, “no hay nada más que llanto”.

–Y el volcán furioso y niños abrazados a sus juguetes.

–Vi los niños “más allá de esos muros, lejos”…Vi “el temporal de aullidos y lamentos y fiebres, la noche absorta”… Hice “girar mis brazos como dos aspas locas”, vi “relámpagos, cabezas de mirada terribles, como la de ciertos ahogados”…

–Don Pablo, pero no hay  noche que dure cien años. Rompámosle la cresta a los presagios.

–Eso es, afuera “los pájaros del demonio”, basta de “relámpagos embalsamados, el hombre separará la luz de las tinieblas”.

–Entonces usted cree que habrá día de mañana.

¬–Habrá. “Creo, como Rimbaud, en la ardiente paciencia”.

–No amaina la prepotencia de su entusiasmo.

–“No se trata de nombrar el vacío, sino de llamar a la esperanza.”

–Ante un fanático de la esperanza, me rindo. Lo veo radiante.

–“Yo no puedo estar muerto, para nacer he nacido, no se destiñe el aire respirado”… “Humildemente altivos tenemos mucho que hacer”, alcemos “las guitarras harapientas contra el infortunio”, zurzamos “las olas trituradas”. Tenemos que “nacer de la ceniza terrestre. En un río de espigas llega el sol”.

–Ahí asoma… ¿quiere preguntarle algo?

–“Dime, sol, si sobre el árbol todavía está el cielo... Dime, sol, si el hombre está en su sitio.”

–Cielo y humanos están. Gracias a la vida esta noche no escribirá usted los versos más tristes.

–No, “porque llevo en mi mano la paloma”.

–No ha caso: usted es un fanático de la esperanza. ¿De qué paloma me habla?

–De “la paloma que duerme en la semilla”.

–Se viene, irrevocable, el canto de los gallos y sus consecuentes auroras… ¿Qué se quedó mirando, don Pablo?

–Me quedé mirando eso, “la aurora... En un río de espigas llega el sol”.

   Posdata.  A propósito de sol: don Pablo, sabría decirme ¿dónde está Santiago? ¿Por qué no está Santiago?

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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