Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Un huesito de Miguel

Ella se llama Rosa Schoenfeld, es la madre de Miguel Bru. Detenido y torturado en la Comisaría 9º de La Plata, Miguel desapareció un 17 de agosto, hace 24 años. En democracia, 1993. Con la escandalosa desaparición de Santiago Maldonado, resurge el nombre de Bru.

25/8/2017

Cinco años después de la desaparición de Miguel entrevisté a su madre. Fue un capítulo de mi libro “Madre argentina hay una sola” (Sudamericana, 1999). Retomo un fragmento:

“Rosa Bru es puro vértigo, memora sin darse respiro. Su desesperado relato arrasa con comas, puntos y comas, puntos seguidos; ni hablar de los punto y aparte. A Rosa no le alcanza la vida entera para buscar. Desde hace casi un cuarto de siglo repite: “Al menos quiero encontrar un huesito de Miguel”. Un huesito, madresanta.

Nos recibe en su casa de Berisso. Techos, pisos, cocina comedor están sin terminar. Explica Rosa:

–Mientras Miguel no aparezca aquí no se hará otra cosa que buscarlo. Hay pruebas: a Miguel lo detuvieron y lo mataron porque la 9° de La Plata con él se fue de palos. Mientras no aparezca Miguel, en esta casa ¡ni un ladrillo más! Madre Rosa me alcanza un mate. Escuchémosla (la puntuación es nuestra):

–Miguel en abril del 92 vive en casa alquilada. Todo bien, hasta que un amigo lleva una batería; arman una banda de rock. Estamos en el 93. Recibe denuncias y amenazas. La policía les hace un allanamiento ilegal. A las nueve de la noche vienen dos autos de particular, dos móviles policiales y un carro de asalto. Por “ruidos molestos”. En el 93. Con armas largas, los ponen contra la pared. Se pide la orden de allanamiento. Uno de los policías le pone la pistola en la cabeza. No hay tal orden. Revuelven todo, les dicen “prenderemos fuego a la casa con batería y todo.” Se llevan detenidos a los muchachos. Todo ilegal. Están media hora en la 9° de la Plata y los largan. Después Miguel, con un abogado, hace la denuncia en la Fiscalía de Cámara. En el 93. A partir de ahí, el hostigamiento. Miguel estaba en peligro; no lo captamos, hasta que lo desaparecen.

   Sigue sin darse respiro madre Rosa:

–Empecé a buscarlo. Un día mi hijo Guillermo me dice que la bicicleta y la ropa de Miguel estaban en la orilla de río. Pero sin Miguel. Fui a la policía, hice la denuncia. Yo confiaba. Mi marido, que es policía, me dijo “estás loca, quién sabe dónde anda Miguel”. Algo muy malo pasaba. Guillermo va a otra comisaría pregunta cómo seguir. Le indican la comisaría Del Carmen. Vamos. “Aquí no corresponde”. Volvemos a Villa Argüello y tampoco toman la denuncia. Voy con Guillermo al lugar del río donde encontraron la ropa. Tomamos dos micros, a mitad de camino paro a un patrullero y les pido que me acerquen a Punta Blanca. Llegamos al río y un hombre de ahí nos cuenta que lo vio pasar a Miguel el martes 17 de agosto a las 14 horas, pero no lo vio volver. Me acerco al lugar: veo la bicicleta, no la conozco; veo la ropa, tampoco conozco la ropa. Estábamos en el 93. Voy al Puerto de La Plata, no me reciben la denuncia. Voy a Los Talas y no me la toman. Después, en Magdalena, cabecera de comisarías, y tampoco la quieren tomar…

 

Una llamada telefónica interrumpe a Rosa. En segundos la corta y sin darse respiro retoma:

–¿Le dije? Mi marido trabaja en Villa Argüello. Enterado del caso el jefe de él, subcomisario Jasa, por teléfono me dice: “Deje todo como está, yo le voy a tomar la denuncia en Villa Argüello. Interviene el juez y el domingo 22 de agosto hacen un rastrillaje. Pura parodia.

Madre Rosa Bru seguirá relatando la búsqueda. Hemos escuchado unos minutos, imaginemos el relato de casi 25 años: idas y venidas, esperanzas y frustraciones, expedientes, abogados, fiscales, pistas borradas o inventadas, y Miguel ¿dónde está?

Pero ella no afloja. Busca. Por ahí recibe una frase que la enardece: “Señora, ¿de qué delito habla? Si no hay cuerpo no hay delito”. La impunidad a pleno. Nada le cuesta a la impunidad volverse obscena.

En ese vía crucis de años le dicen a Rosa Bru que Miguel vive en Brasil, o que lo han visto en Paraguay. Una vez más la víctima, empieza a ser el culpable. Pero ella sigue: ve a Ruckauf, a Galmarini, a la mujer de Mitterand... Llega al gobernador Duhalde. A este le exige que muestre más empeño, como con el caso de Cabezas; que ofrezca recompensa. Rosa Bru discutirá con el gobernador que se jactó de tener “la mejor policía del mundo”. “El gobernador –dice ella– ese día estaba malhumorado y apurado, tenía que ir con su familia al programa de Mirtha Legrand”.

 En su primera pausa le pregunté a Rosa

–Sí Miguel apareciera, ¿qué haría usted?

–Lo besaría lo besaría. Si volviera vivo, todo esto que estamos diciendo no habría sido cierto. Agradecería a Dios y pediría disculpas.

Rosa Bru abraza el aire; por un segundo se queda con el encanto de la imagen posible, pero enseguida vuelve a su deber: seguir buscando a Miguel.

–Rosa, ¿nunca bajó los brazos?

–¿Bajar los brazos sin tener al menos un huesito de Miguel?... Yo he sentido impotencia. Pero a mí la impotencia me da fuerzas.

–Han pasado los años...

–Pasaron, pero cada vez que golpean la puerta, yo digo: ¡Es Miguel! Pero no es Miguel. No importa: yo, todos los días enciendo la tevé y elijo programas con mucha gente y busco entre la gente porque por ahí veo la cara de Miguel.

Posdata.  Quienes presumimos de bienparidos debemos semillar memoria: ¿dónde están los casi 400 nietos afanados en la dictadura, desde la placenta? ¿Y dónde están los miles que el obsceno Lopérfido dice que no llegan a 30 mil? ¿Y dónde Julio Jorge López, el albañil borrado del mapa por ser testigo de Etchecolatz? ¿Y dónde el joven Santiago Maldonado desparecido hace semanas?

¿Y dónde está Bru? Su madre insiste: “Al menos quiero encontrar un huesito de Miguel”.

 

Rodolfo Braceli rbraceli@gmail.com  -  www.rodolfobraceli.com.ar

 

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