Mendoza,

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Rodolfo Braceli

¿Son de aquí Les Luthiers?

Si hace diez Les Luthiers cumplieron 40 años, en el 2017 están cumpliendo 50. Y acaban de ganar el premio Princesa de Asturias. Retomaré palabras que escribí en esta columna y que antes dije en la Recoleta, en una mesa redonda compartida entre otros con Ernesto Schóó y Hugo Paredero.

19/5/2017

    Antes de seguir: el premio Asturias en el habla castellana equivale a un Nobel. Nada menos. Otra vez  me hago una pregunta que me carcome: Realmente, ¿nacieron aquí? ¿No estaremos ante una banda de brillantes farsantes que se hacen pasar por argentinos?

   La pregunta se agudiza toda vez que tratamos de atrapar esa ratita huidiza que es el Ser Nacional. O ese Gen Argentino que resulta ser el Gel Argentino. ¿Resulta estúpida mi duda sobre la nacionalidad de Les Luthiers? Pero es inevitable luego de 50 años de purísimo éxito. Y la planteo porque Les Luthiers, tras medio siglo, no sólo permanecieron unidos a pesar del éxito, siempre remaron tras la excelencia. Esta terca autoexigencia no es algo inherente a una sociedad ciclotímica.

   Los argentinos presumimos de ser únicos improvisando. Eso de solucionarlo todo “con alambre y palito” se convirtió en virtud enarbolada. Hicimos de la improvisación, un estilo.

   También hicimos del tocar fondo una comodidad: suponemos que cuando tocamos fondo ya no podemos descender más y a continuación  resucitamos, gracias a ese otro jodido y jodedor eslogan que pondera nuestra “capacidad de recuperación”. Les Luthiers, grandes cantantes al fin, se han cantado en ese don que nos viene saliendo por la culata: la improvisación.

   Los entrevisté por primera vez en 1970; estaban en Mar del Plata, en la cima de la taquilla. Tras la función del sábado completamos el reportaje el domingo. Como vivían en una gran casa quinta, con pileta, imaginé que los encontraría rascándose al sol. Nada de eso: estaban revisando febrilmente la grabación de la función de la noche anterior, “para corregir y fijar detalles”.

   Ahí pensé: “Estos tipos son enfermos mentales, fundamentalistas de la perfección.” A partir de esto, mi duda: Les Luthiers, ¿no serán alemanes o escandinavos que se hacen pasar por argentinos? Lo extra-ordinario es que siempre se cantaron en el don de la improvisación justamente en el territorio del humor, allí donde campea la improvisación.

   La hazaña de Les Luthiers es que no sólo fueron feroces persiguiendo la perfección sino que lo hicieron sin enfriarse. Demostraron que así como lo cortés no quita lo valiente, la excelencia no quita lo caliente, no desmaya al humor.

  Y en este punto Les Luthiers son comparables con Niní Marshall, alguien que nunca se durmió en los laureles. Niní fue una genia y un genio: cantaba, bailaba, actuaba, escribía sus libretos, se autodirigía. Y jamás claudicó a la comodidad del chiste pedorro. Sus chistes brotaban de la psicología de sus personajes. El chiste como consecuencia, no como demagogia.

   Pienso también que Les Luthiers son equiparables al cerebral y talentoso Fangio. Y al obsesivo y férreamente ético Marcelo Bielsa. Les Luthiers, ejemplares, nos enseñan que el éxito es compromiso.

   Los argentinos fuimos educados en la creencia de ser los mejores del mundo. Las malarias nos bajaron del caballo. Pero enseguida nos consolamos diciendo “ahora no somos los mejores, pero sí somos los más inexplicables del mundo”. Triste consuelo de güevones y/o güevonas.

   Solemos justificar nuestra empecinada decadencia diciéndonos: “Lo que pasa es que no tenemos ejemplos”. Ocurre que a los ejemplos los buscamos en próceres congelados en el bronce y en ídolos inflados por los medios de des-comunicación. Ejemplos tenemos, pero más acá de nuestras narices. Les Luthiers son eso: un ejemplo.

   Hemos hecho de la desorganización una fatalidad, y del “del alambre y palito” una virtud nacional. Pregunta: ¿Que sería de esta sociedad histérica si a la capacidad de improvisar le hubiéramos sumado la capacidad para evitar las improvisaciones?

   Así es: cuesta mucho creer que esta banda esté constituida por argentinos. Los Luthiers jamás confundieron ruido con sonido. Ni chiste con humor. Hicieron lo contrario de lo que se usa. Porfiados perfeccionistas, minuciosos relojeros, pulcros y certeros como los más arriesgados cirujanos, eso justamente son en esta patria idolatrada. Les Luthiers domaron a la improvisación. Y a lo largo de 50 años siempre eligieron el camino más arduo. Y matrimoniaron trabajo exhaustivo con el sumo talento. Consiguieron el humor con el sudor de la inteligencia. Damas y caballeros: jamás Les Luthiers confundieron la chatura con el nivel del mar.

   Posdata: En esta anécdota que me contó Carlos Núñez Cortés (en nombre de Daniel Rabinovich, Jorge Maronna, Carlos López Puccio y Marcos Mundstock), anida algunas claves de Les Luthiers. Me cuenta Núñez Cortés, mostrando una cicatriz en su mano:

–Estábamos haciendo La Campana Suonerá, allí yo tenía que accionar con un serrucho. En la función anterior se nos había roto un serrucho de lata. Compramos uno de raje, un serrucho suizo, de marca. Al utilizarlo me corté, sentí como un fuego en la mano. Cayó el telón de ese número. A continuación, el programa decía: Sinfonía interrumpida. Yo sangraba. Les dije: “Muchachos, esto se acabó para mí”... Daniel, que actuaba con un brazo enyesado por un accidente, salió a explicarle al público: “Lamento decirles que nuestro compañero Núñez ha sufrido un delicado accidente.” La gente miró el programa y empezó a reírse. “Señores, por favor...”. Más risas. “Necesitamos un médico en el escenario.” Más carcajadas. “Por favor, un médico, nuestro compañero se desangra...” Daniel, desesperado, dejó el escenario, y salió Marcos., que también renqueaba por una lesión en un tobillo. Intentó convencer al público. Las risas nos tapaban. Mientras tanto, yo pedía que me hicieran un torniquete. Pasaron como quince minutos de carcajadas. Al final tuvo que intervenir el gerente del teatro.

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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