Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

25 años “con” Piazzolla

Somos nostalgiudos, celebradores de las muertes. Por eso, al cumplirse 25 años de la muerte de Piazzolla, titulamos “25 años sin Piazzolla”. Al carajo con la nostalgia del “sin”. Si es cierto que Astor cada día toca mejor, seamos coherentes, digamos 25 años “con” Piazzolla.

7/7/2017

 Para recordar al músico tanguero más atrevido del mundo, ahora compartiré algunos  párrafos del capítulo que le dediqué en mi libro Argentinos en la cornisa.

   Animal, no encuentro otra palabra mejor para definirlo. Piazzolla era un animal en el más desnudo sentido de la palabra. Siempre en carne viva, el tipo era pura sed. Sed con hambre. Al verlo destripar su fuelle uno quedaba sin aliento.

   Lo conocí en 1972, en la noche dedicada al tango en el Colón. Yo estaba ahí para contar el detrás de la escena. Piazzolla en la previa sembró un clima explosivo. El recital se extendía más allá de las tres horas y él tocaba casi al final. Impaciente, iba, venía, bichaba detrás del escenario, puteaba y reputeaba. Antonio Carrizo, el presentador, le repetía “Calmate, Astor, que todo llega... Piazzolla le contestaba: “La puta queloparió: ¡o me meto al escenario con mis músicos o me voy a la mierda! Y Carrizo: “Calma, Astor, calma…”

   Lo seguí a Piazzolla. Se sentó en una banqueta a un rincón, se alzó los pantalones hasta las rodillas y empezó a rascarse frenéticamente. Vi que tenía una pierna más flaquita y me acordé de mi viejo, que tuvo polio a sus 20 años, cuando la enfermedad no tenía nombre. Le dije:

–Mi papá tiene una pierna como usted.

–¿Quedó falsa escuadra tu viejo?

–No. Camina perfecto. Se curó haciéndole caso a un naturista alemán que le recetó gimnasia y baños de agua fría en pleno invierno. Ahora ni se le nota.

–A mí tampoco se me nota. Pero esta noche, voy a empezar a renguear.

–¿Por qué dice eso?

–Porque de tanto esperar cada güevo me pesa diez kilos, ¡los tengo por el piso!

–Tocar en el Colón lo pone nervioso.

–Preguntale a mis güevos qué opino del Colón.

–Astor, ¿por qué se rasca así?¿Pulgas?

–Otra que pulgas. Arañas, ¡arañas pollito! Dejame solo.

   (Me aparté unos metros, sin dejar de relojearlo. Siguió rascándose; hablaba solo. A cada tanto se salivaba las manos, las restregaba en las pantorrillas y volvía a rascarse. Le soplé a Carrizo que Piazzolla estaba al borde del estadillo. Carrizo titubeó y me dijo: “No, mejor dejémoslo que se rasque.”

   20, 40 minutos más: en el escenario, el Polaco Goyeneche. Piazzolla entra al camarín de Troilo… Yo, detrás, a orejear. Ya con Pichuco, Astor siguió con las puteadas. Pichuco, beatífico, lo miraba y decía bajito Y bue... y bue... Entonces Piazzolla le propuso:

–Gordo, hay que hacerlo de una vez por todas.

–¿Hacer qué, gato?

–Hay que terminar con los cantores. Tenemos que estar sólo los músicos, ¡no tienen un carajo que hacer los cantores aquí!

–Y bue... y bue...

   Invierno de 1982, mi segundo encuentro con Piazzolla. La Capilla (una ex iglesia ortodoxa) se convirtió en sala de espectáculos. Como yo tenía algo que ver con la mutación de la iglesia en teatro, pude frecuentar a Piazzolla. Había que verlo en los ensayos: apoyaba el pie en un cubo negro y soltaba su vértigo. Difícil seguir su adrenalina. La noche del debut, después del aplauso final, el violinista Suárez Paz ya en el camarín se derrumbó. Hermenegildo Sábat estaba allí, con las pupilas más grandes que sus ojos. Suárez Paz alzó la mirada y le dijo: Para tocar con Piazzolla hay que estar completamente loco.

   Por aquellos años ya había tenido sus infartos. Verlo desplegar tanta vehemencia, nos hacía decir: Va a reventar en el escenario. Teníamos varios números de teléfonos de emergencia médica, porque la bestia siempre toca como si el mundo se acabara. Esta frase, la dijo Sábat o Suárez Paz. Una semana después del estreno conversé con Piazzolla.

–Viendo todo lo que usted mete cuando toca, se ve que el corazón le quedó diez puntos.

–Si a mi corazón lo tuviese siete puntos lo tiro a la basura.

–Usted no se mide en el escenario.

–Ni cuando voy a pescar. No la voy con los pescaditos para la cacerola: tiburones o nada.

–Anoche, cuando se mandó con “Escualo”, López Ruiz por poco suelta el bajo para abrazarlo.

–Ese no suelta el bajo ni aunque la sala se incendie.

–Justamente, el escenario era como un incendio.

–Si no hay incendio no hay música.

–¿Qué tema lo sacude especialmente?

–Mirá, si un tema no me sacude “especialmente” yo ni me cambio los calzoncillos para venir… Pero te confieso: cuando estoy con La última curda tengo que andar con  cuidado, porque me cago encima.

–¿Puede definir con tres palabras a Troilo?

–Con una: tango.

–¿Cómo tocaba Troilo y cómo toca usted?

–El gordo acariciaba las teclas. Yo me saco ampollas: le meto los dedos hasta las tripas al bandoneón. A mí me dicen gato, pero el gato era él. El gordo con la música te hablaba despacito, al oído. Yo no bajo del alarido.

–Usted, con el bandoneón, ¿qué vendría a ser?

–Un perro buldog. No, mejor un tigre. Un tigre que hace una semana que no come.

–Se suele decir que su música es un orgasmo.

–Un orgasmo, pero infinito: Un orgasmo que nunca se acabe.

–¿Se imagina retirado de esto?

–Mirá, en cuanto yo me vea jovato, no me cortó las uñas más.

–¿Para?

–Ja. Para rascarme las venas por el lado de adentro. Antes que venga el guadañazo final quiero sacarme de las venas hasta la última gota de música. Al cajón no me meten si antes no me arañé hasta la última gota de música.

   Posdata. Piazzolla agonizó casi dos años. Ni por puta se quería morir. A los ojos de los demás era un vegetal… No se moría, seguro, porque le restaba alguna remota gota de música. Astor, animal para todo. Con él, la muerte debió esperar. Con él, la vida no se la llevó de arriba.

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Rodolfo Braceli