Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Corazón hediondo huye…

“Nunca dejaré de tener fe en la esperanza”. Eso me dijo, ya herido por la vejez, el hachero Valentín Céspedes. Landriscina me lo presentó en el año 1970 después de Cristo; estábamos en el hondo monte chaqueño.

7/4/2017

Con permiso, ahora retomo un texto que hice para Tiempo Argentino, diario recuperado por sus laburantes. A aquel reportaje (el que escribí hace 47 años) no lo fui a buscar, se me cruzó y me agarró de las solapas, y de más abajo también. Fueron 6 páginas en Gente. A los tres meses, otra nota (7 páginas en el pliego de color). Valentín fue invitado a Buenos Aires: primera vez que dormía en una cama. Pasaron 25 años y lo ubiqué otra vez: vivía en la orilla de Pampa del Infierno. Otro reportaje y con 9 páginas. Y no sólo eso: don Valentín, con su camperita elemental y sus zapatillas pampero posó para la mismísima tapa de los Personajes del año 1995. Sí sí, en Gente, sentado junto a Bioy Casares, muy cerca del presidente de la nación. Y de Mirtha y de Susana, claro.

Por décadas ignorado por los censos, Céspedes nunca fue a la escuela. Al ratito de conocerlo me dijo: lo más grave no es la pobreza, no es el hambre, es ser analfabeto: “Sabe amigo, la ignorancia primero embrutece el cuerpo y después el alma y al final embrutece el corazón”. Redondeó: “La ignorancia nos hace creer que no hay más remedio que ser esclavos toda la vida”.

Aquel Valentín me dijo un secreto: que de los hachazos salen palabras. Y con su hijo de 14 años ahí, empezó a talar un enorme árbol: “Un hacha dice pan y la otra dirá azúcar… ¿escucha usted? …pan / azúcar… pan / azúcar… pan / azúcar...”

Este habitante primordial me mostró a sus siete hijos; para ellos quería que el Estado mandara un maestro que subiera al monte cuatro meses al año, y les enseñara a leer y algo de los números.“No más que eso, señor. La escuela la ponemos nosotros. ¿Ve esos troncos volteados? Serán los bancos. ¿Techo? Ahí tiene, el cielo entero. Puro techo.”  Cuando lo reencontré un cuarto de siglo después, en 1995, don Valentín seguía buscando maestro (salvo algún resuello democrático, calculemos cuántos gobiernos militares y cuántas gestiones neoliberales “salvadoras” tuvimos en esos 25 años). Pese a la falta de escuela en el hondo monte, le brotó una sonrisa solar cuando me contó que el más chico de sus hijos había aprendido a leer, y que él le enseñaría a sus hermanos y a sus gajitos. Por entonces Valentín contaba más de 50 nietos.

Casi al final del encuentro, me contó que después de aquel primer reportaje en 1970 el patrón lo verdugueó, y debió irse de Pampa Juana “a buscar otro patrón de mejor corazón”.

El don Valentín real me inspiró un monólogo teatral; lo concebí encarnado por Miguel Ángel Solá, por Ulises Dumont, por Hugo Arana. Comparto ahora un breve fragmento de esa ficción; el tema es la dignidad. (Digo dignidad y pienso en los laburantes que hoy hacen y resucitan Tiempo Argentino.)

Un detalle: don Valentín en 1995 me dijo: “Cuando pierdo la fe, tengo esperanza. Cuando pierdo la esperanza, tengo fe. Por último, sabe, siempre tengo fe en la esperanza”.

Hachero, frente a corazón hediondo

   –El de corazón hediondo estaba roncando su siesta.

En el obraje, él nos trata pior que a perros; a los perros al menos les tira un hueso. Ese hombre, a quien tiene dignidad lo dobla a talerazos, lo hace huir y en eso lo baja a tiros por la espalda; para que aprenda. Después el río se lleva lo que queda del cuerpo hachero… Ayer el río se llevó al hermano que me quedaba. Hace como un año se llevó al mayor de mis hijos, que nos ha dejado cinco gajitos.

Como les cuento: el de corazón hediondo estaba durmiendo su siesta de harta panza; roncaba a sus anchas, meta pedos.

Despacio me le he acercado. Lo primero: le he sacado los cartuchos de la escopeta mientras él sigue babeando su siesta, muy satisfecho el maldito.

Pero se ha levantado por fin, ha eructado su locro con vino y se está despabilando hundiendo la cabeza en el fuentón con agua de la última lluvia.

Cuando me ha visto, me ha dicho:

–¿Y qué carajo hacés vos aquí? A esta hora tenés que estar en el monte voleando tu hacha.

–Señor, vine nomás a mirarlo.

   Dejá de mirarme, me ha dicho. ¡Bajáme la mirada!, me ha repetido.

   Yo no le he hecho caso.

Entonces, el de corazón hediondo ha alzado su escopeta y me la ha puesto de mala manera en el hueso de mi frente; me ha hecho doler.

   Bajáme la mirada o te vuelo los sesos mierdaaaa, me ha dicho escupiéndome su aliento oscuro.

   Pero yo le he seguido mirando a los ojos, manso.

   Y él ha apretado nomás el gatillo. Y nada. Y lo ha vuelto a apretar, y nada.

Y, bueno, yo le he empezado a alzar mi hacha… y él… él ya está hincado, temblando, y yo lo he atado de pies y de manos también. Y está llorando… el muy sonso cree que lo tengo anudado… Mientras gime bajito el desgraciao me besa los pies y dice nombres como despidiéndose, serán los de sus hijitos… Hortensia… Nicasio… Rosendo… Petra… y está llorando con mocos… y me está lamiendo las alpargatas y bueno, yo he alzado más alto mi hacha… pero el hacha se me ha quedado arriba, quieta… y él ha seguido gimiendo y besando mis alpargatas… Y yo le he dicho: Hombre roñoso, dejesé de joder ya, no sea trapo… Y vaya en sabiendo que sólo estamos atados los que no sabemos leer…

Y entonces le he aflojado las ataduras y él… ¡allá va, corriendo!

¿Volverá el de corazón hediondo para matarme y arrojarme enseguida a la sordera del río?

 (( Me cuesta creer que volverá por mí. El de corazón hediondo es un cruel, pero por más cruel que sea, nadie resiste ser malvado tanto tiempo. Porque nació de madre, alguna vez ese hombre se ha de cansar de ser malo…))

*  zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

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