Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Don Borges y Don Tarzán y…

Semana negra, jodida, intolerable la cuarta del mes de agosto del año 2027 después de Cristo. ¿Para quiénes? Reconozcámoslo: para una penosa cantidad de periodistas, alias, “comunicadores”.

1/9/2017

  ¿Y por qué la cuarta de agosto resultó así de intragable para tantos periodistas? Simple: el jueves 24 se conmemoró otro aniversario del nacimiento del sumo Borges. Y, a partir de esa recordación, el Día del Lector.

   Al grano: si algo caracteriza hoy a una andanada de periodistas que pululan en los medios gráficos, radiales y televisivos es su evidente alergia a los libros.

   Son agricultores: cultivan ignorancia. Viven en estado de digestión, agarrados a la descultura y, en consecuencia, afincados en la tenaz mediocridad. Por esto, los días del Idioma y del Lector en estos pagos resultan fechas de cólico, traspapeladas.

   Invito a los eventuales lectores de cualquier sexo no al “escrache” pero sí a detectar a periodistas perseverantes en la ignorancia. No hace falta decir nombres y apellidos; ellos se delatan apenas escriben, apenas balbucean una opinión. La sintaxis, invertebrada, enseguida les saca la careta.

   Ojo al piojo: nos encontraremos con esta clase de burros crónicos también entre periodistas estelares, famosudos y multipremiados. Entre ellos la pobreza del vocabulario, la sintaxis estreñida hace juego con la obsecuencia y sumisión de su aparato reflexivo. La anemia del vocabulario se les traduce en un lenguaje paupérrimo y desteñido. Disimulan, ametrallando con lugares comunes.

    Digámoslo: esta especie de seres humanos apenas si se expresan mejor que el rey de la selva campeón de los gerundios, el noble Tarzán. Así es que el Día de la Lector aparece fruncido, ninguneado. Es un día para la náusea, en la medida que las fecha los enfrenta al espejo de sus cuantiosas carencias.

   Recordemos: Tarzán se agarraba de los gerundios como de las lianas y emitía una que otra palabra, soltada entre desesperados puntos suspensivos. Pero, dada su circunstancia selvática, a Tarzán se le perdona que sinónimos, adjetivos, adverbios le fueran tan ajenos como el peine y el desodorante.

   Quienes no tienen perdón de los dioses son los periodistas afincados en la obscena comodidad de la renovada ignorancia. Por años, en esta patria idolatrada se ha parloteado sobre la sagrada “libertad de expresión”. Digámoslo: los primeros en sabotear esa “libertad de expresión” son esa manga de periodistas que se expresan desde la carencia, agravada por la abulia.

   No le demos vuelta: se atenta contra la libertad de expresión cuando comunicadores galardonados se manejan con un vocabulario de cuantiosa escasez. No cuesta nada detectar a estos personajudos que hacen gala de su indigencia reflexiva haciendo juego con su pobreza vocabularia.

   Un par de ejemplos: hay un conductor casi siempre radial, divertido él, veterano y muy premiado, que cuando no sabe cómo definir algo (cosa por demás frecuente) le abrocha el término “emblemático”. “Emblemático” vale para calificar a un restaurante, a un político, a una canción, a un libro, a la lora… Ese mismo conductor, cuando dialoga con entrevistados, simulando sorpresa e interés en lo que expresa el otro, le dice “Mirá vos”.

   Naturalmente, este conductor, tan pariente de Tarzán por el miserable bagaje de su vocabulario paupérrimo, tiene una vitrina repleta de estatuillas, plaquetas, de oro y de platino. Parafraseando a don Borges, podríamos decir que un vaso de agua, una faja de honor de la SADE y un Martín Fierro no se le niegan a nadie.

   Otro caso: el de una experimentada periodista, recontra galardonada. Esta señora encarna uno de los mejores peores ejemplos en cuanto atentar contra la “libertad de expresión”. Lo hace cada día desde su vocabulario de acrisolada pobreza. Espeluzna escuchar cómo flaquea esta señora cuando se aparta de la lectura de los diarios que le subrayan. Su nula capacidad de adjetivación hace pensar que los jíbaros anduvieron por aquí. A todos los temas ella los sella con una única palabra: “terrible”. Terrible el calvario del familiar de una víctima del atentado a la AMIA. Terrible los 160 pacientes muertos por dos enfermeros uruguayos que inyectaban aire en vez de morfina. Terrible una chiquita dada por muerta al nacer. Terrible lo del preso que se tira de la ambulancia. Terrible lo de aquella mujer que confundió una caja de pirotecnia con una caja de pan dulce. Terrible, por supuesto, el precio del tomate. En fin, terrible que esta famosa mujer, con la considerable cantidad de edad que tiene no haya sumado al menos una palabra por semana a su magro vocabulario.

   Atención, esto nos vale para todos: incorporar una palabra por semana, 4 por mes, unas 50 por año, significa en diez años, disponer de unas 500 palabras más. En cincuenta, 2500. Es decir, un vocabulario más decoroso y no tan distante del que prodigaba don Borges. (El sumo Ciego, donde esté, tiembla horrorizado.)

   Tanta ignorancia indigna y desconsuela. De ninguna manera sugeriría que les callen la boca, porque eso también sería atentar contra “la libertad de expresión”. Y la libertad de expresión debe bancársela, incluso tolerando a descomunicadores millonarios en carencias, que compiten con el entrañable Tarzán.

Posdata.  Por favor, escribamos el castellano en castellano. A don Tarzán se le perdona su abundancia de carencias, pero a nosotros, los comunicadores, no. Tanto y tanto jodemos con la ética y con qué frecuencia nos cantamos en la ética de la sintaxis. Tanto y tanto nos escandalizamos por la corrupción y a diario practicamos la madre de todas las corrupciones, la del lenguaje. Y esto no porque digamos “malas palabras”, sino porque la ignorancia nos asemeja peligrosamente a Tarzán. En fin: que el Día del Lector entre nosotros debiera ser de “emergencia idiomática”, de duelo nacional. Y con bandera a media asta.

   ((A propósito de duelo: ¿dónde está, por qué no está Maldonado?))

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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