Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Bombas con madre. Qué lo parió

Reconozcamos: el Imperio Norteamericano –amo de este planeta, por el momento– más allá de sus genocidios preventivos, tiene corazón y síntomas de ternura. Obsérvese: a sus artefactos de exterminio y asesinación suele bautizarlos con nombres entrañables.

21/4/2017

   Ver para creer: EE.UU. a sus bombas más “persuasivas” las identifica con palabras sagradas. En efecto: el sensible Pentágono metió nada menos que la palabra “madre” para nombrar a la bomba más grande del mundo: “la madre de todas las bombas”. Hagamos memoria: a la criminal bomba atómica arrojada en Hiroshima (sobre población civil, sobre hombres y mujeres, niños y ancianos), la denominó “Little boy”; en castellano “niñito”.

    Ante esto uno estalla y dice: Niño, ¡deja ya de joder con la vida ajena! Y dice: ¡La madre que los parió! ¡Y el padre también!

    Apaguemos el bendito celular, y reflexionemos sobre lo que al mundo, con nosotros adentro, le está pasando. Días antes de arrojar “la madre de todas las bombas”, ese señor que se parece tanto a su máscara, Donald Trump, ordenó arrojar en Siria 59 misiles Tomahawk. Ni uno menos. Lo hizo instaurar la democracia en Siria. Enseguida el Washington Post informó que el presidente Trump tiene acciones en la superfábrica Raytheon, de donde salieron los 59 misiles inteligentes. Pues bien: en sólo dos días las acciones de Raytheon aumentaron ¡un 2 por ciento!

   Las preguntas se descuelgan por maduras, y nos caen en la mollera: estamos ante eso que ahora se llama “conflicto de intereses”. ¿Cuántos millones de dólares ganó Trump al colocar esos 59 misiles hechos en una fábrica en la que, vaya casualidad, él es accionista? Ante este negocio, fulminante y redondo, imposible no preguntarse: ¿qué interés puede tener el señor Trump en que haya paz, en que no broten más guerras? El tipo vela por sus intereses de mega empresario ¿no?

   Si decimos que el presidente Trump es un “loco”, lo estamos condecorando. Si decimos que es un “monstruo” lo estamos absolviendo. No es un “monstruo”, es un ser humano elegido por millones de habitantes. Esos millones aumentaron sensiblemente; encuestas recientes aseguran que más del 60 por ciento de la sociedad estadounidense está de acuerdo con los 59 misiles destinados a Siria. Y de acuerdo con el debut de la “madre de todas las bombas” en túneles del Estado Islámico en Afganistán. 

   Los norteamericanos acostumbran a pagar (sin disgusto) altos impuestos, para que las guerras sucedan lejos de sus fronteras. De paso le dan trabajo a la industria bélica, esa que sirve para “interrumpir las sagradas vidas” de mujeres, hombres, ancianos y niños. Estamos hablando de misiles y bombas que, si se fabrican, no se pueden desperdiciar porque, al decir de Manuel Vicent, “hay que usarlos sí o sí; son como el yogur: tienen fecha de vencimiento”. Así, con estas interrupciones de vidas es que se consuman, por millones, verdaderos “abortos posteriores”. Esto, siempre enmascarado con la excusa de la “democracia” y de la “libertad”. Detrás palpita la obscena sed de poder y de petróleo ajeno.        

     Esto que pasa en el mundo le pasa al mundo. ¿Cómo luchar contra eso? Desde cada país, no importa tamaño, idioma o credo, desde cada país, por empezar, se puede accionar luchando por la soberanía, no entregándose a los buitres de afuera ni sometiéndose a los buitres de adentro. Luchar tomando conciencia. No dejándose contagiar por la paranoia convertida en ideología. No cayendo en la tentación de consumir armas actualizadas, ni elementos de “disuasión” que en realidad son de “represión”. Luchar preguntándonos, cada día, cuántas escuelas, cuántos universidades, cuántos hospitales, cuántas cruzadas de alfabetización, cuántas campañas para terminar con las enfermedades endémicas, cuántas presupuestos para mejorar el salario primordial de los docentes, etc, etc., cuando se puede hacer con eso que se gasta en actualización de armamentos.

     Un detalle: cuando vayamos a pagar impagables deudas externas tengamos presente que esas deudas externas son auspiciadas por los fabricantes de uniformes con escafandras, de tanquetas antimotines, de misiles inteligentes, de la madre (y el padre) que parió a todas las bombas.

   Recupero conceptos vertidos en esta columna cuando Trump fue elegido presidente. Realmente, ¿quién es Donald Trump? –Es un monicaco. Pero eso no es lo grave.

   ¿Qué es un monicaco? –Un monicaco es alguien como Trump. Pero eso, eso no es lo más grave.

   Sigamos: la pregunta ya es ecuménica: ¿es posible que semejante ser humano haya sido elegido “presidente del mundo”? –Es posible. Pero esto tampoco es lo más grave.

   Sin disimulo, Trump se ha manifestado homófobo, xenófobo, racista explícito, muralista serial. Aborrece a afronorteamericanos, hispanohablantes, homosexuales, latinos, musulmanes. Se mofa de las mujeres y se ríe del peligro por los cambios climáticos. Con “sinceridad” cínica. Pero esto no, no es lo más grave.

    El neoliberalismo con Trump se saca la careta. ¿Cuántos casilleros retrocede la democracia y la condición humana con este personaje que emergió sobre la faz de la tierra? Espeluzna la palabra “apocalipsis”. Occidente, con EE. UU. a la cabeza, va derecho al abismo de la mismísima nada. Que es peor que irse a la mismísima mierda.

   Escribí, a modo de estribillo, que Trump no es lo grave. ¿Y entonces? –Lo grave es que, mucho más de la mitad del país imperio, hoy aprueba los 59 misiles a Siria y el debut de la “madre de todas las bombas”.

   El monicaco no es un inmoral. Es un amoral. Pero esto tampoco es lo más grave. Lo más grave es que en países del autodenominado Primer Mundo hay “media sociedad” que no ve con desagrado (porque ve con agrado) las contundentes acciones de la bazofia moral que Trump encarna.

  Tengamos, aquí, mucho cuidado: no engrosemos ese medio país que, desde la ideología de la paranoia reclama palos y pide el “diálogo” aromatizado con gas pimienta. El diálogo de las bocas enmudecidas, y el del violín en bolsa.

      *  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar 

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