Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Primavera, ¿dónde está Sant…?

Para Navidad, Reyes, cumpleaños esperamos siempre un regalo que nos colme. De pronto se me da por pensar que también podemos soñar regalos para la parición de la primavera. ¿Cómo cuáles?

22/9/2017

Paciencia, lo diré. Sólo adelanto que los regalos tienen que ver con la rueda de la Vida.

   A propósito de la primavera: retomo un extraño sueño que tuve hace años. Soñaba con un texto que me recordaba que había estallado la primavera por los cuatro cardinales. Acudo a ese texto para que me dicte de nuevo:

   “Esta mañana desperté antes de la fachista alarma del reloj. Acomodé mis meniscos, bajé de la cama, bebí el agua, respiré hondo y comprobé que el aire estaba.

   Salí a la terraza que me compensa ese patio que siempre extraño, alcé la mirada y comprobé que ¡el sol también estaba! Una vez más.

   Con la certeza del aire y del sol, agnóstico como soy, empecé a rezar a mi manera: es decir, a rezar sin valerme de gastadas plegarias burocráticas dichas con la inconciencia del hábito. Mi rezo consiste en pronunciar los nombres de un puñadito de seres primordiales con los que comparto los días y las noches. Los rostros de esos nombres me alientan en el intento de hacer que la famosa Vida sea algo más que “una herida absurda”.

   Así es, me desperté: agua, terraza, respirada con fruición, comprobación del aire y del sol, rezo nombrando a esos seres que son mis talismanes. Después me dispuse a izar la bandera. Ahí me di cuenta que en mi casa no había mástil; pero no me desanimé. Imaginé que si uno lo desea, uno se pone mástil.

   ¿Y la bandera? ¿Qué bandera izar para comenzar este día único?

   Empecé a buscarla deletreando los pliegues del flamante aire de la mañana. Miré al norte y al sur, y al este y al oeste. “Bandera, ¿dónde estás?” –dije en voz alta.

  El aire, apenas brisa, me respondió lamiendo mis pómulos y mi mirada.

  Ahí supe que la bandera era ese aire que me estaba rozando con levedad. Y la empecé a izar lentamente, con mi corazón entusiasmado.

   Izando la bandera del aire sentí que la patria es el mundo entero. Y que el mundo entero es apenas una arenita que flota en el océano sin orillas del cosmos.

   Como nunca antes, sentí que los mapas y las fronteras son un invento de la civilización para justificar la irrefrenable barbarie de guerras, misiles y genocidios preventivos.

   Una voz proveniente de una ventana de edificio cercano me gritó: “¡Pacifista pelotudo!”

   Sin ánimo de insultarle la madre, le grité: “¡La madre que te parió!”

   El anónimo tipo de la ventana se dio cuenta que yo no tenía nada de pacifista y concentró su agresión a una sola palabra: “¡Pelotudo!”   

   A esta altura del tome y traiga, enmudecí. La verdad, es que el vecino me dejó sin palabras con su poder de síntesis.

   Enseguida el tipo de la ventana distante se esfumó, triunfante.

   Me quedé sumido en el silencio, casi abatido. Arrié muy despacio la bandera del aire. La sentí como una piel que me seguía rozando los pómulos.

   Me aquieté.

   Habrán pasado un par de minutos. En voz alta me impuse alzar otra vez la bandera del aire. Y la llevé bien arriba a esa bandera.

   Y otra vez sentí que el mundo entero es una patria no más grande que una arenita que navega en la desmesura del sumo cosmos.

   Después fui a vestirme de ciudadano, desayuné rápido, y afronté la vereda. No había caminado una cuadra y ya me había olvidado de que el mundo entero es una patria. Y que los países y las fronteras son un invento de la civilización (agudizada por el arrasador neoliberalismo) para justificar la irrefrenable barbarie de guerras, misiles y genocidios.

   Cuando retorné a mi casa, la noche ya cubría casas y cosas; ahí recordé lo que había olvidado.

   Entonces salí a la terraza, respiré hondo y comprobé que el aire seguía flameando. Alcé la mirada y comprobé que también la luna seguía estando.

   Con la certeza del aire y de la luna, recé pronunciado mis palabras talismanes, y como mástil no tenía otra vez yo me hice mástil. A la bandera del aire la fui alzando, hasta que volví a sentir que el mundo entero era una patria del tamaño de una arenita flotando sola y solita en el hondo abismo del cosmos.

   No sé por qué, pero cierta emoción me soltó lágrimas sin llanto.

   Hasta que comprendí: lo del aire, lo del sol y la luna, lo de la bandera, lo del mundo arenita flotando en el océano infinito del cosmos, todo se debía a ese milagro inevitable que es la parición de la tenaz, terca, porfiada ¡primavera!

   Como escribió algún lejano poeta: no hay nada que hacerle con la primavera. Con ella no se puede. Es una tentación de la que no podemos escapar.

Posdata

   No hay caso, ahora estamos atravesados de primavera; abotonados en el ojal de la Vida, de pulso somos. Buen instante de la misteriosa eternidad este, para desear un regalo flor. ¿Cuál sería ese regalo?

   El regalo, intenso, podría ser que aparezca Santiago Maldonado. ¡Con Vida lo queremos! Con Vida, es decir con su corazón latiendo pulso. Porque si seguimos así, sin saber donde está Santiago, la primavera nos dará la espalda, se nos volverá hedionda, obscena, insoportable.

   (Aquí va nuestro más hondo abrazo para la mamá y el papá, para los hermanos de Santiago. Pensemos con el corazón: ellos, la familia, se despiertan en la mitad de la noche y se retuercen, hasta que se duermen de nuevo. Una vez dormidos sueñan con su Santiago, sueñan con la primavera de su preciosa mirada. Criatura prodigiosa, Santiago. Víctima de los malparidos, Santiago.)

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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