Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Al gran ladrón, honra y loor

Esta columna ¿intenta una apología del robo? Antes de desenvainar el dedito juzgador, pido que sea leída. Mientras tanto, guárdese el dedito en un lugar abrigado.

23/6/2017

   Se pianta junio y embarullados se nos pasó el Día del Escritor. Como nunca es tarde,  recupero fragmentos de un texto que escribí para Tiempo Argentino. Había pasado un mes de la muerte de Abelardo Castillo y decidí contar dos encuentros reales y dos pequeñas ficciones. Vuelvo a eso:

   Qué racha de mierda. Alevoso, arrecia el nuevo neoliberalismo. Últimamente hasta la muerte colabora: se desentiende de los escritores pavos reales (hay varios) y se las agarra con los escritores genuinos: Laiseca, Piglia, Rivera y ahora, queloparió, Castillo. Pero ojo: Castillo y los otros genuinos no han muerto, sucede que ahora respiran de otra manera.

   A Abelardo lo conocí en 1971, compartimos una nota para Gente; yo debía introducirlo “a los secretos del Intocable Nicolino Locche”, aquel torero sin banderillas que, arrojado a los leones, no los mató ni se dejó devorar; simple, lo más campante se puso conversar con ellos. Llegó a campeón mundial con la poesía hipnótica de sus reflejos.

   Con Castillo nos encontramos en Corrientes y Callao, y caminamos hasta el Luna Park. Esa noche Nicolino actuaba, con el español Barrera Corpas de partenaire. Pasaron los años. Hace nueve fui a hacerle una larga entrevista: Era el 2008 y Abelardo ya tenía más de setenta años. Y otra vez me encontré con un conversador de atar, prodigioso. Me recibió rezongando por el ciático, mientras Sylvia Iparraguirre, su mujer escritora, le anudaba los cordones de los zapatones. “Esto es un rito de familia”, dijo ella. Sin elongar le pregunté a Castillo:

–¿Quién te enseñó a leer?

–Aprendí solo. Cuando entré en el colegio ya sabía leer. Naturalmente no debió ser así… Pero mi relación con los libros es mágica. Sin saber lo que era físicamente una biblioteca, yo quería tener una… Te podría contar mi vida tocando el lomo de los libros que están en esa biblioteca: sé dónde los compré, cuándo, cuál estuve a punto de robarme y no pude y me lo robé después… Mirá, desde acá se ve… allá abajo está El cancionero de Baena. Ese libro está vinculado a mi relación con Sylvia. Recién nos conocíamos, fuimos a una librería, yo siempre había querido tener El cancionero…,  libro con un lomo de 15 centímetros. Estamos ahí, elijo un librito barato y le pido a Sylvia “andá a pagarlo”. Cuando vuelve, le digo: “Y ahora empezá a correr, acabamos de robar El cancionero de Baena”…

–A Sylvia ¿cómo la conociste?

–Inventé un curso sobre literatura contemporánea, para que Sylvia viniera. En cuanto ella apareció, adiós curso.

–¿Cuál fue tu primer libro afanado?

–No recuerdo, pero el que me quedó grabado fue La peste de Camus, porque me descubrieron. Me hice el ofendido; por suerte tenía plata para pagarlo. También recuerdo cuando me sentí escritor por primera vez… Eso fue una Feria del Libro. De pronto veo a un chico que está robando uno en el stand de Galerna. Trato de distraer al director, Hugo Levin, porque ya me sentía cómplice. Al irse el chico veo que es un libro mío. Ahí me recibí de escritor.

–¿Cómo es vivir en matrimonio con una escritora?

–Yo descubrí lo bueno de estar casado con una escritora durante un corte de luz; fue al anochecer y duró hasta la madrugada. Ni una vela encendimos. Nos pusimos a conversar de literatura.

   La cucaracha de oro

   De la conversación con Castillo, salí sembrado de ocurrencias. Tras el reportaje, ya con la música de un vinito navegándome, solté mi imaginación y enseguida estaba viendo en una celda a un hombre preso a perpetuidad. Se llamaba Abelardo…

   Estaba sentado sobre un banquito, esposado de pies y de manos.

Lo sigo viendo. Atención: ahora el preso Abelardo descubre en el piso una flor de cucaracha. Y la ve de oro. Tan de oro como el escarabajo aquel.

    Puede aplastarla con el margen de libertad que todavía tiene su pie izquierdo. Pero no la aplasta. No es por bondadoso que le perdona la vida. Resulta que Abelardo se da cuenta que a esa cucaracha la necesita crucialmente. ¿Para qué?

Para contarle de literatura, a rajacincha. Para decirle que había una vez Borges y Kafka y Arlt y Poe y había Sartre y Marechal y había...

   Observemos: la cucaracha ahora lo está escuchando, fascinada, y por eso ella también se siente de oro.

   No podrá irse la cucaracha porque ha sido encantada por ese hombrecito de voz pedregosa que está condenado a perpetuidad, y sin posibilidad de arresto domiciliario.

Digámoslo: merecida tiene la cárcel, y de por vida. Porque ese Abelardo es un gozador serial, se pasó la vida robando libros.

   Por prescripción médica

   La prodigiosa adicción a los libros de nuestro Abelardo me estimula a escribir otra leve ficción. Si no la comparto, reviento. Aquí va:

   …Alguien que podría ser Abelardo Castillo, pasados sus sesenta años, de pronto acusa mareos, cansancio. Decide afrontar un chequeo. El médico, ya con el resultado en mano, le recomienda, urgente, “una actividad física de al menos una hora diaria”.

   El paciente, Abelardo, al día siguiente sale de su casa a media tarde; termina en una librería. Allí está ahora: escarba y mironea; como a la hora elige un libro. De pronto lo disimula en un diario que coloca bajo su axila izquierda. Y se va de la librería con impostada tranquilidad. Ya está en la vereda y corre, corre queselallevaputas. Mientras corre piensa en voz alta: “Esto es lo que necesito, carajo, actividad física…”

   No era tan simple: tan rápido como el tal Abelardo corre el joven librero. Antes de las dos cuadras lo alcanza, y sin resollar le dice:

–Perdón, muéstreme lo que lleva entre medio de ese diario.

–¿No ve? Un libro llevo.

–Ese libro no es suyo. Usted no lo pagó.

–Este libro es mío. Porque me lo voy a leer entero.

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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