Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Oíd mortales: ¡40 años!

Memoria. Memoria para semillar un futuro sin una condición humana desnucada. Aquel 30 de abril del año 1977 después de Cristo, era sábado. Ellas sintieron el miedo en sus espaldas, en sus corazones, en sus ovarios. Pero tuvieron el coraje de nacer, y empezaron a vadear el espanto planificado.

5/5/2017

  Aquel sábado ya hacía un año y un mes de que, en esta patria idolatrada, sucedía el infierno adentro del limbo de la indiferencia activa. Militares y muchísimos civiles autodeclarados “salvadores de la patria”, malvendían a las joyas de la abuela y a la abuela también: lo más campantes, desataban la peste del neoliberalismo. Pero eso no era lo peor: ladrones y cobardes, hasta le robaban atribuciones al Dios que se comulgaban: decidían sobre la vida de sus semejantes. Y después las desaparecían porque, al decir de Videla, la “desaparición de personas” les traía menos inconvenientes que fusilarlas. Estos militares, ladrones y cobardes, con la anuencia inolvidable de civiles no menos ladrones y cobardes, torturaban, desuñaban, metían electricidad en testículos y en vaginas, violaban mujeres indefensas, arrojaban al río cuerpos vivos desde los aviones. Pero nada los saciaba. Después de violar las vidas violaban las muertes. Y negaban sepulturas. Tampoco les resultaba suficiente. Y robaban criaturas arrancadas desde la placenta (122 fueron recuperadas, quedan más de 300 secuestradas en su identidad). Hoy la sed violadora continúa: con la bonita coartada de la “reconciliación”, reclaman olvido. Así confunden impunidad con heroísmo.

   Hace 40 años las Madres fueron el único pulso que asomó en aquel infierno del limbo. Los medios des-comunicaban, a rajacincha. Aquellas mujeres no sólo eran humilladas, eran delatadas por criminales de probada cobardía, como el marino Alfredo Astiz. El “ángel rubio” infiltrado, con un beso en la mejilla marcaba a Azucena Villaflor, a Esther Ballestrino y a María Ponce. Enseguida esas madres desaparecieron.

   Pero el caso es que Azucena y trece madres más, aquel 30 de abril de hace 40 años decidieron girar en la Plaza. Querían encontrar a sus hijos desaparecidos. Cada jueves se jugaban la vida. Giraban por la Vida.

   ¿Cómo empezó esto? Respondo un fragmento del capítulo que tuvo en  “Madre argentina hay una sola” Carmen Aguiar de Lapacó, madre de Alejandra Lapacó, secuestrada el 17 de marzo de 1977. Carmen Lapacó cuenta su pesadilla: ella fue detenida en el campo Club Atlético. Escuchó y vio la tortura de su hija. Al momento de su relato doña Carmen vivía sola, acompañada de una foto ampliada de su Alejandra. Escuchémosla:

–Usted, abuela, fue una de las primeras Madres.

–Gracias por lo de abuela. No tengo nietos que me nombren... Algunas madres salieron, otras no. Es curioso, las madres que se quedaron en casa, son las que han muerto primero o están más avejentadas. Yo a la Plaza iré con dos bastoncitos. Me arrancaron a Alejandra, mi única hija. ¿Puedo contar un poquito?... Desesperada, yo buscaba sola, hasta que me enteré que había mujeres que se reunían en la Plaza de Mayo, los jueves. Éramos poquitas, el nombre nos lo pusieron en la Casa de Gobierno: “Las Viejas Locas”... Cuando el grupo se agrandó nos sentábamos en el piso, no alcanzaban los bancos. Y cayó la policía para decirnos Hay Estado de Sitio; sólo podíamos estar de a dos y en movimiento. Ahí empezamos a dar la vuelta a la pirámide. Igual la policía nos corría. Pero salíamos por una esquina y entrábamos por la otra. La idea de ir a la plaza fue de Azucena Villaflor. El 8 de diciembre del 77 pudimos sacar una solicitada... El 10 de diciembre sale Azucena a comprar el diario, y la meten en un auto. Y Azucena grita… y no la vemos más. Con la sombra de las madres desaparecidas afrontamos el Mundial del 78... Claro, dábamos mala imagen. Seguíamos girando en la Plaza, no nos podían sacar. Y cuando llevaban presa a una madre nos íbamos todas a la comisaría a entregarnos…

–¿Cómo nació el pañuelo blanco?

–Un día fuimos a Luján. Para reconocernos, una madre propuso llevar un pañal simbólico. Y la que no tenía pañal se ponía un pañuelo, como yo. Y seguimos nuestra lucha… palos, gases, lluvias, insolaciones… nada nos detenía…

–El secuestro de tres Madres, ¿cómo lo afrontaron?

–Momento decisivo ése… Al jueves siguiente había que ir a la plaza. Algunas madres decían: “No vayamos más...” Otras dijimos: “Si no vamos más van a pensar que Azucena es la que nos dirige, y la van a desaparecer.” Fuimos veinte, agarraditas de las manos; temblábamos, nos chocaban las rodillas. Nos echaron a la fuerza. ¿Miedo? Cuando una madre tiene miedo por un hijo, se olvida del miedo por ella.

   Posdata. La más piba de las Viejas Locas tiene hoy 81 años; hay varias que rumbean hacia los 100. Se quedaron a vivir, a buscar. En estos 40 años nos están enseñando el optimismo de la memoria. Prodigiosas linternas, ellas nacieron para semillar semillas. Para resucitar lo desaparecido. Salieron y salen, ellas, a darle vuelta los bolsillos a la muerte. No necesitan brújula, ¡para eso sus corazones! No necesitan armas para darse coraje ¡para eso sus corazones!

   Camino se hace al andar, conciencia se hace al girar. Si es rueda la Vida, rueda por ellas. Las madres que las parió, ellas, tan capaces de todo: capaces de sembrar en el mismísimo abismo.

   Hoy necesitamos que la Madres sean más eternas que nunca. La obscenidad del negacionismo es moda, recrudece. El monicaco Lo-pérfido saca cuentas con las muertes. Qué impudor. Qué vergüenza. Pero templanza: los negadores no podrán con ellas, no pasarán.

   Nunca estará demás reiterar la pregunta: –¿Qué sería de nosotros si ellas, las Madres hoy Abuelas, no hubieran existido?      

  ¿Estaríamos de pie? ¿Estaríamos en cuatro patas? ¿Estaríamos?

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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