Mendoza,

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Rodolfo Braceli

El señor Paluch y las moscas

Al señor Aaron Fabián Paluch más se lo conoce como Ari Paluch. Lo tomo como tema de esta columna reconociendo, pronto, que adolece de una evidente inconsistencia estructural. Sin embargo nos sirve para revelarnos con cierta elocuencia en qué paisito vivimos.

4/8/2017

Una pregunta me sale cruce: ¿vale la pena invertir en el señor Paluch un rato de eso, tan sagrado y huyente, que es el tiempo?

   Avisado de la posible contradicción, estimo que este masculino es, desde la vidriera portuaria, un buen ejemplo para ayudarnos a afrontar otra pregunta, que vamos a poner en remojo: –¿Hasta qué punto son responsables del ahondamiento de la mentada grieta varios de nuestros periodistas o pseudoperiodistas estelares?

   No, no pienso afirmar que el señor Paluch es un idiota útil. No voy a decir eso ni como insulto, ni como descripción. Sí me animo a sostener que este personajito es un pedazo de “útil”. Útil en la medida en que, de algún modo, nos permite aprender algunas cositas sobre el éxito y la fama y la espiritualidad y etcétera. Y nos permite demostrar, una vez más, que, nos guste o no nos guste como juego, el fútbol es la mejor herramienta para conocer lo bueno y lo malo, lo genuino y lo falso de la condición humana argentina. El fútbol es el espejo que mejor nos espeja. Si queremos saber de nuestras diferentes formas de violencia, de nuestro racismo larvado y no tan larvado, de nuestro triunfalismo y derrotismo, de nuestras supersticiones convertidas en religión y de nuestra religión convertida en superstición, de nuestros sueños, de nuestras mañas, de nuestros complejos de superioridad que esconden nuestros complejos de inferioridad, si queremos saber de todo eso y tanto más el fútbol, cada día, lo muestra y lo demuestra.

   Sucedió no hace mucho: Boca Junior celebró la conquista de un nuevo título, luego de un largo campeonato que ganó legítimamente, aunque sin brillar. Después de cierta sequía pudo sumar una estrella más en su firmamento. La celebración en la fervorosa Bombonera tuvo en el señor Ari Paluch al locutor y animador oficial. Paluch allí estaba allí, como profesional y desde luego como hincha. Nadie podría negarle el derecho a la euforia y a la emoción. Pero.

    Pero el caso es que el señor Paluch descarriló feo y fiero. Dijo, tratando de alzar a la tribuna “¡el que no salta se falopeó!”. Lo dijo en directa alusión al escándalo que por esos días se produjo con dos jugadores de River señalados por doping, es decir, falopa.

   La frase, viniendo del conductor de un acto masivo, fue una incitación a la burla, una invitación a más violencia entre hinchadas. Fue, además de penosa y peligrosa, demagógica. El señor Paluch quiso alentar los sentimientos más primitivos del cualquier hincha. Quiso hacerse el simpático. Estuvo baboso.

   La jodida repercusión que produjo “el que no salta se falopeó” hizo que el señor Paluch (oportunista y oportunudo, como evidentemente se manifiesta a través de sus actividades de conductor radial, de panelista televisivo y de escritor best seller de libros sobre la “espiritualidad”), inmediatamente saliera a enarbolar su mea culpa. A reconocer su patética gansada. Y largó por las benditas redes: “Perdón a todos aquellos que innecesariamente pude haber dañado”. Además, este autor de libros de autoayuda, se autoindultó argumentando que “el que tiene boca se equivoca”.

   Pero detengámonos unos segundos en las primeras 9 (nueve) palabras de su paupérrima disculpa. El señor Paluch pide perdón a todos aquellos que “innecesariamente” pudo haber dañado. Con eso, ¿qué está diciendo? Joder,  está diciendo que hay casos en los que dañar puede “ser necesario”. Un buen discípulo de Durán Barba.

    Es decir, que después de una reverenda metida de gamba, le sumó conceptualmente otra metida de pata. Ese “innecesariamente” no era “necesario”. Delata a un sujeto, que presume de “escritor”, que no administra, que no tiene control de esfínteres de las palabras.

    Como siempre pasa en estos casos muchos dijeron que se trató de una “expresión desafortunada”, o de “una expresión poco feliz” de Paluch. De ninguna manera, la del señor Paluch fue, a mi entender, una “expresión afortunada”, una “expresión feliz”.

   ¿Por qué?

    Porque lo mostró intelectualmente y como comunicador tal cual es. Porque bastó una frase de 9 (nueve) palabras para desnudarlo y para sacarle la careta.

    El señor Paluch, a ver, ¿cuántas veces ha denunciado y criticado a la “grieta”? Ante estos datos de la realidad convengamos: lo suyo es una manera rotunda de ahondar la grieta.

    Uno se pregunta: más allá de sus disculpas de ocasión, ¿cómo hará el señor Paluch para seguir con sus sermones espiritualistas en sus programas, en sus libros, en sus presentaciones en decenas de Ferias del libro de nuestra patria idolatrada? ¿Se animará a seguir pontificando sobre la armonía y la convivencia humana? Esto que protagonizó, ¿no le producirá vergüenza?

    Recordémonos de paso que la vergüenza es algo que se siente sólo cuando no se la ha perdido. Y esto vale para periodistas, intelectuales, escritores, para los formadores de opinión, para plomeros, políticos, odontólogos, para los hacedores seriales de cesáreas. En fin, para todos.

   El señor Aaron Fabián Paluch, alias Ari Paluch, con su arenga oportunera y demagógica, como diría el gran Quevedo, cagó la fruta. En su exitoso raid por las ferias del libro de nuestro territorio nacional podría meditar sobre la inconveniencia de creérsela. Y, abonando los jardines de la espiritualidad, podría ejercitar la conveniencia de callarse la boca.

   Porque, según nos recuerda el sabio dicho: de boca cerrada, no salen moscas. Ni entran. 

*  zbraceli@gmail.com    ===    www.rodolfobraceli.com.ar

      

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