Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Maradona, ¿debe dar ejemplo?

Junio es un mes grave para los argentinos, está sembrado por aniversarios dolorosos; entre tantos: las muertes de Gardel y de Borges y del tan desvalorado Belgrano; la rendición en la desguerra de Malvinas y el siempre increíble –pero cierto– bombardeo a la Plaza de Mayo para terminar con Perón, etc., etc.

30/6/2017

Pero hay algo más, en junio. Sabido es que somos adictos a epitafios y necrológicas. Pero también somos sospechosamente adictos a ciertos obscenos olvidos, olvidos voluntarios. Sin querer alentar la vista gorda, ahora propongo una especie de resuello: vamos a recordar y a reflexionar sobre el inextinguible Maradona. En medio del Junio grave. Diego nos puede dar eso, un respiro, al menos por un rato. Se trata de vadear tanta muerte y de celebrar.

   Ya mismo voy por una fecha que propuse hace años desde esta columna y alguna otra que escribí para la revista dominical de La Nación: se trata del Día Mundial del gol. Me refiero al soberano Gol que les hizo, para siempre, a los ingleses, luego de concretar también el gol más pícaro e ilegal de la historia, con su confesada “mano de Dios”. Así es: el prodigioso Maradona nos permite celebrar un aniversario sin que haya muerte de por medio.

   Aprovechemos la celebración, para la reflexión. Pregunta para poner en remojo: ¿qué humano puede soportar ser el más famoso del planeta?

  Hace más de quince años en la mitad de la noche, emergiendo de un sueño, me desperté gritando una palabra acuñada por la poesía oral de Víctor Hugo Morales: diegoooool. Ahí nomás me nació el borrador de un cuento que se iba a llamar “El arco de Noé”. Aquel insomnio tuvo más consecuencias: pensé: existe el Día de la Madre, del Padre, del Niño, del Periodista, de los Maestros, del Cartero, del Medio Ambiente, del Idioma, del Tajo de la Lora… ¿cómo, cómo es posible que en esta patria idolatrada y en el mundo no exista el Día del Gol? Hay que instalarlo.  

    ¿Cuándo? El 22 de junio, cuando Maradona, en 1986, hace 31 años, en el Mundial México les hizo a los tan queridos ingleses el gol ilegal más famoso y el gol imposible más prodigioso, desde que el planeta tiene pulso.

   Esa idea del Día del Gol fue semillándome en otros relatos, en un guión de película y en cuentos que están en mis libros “De fútbol somos” y “Perfume de gol”. ¿Soy acaso un adicto a Maradona? ¿Un maradonamaníaco? Puedo serlo. Por algo se suele decir que Maradona es una adicción. Propongo convertir a esa obsesión en espejo que nos revela, en una herramienta para el autoconocimiento.

   ¿Por qué? Porque nadie, como él, en las últimas décadas nos puso tan en evidencia, y nos sacó la careta a los argentinos, tan de cuajo. Dicho de otra manera: las tan mentadas virtudes y defectos de Maradona reflejaron, reflejan, con notable elocuencia, virtudes, defectos, hipocresías, manías, complejos de superioridad que son de inferioridad de esta sociedad nuestra, tan propensa al triunfalismo y al derrotismo, a la euforia y a la depresión.

   Además, imposible olvidarlo: hace 31 años el “10” nos abismó en una felicidad inconmensurable. Hasta perdimos el conocimiento y el control de esfínteres y de adjetivos.

   Aquel gol imposible lo hizo porque a su supremo talento le metió muchos días de sudor. Sin esto su genialidad hubiera quedado trunca por un pelo, por centímetros, por el “casi, casi”, por el “pudo haber sido, pero…”.

   ¿Más para agradecerle? Que haya nacido y aprendido a caminar. Que haya espejado nuestra apetencia por tocar fondo y nuestra mentada capacidad de recuperación. ¿Cuántas veces como país consumamos enormes goles ilegales y asombrosos goles imposibles? ¿Cuántas veces desfondamos el default y sobre el pucho resucitamos?

   ¿Más para agradecerle? Que sus caídas hayan servido para deschavar nuestro racismo agazapado y no tan agazapado. Recordemos: cuando Maradona se derrumbaba, muchos, demasiados, decían: “¡Qué se puede esperar de este villero!”, o “¡no hay caso con este negro de mierda!” Después, cuando Maradona salió a flote y ganó millones, lo del villero menguó, ya no se dijo tanto. Nuestro racismo se permite alevosas excepciones cuando el objeto a odiar y discriminar tiene poder, éxito y/o dinero. ¿O no?

   Así es: este muchacho locuaz y desmesurado nos hizo conocer el rostro y la nuca de la alegría. Y nos hizo creer que uno puede resucitar si se lo propone. Incluso, resucitar entre los vivos.

Posdata

   Diego: criatura, creatura. Diego nuestro. Así en la tierra como en la Tierra.  

   Necesitarías poder ser nadie por un día entero. Pero ya no puedes, ni podrás. Condenado estás a ser, después de Dios, el más famoso.

   ¿Hay salvación posible para el tan amado, para el tan acosado?

   Pero, ¿salvarlo de qué, de quién?

   Seamos sinceros: preguntémonos qué deseamos, realmente: ¿que se salve o que se inmole de una buena vez?    

   ¿Aceptaríamos que Diego Armando Maradona se convierta en uno más, en un don nadie, o en el fondo preferimos una tragedia épica para dar lugar a un velatorio de ésos que inflan de orgullo el pecho patrio (un velatorio bien argentino), un velatorio para taparle la boca al mundo ¡carajo!

   Pregunta del final:

   ¿Qué corazón,

   qué cerebro,

   qué organismo,

   –sea analfabeto o sea cultísimo–

   puede soportar, sin estallar en la locura, ser el más famoso de la Tierra?

  ¿Cuándo nos daremos cuenta ¡cuándo! de que ser Maradona inhumanum est? 

   ((Por favor, no le pidamos más al Maradona nuestro. No le exijamos que de “el ejemplo”. El ejemplo lo tenemos que dar cada uno de nosotros, cada día, cada noche, acortando la tremenda distancia que hay entre nuestros sonoros dichos y nuestros paupérrimos hechos.))

    *  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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