Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Ojo, Fontanarrosa no murió

Saca de quicio, por no decir que rompe las pelotas, cuando los periodistas en los aniversarios de muertes dicen “equis años SIN fulano”. En el caso de Roberto Fontanarrosa el título más frecuente de esta semana ha sido “10 años SIN Fontanarrosa”.

28/7/2017

Qué espantoso lugar común, Mendieta.

   Roberto Fontanarrosa no murió. No, no voy a caer en el extenuado lugar común de decir que no murió porque lo guardamos en nuestros corazones. Aunque así será, cuando realmente muera. Lo reitero sin metáfora: el Negro más mentado de la literatura argentina está vivo, respira. Ahora bien, si no murió el 19 de julio del 2007, ¿por qué carajo no está? Porque huyó escapando de la justicia: debe una muerte. Y entiéndase esto sin eufemismo. El Negro hace una punta de años cometió casi un crimen perfecto. Repito, esto no es jodienda. Pasó. ¿Y por qué consiguió permanecer prófugo? Y bue: estamos en la Argentina.

   En este minuto voces indignadas gritan que estoy en el podio del arte de injuriar. Calma, por mis padres juro que demostraré, con los hechos, que Fontanarrosa Roberto, alias El Negro, mató a un ser humano; y esto no en una historieta o en una novela. Ésa es la causa de su huida y simulada de muerte. Para dar pruebas fehacientes me remito a un libro que escribí a dúo con el Negro: “Fontanarrosa, entregáte. Y vos también, Boggie. Y usted también, Inodoro” (Ed. de la Flor, 1992). Fue bastante afanado el libro, pero en fin. Ahí me asomé a su vida a través de arduos interrogatorios: uno a él,  otro a Boogie y otro a Pereyra. Las respuestas del Negro son reales y las de sus personajes, textuales, entresacadas de sus historietas. En algún momento del libro salta la revelación del crimen. Él me lo confiesa, y con detalles. ¿Qué fue lo que me contó? Calma, ya se enterarán. Transcribo el fragmento revelador:

 

–Negro, tras la pitada final de la vida, ¿qué nos espera?

–En mi caso, estimo que comenzaré mi retiro del campo de juego… para iniciar luego un descenso por las escaleras del túnel hacia algún lugar misterioso y temido.

–Ya mismo: tu opinión sobre el Todo. Y sobre la Nada.

–El Todo es el reverso. De la Nada. Uno toma la Nada, la da vuelta, raspa un poco la parte de abajo y va apareciendo el Todo. En cambio, si da el vuelta el Todo, no encuentra nada.

–Hagamos un poco de necrofuturología. Supongamos que vos, Fontanarrosa, morís.

¿Qué consejo póstumo les dejarías a tus personajes? Por empezar, a Inodoro.

–“Cuídelo a Mendieta, Pereyra.”

–¿A Mendieta?

–“Cuídelo a don Inodoro, Mendieta.”

–¿A Boogie?

–“Cuídese, Boogie.”

–¿A Sperman?

–“Pare un poco la mano, Sperman.”

–Negro, una preguntita más. ¿Alguna vez mataste a alguien?

–Y… no...

–Respondés sin convicción. ¿Asesinaste o no en la realidad, afuera de tus libros?

–La madre de mi viejo… era mi abuela.

–Lógico. Dále.

–Vivía con nosotros, tenía arterioesclerosis, jodida de carácter...

–¿Y? Dále.

–Mi juego preferido era con los soldaditos de plomo. El juguete ideal para un niño de condición modesta. Cuando se le sale la cabeza, palillo y pegalotodo… Pero tuve un soldadito que de tanto arreglarlo no tenía arreglo.

–¿Ésa es la muerte que tanto te tortura, Negro?

–No he concluido. En vista de que mi soldadito no servía más, decidí incinerarlo. Un funeral... Lo metí adentro de un tarrito de aluminio. Traté de prenderlo fuego en el patio, pero había viento. Era la siesta, hora de las grandes cagadas. Me fui adentro para prender fuego al soldadito. Al principio costó para que la llama tomara, pero después se alzó, tomó una cortina, salí a los pedos, un griterío terrible. Mi abuela también se puso a correr. Todo se hubiera arreglado con un sifón de soda, un balde de agua y chau, pero cundió el pánico, ¡cómo gritaba mi abuela! La cuestión es que mi abuela tuvo un infarto. El clásico síncope. Quedó seca. Por mucho tiempo yo tuve miedo a la noche y al fuego. Pero no me queda sensación de culpa. En aquella época los psicoanalistas no se usaban.

–En otras palabras, Fontanarrosa: mataste a tu abuela.

–Fue un accidente.

–Con la coartada de la niñez, crimen perfecto.

–Por favor.

–Técnicamente hablando sos un asesino. Perdonáme, yo con abuelicidas no hablo.

–Qué culpa tengo yo de no sentir culpa.

–Canalla.

–Soy de Central. Canalla de alma.

–Adiós, Fontanarrosa Roberto.

   La despedida fue sin siquiera apretón de manos. Dejamos su estudio. Afuera, noche por los cuatro costados. Caminamos, sin mirarnos, buscando la avenida central de Rosario. De pronto Fontanarrosa me tomó de un brazo y me susurró: “Escuchá, Rodolfo… No se escucha nada”.

Posdata.   He aquí el crimen que Roberto me confesó en 1992 y que, textual, reproduje en mi libro “Fontanarrosa, entregáte…” Parece que alguien compró el libro y se enteró; ahí fue que el Negro sintió que la policía iría por él. Entonces, el 19 de julio del 2007 simuló su muerte. Y huyó. ¿Y ahora? Difícil apresarlo porque, Negro como es, le resulta muy fácil traspapelarse en la noche. ¿Y de día? De día tendrá cobijo en millones de hogares patrios. Para dar con él, más que un allanamiento habría que hacer un censo. ¿Y si se intentara su pesquisa deteniendo a sus personajes? También inútil: porque Boogie hace tiempo que está fuera del país, dándole una mano(pla) a la banda de Donald Trump en las torturas persuasivas a los morochos musulmanes. Porque Mendieta cada día habla mejor y hasta podría conducir con soltura idiomática un programa televisivo. Y porque a don Inodoro le basta con pegarse un buen baño para despistar a quien fuera o fuese.

   Imposible será atrapar al asesino de su abuela, Fontanarrosa Roberto. Por lo demás, este crimen puede quedar guardado en la impunidad del amor que le tenemos. Lo importante es que, nos consta: El Negro no murió; está vivo, anda por ahí.

   ((Momento de juramentarnos: nadie debe enterarse que Fontanarrosa cometió un flor de crimen perfecto. Queda entre nosotros el secreto.))

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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