Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Ser hermano, o no ser

Permiso. Propongo un esfuerzo de hernia para no caer en la tentación de especular con eso que llamamos “rédito político”. Todos sabemos que desde el 1º de agosto pasado Santiago Maldonado está desaparecido de lo visible en esta patria idolatrada.

8/9/2017

    Santiago tiene un hermano llamado Sergio. O tenía.

    En el vértigo de estos días, de tanta intemperie inclemente, se nos diluye que el desaparecido Maldonado tiene madre y padre y hermanos. Y de pronto uno toma conciencia de sus dolores inconmensurables. Por ejemplo, del desgarramiento de Sergio. Una entrevista de Ailín Bullentini me agarra las solapas del corazón y me mete de cabeza en la pesadilla de su hermano Sergio, pesadilla tan insoportable como la de un padre o la de una madre. Sembrado por esa entrevista me entero quién es (o quién era) ese muchacho por algunos despectivamente nombrado como “el artesano”.

   El 1º de setiembre Sergio Maldonado dijo ante una multitud en Plaza de Mayo: “que me agarren a mí y que suelten a Santiago”. Esas diez palabras no son literatura, encarnan un alarido desgarrado.

   Y Sergio trató de demostrar, como tantas veces pasa, que la víctima es inocente. Claro, Santiago cometió el viejo pecado del pelo largo y la barba y por eso es señalado por los sospechadores de siempre. Dijo Sergio sobre Santiago: “Desde chico siempre tuvo sus convicciones muy marcadas… colaboró en merenderos y centros de ayuda contra las adicciones” (…) “No tengo mucho más para decir ni para pedir: quiero volver a ver a Santiago”.

   Desde adentro de su pesadilla, Sergio nos cuenta quién es (quién era)  Santiago… “Tiene 28 años y un espíritu muy sensible y combativo… A los 14 años, para concientizar sobre el SIDA, andaba con su skate por 25 de Mayo –su pueblo natal– vestido con una remera a la que había cubierto de preservativos. Seguramente habría alguna madre a la que no le gustaba que su hijo o hija se juntara con ese aparato, pero desde chico fue así Santiago, siempre tuvo convicciones muy marcadas, le gustara a quien le gustara. Yo discutía mucho con él” –sigue hablando Sergio, que le lleva 16 años–. “Santiago se fue a La Plata a estudiar Bellas Artes. Dibujaba muy bien. Abandonó la carrera rápido y empezó por su cuenta en la vida autodidacta. Yo me enojé mucho. Él me decía que no estaba para cumplir horarios, que no creía en la relación entre el patrón y el empleado… Anduvo por La Plata unos tres años. Cambiaba horas de trabajo por comida en una verdulería y en una panadería. Con sus habilidades para el dibujo empezó a tatuar, un oficio que le sirvió para despegar hacia Latinoamérica. Yo le recomendaba que se abriera un local, que juntara plata y viajara cómodo, se pagara un hotel, un buen micro, pero él me decía que no, me acusaba de burgués”.

  Sigue contando Sergio: En La Plata “colaboró dándole la merienda a chicos pobres en una casa tomada y ayudó a gente con problemas de adicciones con el alcohol… A Santiago le interesaba estar siempre del lado de quien necesita ayuda. A veces a gente como él la sociedad la juzga; ahora hay quienes lo acusan de antisistema, como si esa fuera una razón para que le pasara lo que le pasó”. 

   ¿Cómo se vive con un hermano desaparecido? Sergio duerme no más de cuatro horas por día desde hace más de un mes. Lleva el mismo tiempo sin trabajar, sin jugar a la pelota, sin caminar, sin un día como esos que integraban su rutina familiar en Bariloche, donde vive desde hace más de una década. “La verdad es que Santiago está todo el tiempo en mi cabeza. Por momentos pienso que está vivo, que lo tienen en algún lado y me pregunto si estará comiendo, si lo estarán cuidando…  Pero hay otros momentos que me pregunto cómo puede ser que ya esté pensando lo peor. Al principio uno como familia tiene esperanzas, pero se te van yendo. Igual será largo el proceso, esto recién empieza… En mi familia ya no tenemos más control sobre nuestras vidas. Toda la vida que teníamos ya no está. Y de repente, estamos parados en un escenario en Plaza de Mayo…”

   Por favor, bajémonos de nuestro egoísmo digestivo. Y asomémonos al borde de tanta desesperación. Tomemos conciencia de lo que hay adentro de esa frase: “toda la vida que teníamos ya no está”.

   Pero atención a lo que viene. Lo llamativo de Sergio es cómo se sobrepone a un odio que, en su caso, hasta sería lógico. A su corazón le queda resto para vadear el odio desatado por lo odiadores. Dice: “Pobre gente la que piensa que las creencias de mi hermano son razones para que le haya pasado lo que le pasó. ¿Cómo pueden ser tan insensibles?” No los insulta, se apiada de ellos.

   Posdata. Pero hay algo más, asombroso y confortante, que emerge en medio de las dolorosas palabras de Sergio. De pronto tiene resto para recordar a otros familiares de muertos que desde siempre están sumidos en la indefensión del anonimato.

    Por favor, escuchemos a Sergio: “No me gusta estar ahí pidiendo por mi hermano, porque estamos ahí en carácter de víctimas. Y sabemos que hay otra gente que busca a sus seres queridos que no tuvo la oportunidad que tenemos nosotros, de tener tanta exposición, de tener a todos los medios, mal o bien, hablando de Santiago.”

    Este pequeño pero descomunal gesto solidario de Sergio, el hermano de Santiago Maldonado, nos obliga a pensar que no tenemos derecho a caer en la tentación de la desesperanza. La condición humana parece desnucada, desfondada; pero ojo, no está perdida. A veces, un poquito avanza. Como ahora, cuando Sergio nos recuerda que hay otros casos,  traspapelados por los medios y las plazas y los estribillos; otros casos ignorados por la desmemoria y por la hedionda indiferencia activa.

   Mi abrazo fraterno y agradecido, a Sergio.

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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