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Rodolfo Braceli Viernes, 26 de Mayo de 2017

207 años de edad. ¿Crecimos?

Otro 25 de Mayo con nosotros. Cumplimos 207 años de edad. ¿Cumplimos? Pregunta: cumplir años ¿significa creer? Oportunidad preciosa para locro, empanadas y ¡brindis! Siempre y cuando tengamos locro, empanadas y vino para poner sobre la mesa. Y siempre y cuando tengamos mesa.

   Y oportunidad también para reflexionar la palabra patria. Palabra ajetreada, tan gastada y manoseada, tan enarbolada y robada incluso por la buitredad (que todo lo privatiza y de nada se priva).

    Si me permiten: retomaré reflexiones que en esta columna vengo tejiendo desde hace una década larga. Al grano: en este 2017, ya celebrado el bicentenario de nuestra (tan relativa) Independencia, ¿qué nos sugiere la palabra patria?

   Patria, palabra deshilachada por el uso y por el abuso y el caradurismo.

   Patria, palabra vaciada por tanto discurso incoloro, insípido, inodoro.

   Patria, palabra tantas veces violada por los violadores de la Constitución, por los violadores de la Vida y de la Muerte, por los secuestradores de identidad que hasta arrancaron criaturas desde la placenta, por los valientes de oficina que nos arrojaron a la desguerra de Malvinas fogoneados por la euforia entusiasmada de los medios de descomunicación.

   Patria, palabra saqueada sin asco por los propietarios de la única verdad, por los hijos de la impunidad, por los infatigables amigos de la Mano Dura, por los alevosos propiciadores del 2 por 1.

   Patria, palabra extenuada, ensuciada, desteñida, torturada.

   Cuando decimos “viva la patria” ¿no se estará diciendo “viva la Pepa”?

  A ver, mirémonos en el hondo espejo. Intentemos un examen de inconciencia: revisémonos:

  ¿Por qué miramos para otro lado cuando la patria es loteada, regalada, rifatizada al peor postor?

  ¿Hemos olvidado que aquí, a partir de 1976 y otra vez en los años de la última década del siglo 20 la patria quedó reducida a ser un agujero con forma de mapa en donde no quedaron ni los mástiles?

   No nos hagamos los distraídos: la patria, como compromiso extendido de nuestra sociedad, está muy pendiente.

   Muy saludable sería que bajáramos a nuestros próceres de sus monumentos, y que recordáramos que eran tipos que se jugaban el pellejo, es decir la vida. No descafeinemos a nuestra historia: aquellos próceres no estaban posando para la tapa del Billiken. Eran tipos vehementes, de lecturas y de acciones arriesgadas. Estaban dispuestos a todo. Por allí andaban los atrevidos Castelli, Julián Álvarez, French, Paso, Berutti, Monteagudo, Belgrano, Moreno. Eran jóvenes ambiciosos y lúcidos. No le tenían miedo a los libros ni a la mentada libertad. Carecían de “asesores de imagen”. Por distintos motivos, los más brillantes de entre ellos no llegaron a viejos. Y no olvidemos que un año antes que ellos otros jóvenes intentaron la misma revolución, allá en la siempre estoica Bolivia. Con sus vidas pagaron el intento. Vidas jóvenes, treinteañeras, vidas en gajo.

   Pregunta tan imprescindible como incómoda: ¿Que pasaría hoy, aquí, con aquellos jóvenes de Mayo? Serían sospechados con el “por algo será”, serían tildados de agitadores.

   Sigamos recordando: los revolucionarios del Cabildo de Buenos Aires eran curiosos, tipos de libros tomar que encarnaban sus consignas. Uno de ellos, Mariano Moreno, fue tal vez nuestro primer desaparecido. Parece que lo “murieron”, lo borraron del mapa con un purgante exagerado cuando iba en barco a la Gran Bretaña. Y le dieron marítima sepultura. Adiós pues con ese loquito y con su pasión militante.

   Moreno, con el tiempo elegido patrono de los periodistas, dijo algo que tendrá vigencia mientras anidemos dignidad: “Es preferible una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”.

   En estos tiempos conviene reiterar, con todas sus sílabas, aquella frase de Moreno: “Es preferible una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”.

   Para demasiados compatriotas esta ecuación es irritante, y debe ser “aniquilada”. Consideran que la democracia y la libertad “llevan al libertinaje”. Entonces –pregonan–,  mejor que venga algún sumo papito de la Mano Dura. Se anhela la “servidumbre tranquila”. En nosotros está la elección: elegimos la incomodidad de tener conciencia, o elegimos la comodidad de convertir a la digestión en nuestra única actividad cívica.

  Antes de que se nos vaya la Semana de Mayo, otra pregunta: ¿Por qué esta patria nuestra está tan a merced de la buitredad?

  La respuesta más cómoda dice: “Lo que pasa es que hoy no tenemos ejemplos”. Algunos, muchos, se lavan las manos proponiendo el ejemplo de los próceres patrios. Eso no nos ha dado resultado, por lo visto. Ocurre que los próceres están lejos y congelados en la estéril perfección del bronce. Los “ejemplos” los tenemos, realmente, más acá de nuestras narices, en los hombres y mujeres primordiales que trabajan y que sueñan. Pese a todo.

   En nuestros corazones y cerebros y riñones, en nuestros güevos y güevas está la decisión. La escarapela no debe tener dueños (dueños como la Sociedad Rural). La mejor escarapela se lleva por el lado de adentro, y consiste en elegir arriesgando: o elegimos los riesgos de la libertad o seguimos eligiendo la comodidad de la servidumbre. Y a eructar se ha dicho.

  Quienes estamos con techo y bien abrigados y tenemos mantelito para el pan de cada día y de cada noche, quienes estamos alfabetizados, hoy por hoy no debemos, no podemos darnos el lujo del desaliento. Ante el arrasador neoliberalismo, bajar los brazos sería obsceno.

  Como la democracia y la Vida misma, la patria es una actividad. Una actividad, como la misma esperanza. ¿Y qué significa actividad?

  Actividad significa soñar a rajacincha. Pero soñar haciendo. Y significa poner los güevos y las güevas sobre la mesa. Y significa solidaridad.

  Ya cumplidos nuestros 207 años de edad; algo imperioso: la palabra patria necesita ser pronunciada, y necesita ser aprendida, como sinónimo de solidaridad.

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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