Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Derechos y humanos y desnucados

El 24 de marzo de 1976 nos sucedió hace 41años. Pero, ¿fue ayer? Para acunar un futuro diferente, con porfiadez semillemos la memoria.

17/3/2017

Retomo conceptos vertidos en esta columna: ¿por qué sucedió, aquí, aquella desnucación de la condición humana? ¿Qué hicimos y qué dejamos de hacer?

Lo insoslayable: aquel 24 de marzo nos seguirá sucediendo mientras miles de desaparecidos no tengan la sepultura debida y cientos de criaturas (hoy adultos) sigan secuestrados, con la identidad afanada.

¿Cuántos? Sigue reiterándose la obscenidad de distraernos con la cantidad. Un ex ministro de cultura porteño, Darío Lopérfido, hizo alarde. Obscenidad compartida en otros momentos por el ex ministro de educación Abel Posse, y por el best seller Marcos Aguinis. Pavoreal Aguinis encarna a un patético pensador que suele arremeter con repugnante entusiasmo contra las Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Se intenta justificar a estos pedazos de seres humanos diciendo que, las de ellos, son “expresiones desafortunadas”. En realidad son expresiones afortunadas, porque evidencian lo que ellos (y tantos) piensan y sienten.

¿Golpe militar?  Por años al 24 de marzo se lo rotuló “golpe militar”. Después, se lo denominó “golpe cívico militar”. Pero seamos más precisos: aquel 24 de marzo fue, sí, un golpe cívico y militar. Militar, porque antes cívico. Pero adentro del “cívico” hubo un Golpe alentado y celebrado por la Sociedad Rural, por los sumos empresarios, por la corporación Judicial, por gran parte de la cúpula eclesiástica, por engordados sindicalistas. Y más todavía: por los pulpos medios de descomunicación que saludaron al Golpe con nauseabunda euforia. Todo se consumó al compás del  neoliberalismo que no le hace asco ni a los genocidios preventivos.

Indiferencia activa. Pero no caigamos en la comodidad de creer que las culpas se fraccionan y se achican al haber tantos afluentes responsables. Las culpas de lesa humanidad no prescriben ni se fraccionan; las cargan, uno por uno, los que directa o indirectamente participaron de aquel festival de violaciones de vidas y de muertes. También siguen siendo culpables quienes ejercieron la indiferencia activa.

Recordemos. La barbarie de nuestra civilizada civilización fue muy sembrada. En los albores patrios un tecito abrevió la vida del molesto Mariano Moreno. Mucho más acá se cometieron hazañas como el bombardeo a la Plaza de Mayo. Y, sin ir tan lejos, el mesianismo del Opus Dei Onganía, a puro bastonazo, rompió muchas cabezas universitarias. Esto fue precalentamiento, elongación para la asesinación sistemática. Después, ya en la década del ’70, entró a tallar ese atroz banco de pruebas que fue la Triple A. Todo pasaba con la indiferencia activa de los medios; mientras tanto,  el neoliberalismo se relamía.

La condición humana desnucada. A partir de 1976 en esta patria idolatrada estallaron todos los colmos. Se voltearon puertas en la madrugada, se apresaron seres desnudos, mientras se afanaba lo que se encontraba al paso. No les fue suficiente. Se desuñó, se asfixió con agua, se electrizó testículos y vaginas, se violó en patota a mujeres embarazadas, se desfondó la tortura. No les fue suficiente. Se arrojó a la profundidad del río cuerpos todavía vivos; de a uno se mató a miles. No les fue suficiente. Se desaparecieron los cuerpos tan matados, y se negó sepultura. No les fue suficiente. Se violó primero la vida y después la muerte. No les fue suficiente. Entonces se robaron criaturas, de cuajo y desde la placenta. Y no, no les fue suficiente.

A 41 años los degenerados violadores asesinadores reclaman “reconciliación”. ¿Cómo puede haber reconciliación mientras miles de muertos siguen sin sepultura? Innegable: hubo muertos de los lados, pero la diferencia, esencial, es que unos muertos tienen sepultura conocida y los otro no. Para estos muertos la asesinación no cesa, continúa.

No, no se ha cerrado este, uno de los capítulos más espeluznantes de la historia de la humanidad. Y arribamos a esta condición humana desnucada no por monstruos, sino por seres humanos que caminan entre nosotros. Que si hoy no andan lo más campantes es por el lúcido atrevimiento de memoria y justicia que, pese a todo, se ha ido concretando desde 1983.

¡Hasta la memoria, siempre! La palabra memoria tiene mala prensa. En esta confusión, tan sembrada, se nos hacer creer que es sinónimo de retroceso. Y no, es semilla de futuro. Cuidado, no caigamos en la coartada de la “reconciliación”. ¿Qué reconciliación puede haber si los responsables y adherentes de un Estado terrorista se hacen gárgaras con la carnicería, con la desaparición de muertos, y hasta con el robo de criaturas?

Se invoca “el ejemplo Mandela”. Ojo, otra trampa. Mandela amasó una reconciliación, pero a partir de millones que por fin deponían el apartheid. 

   Aquí, quienes enarbolan la “reconciliación” convalidan crímenes desde un odio que no cesa. Denuncian la “grieta”, pero no paran de ahondarla.

Un ejemplo: en juicio oral el tristemente famoso Tigre Acosta sintetizó: “El gran problema fue haber dejado gente viva”. En fin: hacer memoria no es necesario, es imprescindible.

Pobre democracia. A la democracia se la acusa de nuestros males, pero ella nos espeja. Crecerá, si la sembramos, en un prodigioso insomnio.

Pregunta: si hubiese persistido el orden asesinador de aquel 24 de marzo que cabalgaba sobre el neoliberalismo, como sociedad ¿estaríamos de pie o caminaríamos en cuatro patas? ¿Estaríamos?

Sin la porfiadez de las Madres Abuelas, parteras de la Vida, esta olvidadiza patria idolatrada no tendría puntos cardinales, ni nada. Y de tanto tocar fondo, hubiéramos desfondado el abismo.

Ojalá el optimismo de la memoria siga alumbrando el futuro de nuestros hijos. Y el de los hijos de nuestros hijos. Ojalá.

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