Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Hiroshima, Joshie, Santiago

¿Tiene sentido recordar Hiroshima? ¿hacer memoria? La respuesta de los malparidos, con mofa y cinismo, es que “es al pedo”.

11/8/2017

Malparidos hay muchos, demasiados, a diestra y siniestra. Sobre todo, a diestra. Hace 72 años una bomba atómica de Estados Unidos vaporizó 70 mil humanos en unos segundos. Otros 70 mil murieron por efectos de la radiación en los cinco meses siguientes.

    Aquel operativo atómico resultó “muy exitoso”. Con ese “preventivo” se desnucó la condición humana y se acuñó un repugnante eufemismo: “pragmatismo bélico”. Damas y caballeros, creer o reventar: todavía hay millones de seres humanos que justifican Hiroshima y Nagasaky como “recurso necesario”. (La madrequelosparió a los justificadores).

   Un detallito: cuando se producen carnicerías seriales en colegios norteamericanos brota una pregunta: “pero ¿cómo es posible algo así?” Es posible porque se crió una sociedad enfermada con obscenos eufemismos.

   Se argumenta: “La bomba atómica acortó la guerra”. Ya en este siglo 21 la banda del hijo de Bush naturalizó eso de las “guerras preventivas”, en realidad “genocidios preventivos” consumados por la sed de petróleo ajeno. A las masacres de poblaciones civiles y colegios y hospitales, ocasionadas por misiles pifiados, se les llamó “efectos colaterales”. A la atroz tortura se la denomina “interrogatorio exigente”. Madretuya. Madremía.

   Ante el coloniaje de atroces eufemismos, ¿por qué carajo nos extrañamos cuando un joven entra a un colegio norteamericano y, con un arma (legalizada), arrasa con chicos y adultos como si fueran de cartón? No podemos ocultarlo: la costumbre de los genocidios (con la careta del neoliberalismo que proclama defender democracias y libertades) es la prolongación de aquellas bombas asesinadoras. Hiroshima sigue crepitando.    

   Retomo reflexiones que vengo escribiendo en esta columna. Escucho voces crispadas: “¡Dejate de joder con el pasado! ¡Basta de mirar para atrás!”  Respondo: cuando la atroz realidad se reitera, la reiteración reflexiva es imprescindible. La memoria no es retroceso, es aprendizaje. Semilla un futuro diferente. Por eso estamos reviviendo aquel hongo atómico que en el pestañeo de unos segundos desgajó decenas de miles de indefensos seres humanos. Seres que aquel 6 de agosto amanecieron para vivir.

   Después de Hiroshima y Nagasaki continuó, muy próspero, el desarrollo de armas de destrucción masiva. Hoy la excusa es “exterminar al terrorismo musulmán”. El Imperio neoliberal posee el 60 % del armamento mundial con la excusa de que hay que “salvar al mundo de los fundamentalismos”. Madretuya. Madremía.

   Tras el adiós del impresentable Bush, aquel hijo de su padre, el advenimiento de Obama alentó esperanzas. Pero la adicción bélica, justificada por una muy sembrada paranoia en la sociedad imperial, siguió a rajacincha. Hoy la paranoia es una ideología encarnada por un monicaco elegido con urnas, Donald Trump. El caso es que, allá lejos y aquí cerca nada hay menos liberal que autodenominado “liberalismo”.

    Aunque sea incómodo, repensémonos a 72 años de Hiroshima:¿somos hormigas? En segundos podemos desaparecer del mapa porque altos señores olfatean petróleo y argumentan que quieren “defender a nuestra democracia y libertad”. Hoy el planeta es la esfera de un balero. Ese balero es una granada sin hilo en manos de un mono borracho. ¿Qué hacer para que un puñado de tipos dejen de usar al planeta como balero?

Con una sobreviviente

   ¿Cómo ser algo más que hormigas? Me responde una sobreviviente de Hiroshima; la entrevisté hace más de veinte años, en Vicente López. Me cuenta Yoshie Kamioke en su limitado castellano: “Años 17 tenía yo y bomba cayó. Bomba Hiroshima 6 agosto, cumpleaños mío 10 agosto. Yo pasar cumpleaños durmiendo… Bomba me había cansado cuerpo mucho… Recuerdo ese día y duele corazón… Esa mañana salgo para oficina, tranvía no viene, camino 45 minutos, llego estación y ruido de avión ¡y bomba! Estaba yo veinte cuadras, pero cuando cayó bomba no sentir dolor no sentir nada… Pobre Hiroshima mía… Bomba sin ruido. Bomba como viento fuerte, viento con rayo, resplandor grande, todo amarillo… Ruido no escucho yo, sólo viento y mucho rayo amarillo y día vuelve noche… Muy oscuro todo, gritos, ¡auxilio! Me levanto, mi cuerpo chiquito pesa muuucho. Camino despacio, busco casa mía… De ropa sólo blusa blanca mía queda sana. Cara arde, no saber yo que falta mucho pelo de cabeza… Camino y caigo, veo gente desnuda y con pelo todo blanco…Yo muy cansada, asustada, yo poquito tonta… Tres horas y llego casa mía. Garganta y ojos arden, pero yo más siento cansancio. No poder tomar agua. Mi madre saca blusa con tijera, me acuesto, moscas vienen y madre pone tul… Duermo cincuenta días, hasta que me levanto. Sigo viviendo yo…”

   Yoshíe Kamioke a sus 29 años llegó a la Argentina. Me dijo: “Pero hoy Hiroshima lindo, Hiroshima flores y árboles. Cuando muerte me cierre ojos, recuerdo de bomba terminará…” Por momentos Yoshie pensaba en voz alta: “¿Por qué guera? Con guera hijos mueren… gente sorda, sin piernas, gente ciega. Con guera sólo feliz la muerte.”

   Posdata. Estamos sembrados de misiles “inteligentes”, y de hambre y de analfabetización. ¿Cómo afrontar la lógica de los exitosos derechudos? Con memoria. Y con la convicción de Yoshie Kamioke: “Para que ´guera` no haga más feliz a la muerte, manos juntas deben estar. Manos suyas con manos mías.”

   Hagamos memoria de lo lejano pero sin que se nos escape el presente. Este 1º de agosto, aquí, desapareció Santiago Maldonado, un joven solidario con la comunidad mapuche. Que aparezca con vida. Que no se nos traspapele en la obscena costumbre del olvido. Como nos pasó con el estudiante Miguel Brú y con el testigo Julio López. Los que “hacen felices a la muerte” aquí no descansan. Ojo al piojo. Si no nos despertamos seremos unas cenizas que ni el viento se llevará.

 *  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

 

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