Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Botellazo de madre

Pronto, busquemos un espejo para mirarnos. Y no le bajemos la mirada al hondo espejo. Reflexionemos sobre Malvinas, asumiendo que hacer memoria es imprescindible: Hagamos conciencia, para que no se vuelva a repetir.

31/3/2017

Retomo palabras y personajes de mi libro Madre argentina hay una sola. La de Malvinas fue una desguerra. A los muertitos de cuerpo presente que produjo aquella desventura pueril y absurda (craneada desde el entusiasmo etílico por militares eructantes) se sumaron después centenares de suicidios de ex combatientes que no pudieron salir de aquel infierno cuando regresaron a este infierno-limbo disfrazado de normalidad, que es nuestra patria idolatrada. Suicidio mediante, ¿cuántos murieron? Más de 400. Pero, otra vez, que no nos distraiga la obscena discusión sobre la cantidad. Se suicidaron uno por uno. Y cada uno dejó atrás una madre. Esto en medio de la indiferencia activa, siempre alimentada por los medios descomunicadores.

Difícil encontrar testimonios de madres de Malvinas, porque aquellas madres desgarradas por mucho tiempo fueron parias. Marginadas por el triunfalismo nuestro de cada día. A la guerra fuimos, como sociedad, alzados por una euforia propia de un Mundial de fútbol. Fuimos –según confesó Galtieri–, calculando que los otros no se presentarían a jugar. Caímos como chorlitos. Y el deshonor de los responsables recayó sobre los inocentes muchachos flagelados. Acto seguido, trasladamos olímpicamente nuestra deportiva frustración por la derrota bélica a los chicos que retornaron de aquella desguerra gestada por torturadores malparidos.

El rechazo se extendió a las madres de las víctimas.

Madre María Aurelia

Escuchemos, entre tantas traspapeladas, a una madre de Malvinas. María Aurelia, madre de Ignacio Indino. Ella resume lo que dicen centenares de estas madres:

–Ay, ¿hablar de la guerra, hablar de mi hijo muerto? No. No. No. Eso es espantoso horroroso…Yo vengo de familia de húngaros. Mi padre estuvo cuatro años en la guerra… La guerra es lo peor que hay. No, eso es espantoso horroroso espantoso horroroso... En noviembre de 1998 pude ir a Malvinas, al lugar donde mataron a mi hijito... ¡ayyy!... terrible... El dolor para una madre es distinto. Es insoportable. Cuando nos arrancan un hijo nos arrancan el corazón, la carne, los ojos, nos arrancan la vida. La guerra es lo peor que hay.

 “La guerra es lo peor que hay”. La frase suena a lugar común, pero ese lugar común está sembrado muertitos. De vidas interrumpidas. Por así decir, de “abortos posteriores” de jóvenes que habían nacido para vivir.

Madre que no tiene nombre

Sigamos mirándonos en el arduo espejo. Hay centenares de madres que a sus hijos, soldaditos de Malvinas, no lo perdieron allá, en la guerra: los perdieron aquí, cuando volvieron a este mar de indiferencia. Esos muchachos eligieron matarse porque la pesadilla se les quedó metida en el alma. Una de esas madres decidió llamarse Elda Zabala. Porque, luego de perder aquí a su hijo Luis, mandó al carajo a esposo, familia, casa, padres y apellido. Nada menos. Escuchémosla:

–Cuando Luis fue convocado a las Malvinas yo hice de todo para impedir que saliera de mi casa. Cerré las puertas, escondí las llaves, desconecté el timbre. La noche anterior, el imbécil de mi esposo organizó en la esquina un gran asado “patrio” para celebrar la partida de nuestro hijo. Participó el barrio entero, meta brindis. Mi esposo y mi padre y mi suegro decían “ojalá nos convoquen a los veteranos para ir también”. Cada rato cantaban el himno enloquecidos. A mí me empastillaron para sujetarme. Cuando desperté, mi hijo ya no estaba. Destrocé media casa, me internaron. Después me controlé y empecé a escribirle cartas a mi hijo, único hijo. Lo esperé rezando. Ya no rompía nada yo, pero odiaba a mi familia y a mi esposo.

–Cuando su hijo volvió ¿qué pasó?

–Lo que volvió de mi hijo fue su cuerpo aterido. Por las noches no dormía, temblaba, no pestañeaba. Yo le daba de comer en la boca, lo acariciaba, pero él no salía de su estado. A los ocho meses de su vuelta, una noche me dijo: “Tengo mucho sueño, tapame”. Amaneció con las muñecas tajeadas...

La historia de Elda Zabala, madre de un ex combatiente de Malvinas que buscó su muerte aquí, en este desmemoriado jardín de paz, siguió así: le rompió la cabeza a su marido con un botellazo; se despidió con insultos de su familia entera y de sus vecinos. Todos habían “celebrado”, todos, la ida de su hijo a la guerra. Hizo eso y se fue y se cambió de apellido: “Siento asco al pronunciar mi nombre”. Elda ha vivido pensiones de la provincia de Buenos Aires, sola. Al principio empleada doméstica, después de mantera. Luego de intentarlo durante un par de años, su marido y familia desistieron de toda búsqueda. Elda piensa que a su hijo lo mataron todos: Galtieri, Menéndez, su ex esposo, sus ex familiares, sus ex vecinos, todos los que celebramos aquella fiesta.

Posdata. Pregunta: los señores muy almidonados y las señoras tan aseñoradas que, proclamando que “la vida es sagrada”, tanto se crispan ante un posible debate sobre la legislación del aborto, ¿por qué nada dicen sobre esos otros “abortos posteriores” de jóvenes cuyas vidas fueron “interrumpidas”? Ante esto: ¿qué dirían hoy nuestros militares ciudadanos Belgrano y San Martín?

Los militares de 1982 no se enteraron que, para pasar a la historia, tenían que hacerse un control de alcoholemia.

Y nosotros, los civiles, mal fogoneados, mal sembrados por los medios de descomunicación, todavía no terminamos de aprender que una guerra hecha con el cuerpo de jóvenes aterrados y ateridos es algo muy diferente a un Mundial de fútbol.

He ahí nuestra deuda interior.

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