Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Maestros por petróleo, sí sí

Presiento que ciertos lectores y lectoras, de arranque me van a decir: “A ver si la cortás con Fidel”. Les respondo invitándolos a considerar la más singular hazaña de Fidel. Hazaña que compartió –no os crispéis, por favor– con Hugo Chávez.

10/3/2017

Y esta hazaña de Castro y Chávez merece memoria histórica; supera incluso a la epopeya con el barquito Granma y a la victoria militar sobre los invasores en Playa Giron. Puestos a analizar, pienso que, muy traspapelada por los medios, se nos perdió esa hazaña sin antecedentes en la historia contemporánea; hasta donde se sabe. Y esto sucedió cuando Fidel Castro y Hugo Chávez concretaron un convenio para el más prodigioso canje que pueda imaginarse entre dos países: maestros por petróleo.   

Retomo conceptos reiterados en esta columna. Del analfabetismo se habla poco y de la analfabetización mucho menos. Los índices de analfabetismo nos alarman de la boca y de la barriga para afuera. Pasa igual con el hambre que sucede más allá del umbral de nuestra enrejada casita.

Analfabetización más desempleo; igual, esclavitud. El neoliberalismo ¡qué más quiere! El analfabetismo asegura la mano de obra esclava. No es casual: siempre van a la par el analfabetismo y la esclavitud laboral.  

Cuando se dice que los países subdesarrollados pertenecen al Tercer Mundo se consuma otro eufemismo. Porque eso suena a que estos países pronto ingresarán en el Segundo Mundo y de ahí, con un saltito, al Primer Mundo. No nos engañemos, ser del Tercer Mundo significa habitar un país que anida una pavorosa mayoría que ¿vive? sumida en hambre, ignorancia y promiscuidad. Millones de desgajados reemplazan la conciencia cívica con desesperación. Amalgama todo eso el analfabetismo endémico y la analfabetización sembrada desde los medios de descomunicadores.

A propósito del soñado Primer Mundo: en la década del Señor de los Anillacos, reconozcámoslo, aquí ingresamos al Primer Mundo. Pero, ¿a ser qué del Primer Mundo? El inodoro. Aclaremos: hubo momentos en que mejoramos de rango y fuimos el bidet. Eran tiempos de relaciones carnales con el insaciable Imperio.

Sigamos. Nos escandalizarnos cuando aparece la noticia de una criatura que murió de hambre. Pensemos que, alrededor de cada criatura que muere de hambre, hay un entorno de analfabetos o semianalfabetos. El analfabetismo garantiza esclavitud y consolida el hambre.

Más allá del rechazo visceral que Chávez y Castro les producen a tantos por aquí, por favor, tenemos algo que reconocerles: Chávez y Castro supieron concretar un convenio prodigioso. Venezuela le daba petróleo a Cuba y Cuba le pagaba a Venezuela con médicos de campaña y maestros para alfabetizar. Petróleo por alfabetización. Tan saludable noticia fue ninguneada por los medios. 

Hace más de una década publiqué en la revista Veintitrés una extensa entrevista a Silvio Rodríguez, el poeta cantante cubano. Un par de fragmentos vienen al caso. La conversación empezó así:  

“–Silvio, ¿quién te enseñó a leer?

–Las primeras letras me las enseñó mi madre. Cuando todavía no sabía leer, yo hacía una cosa que creo que la han hecho muchos niños. Me fascinaban los comics –muñequitos les decimos en Cuba–,  y yo aprendí a leer por ellos. Yo hacía que me leyeran alguna historieta y me aprendía de memoria los diálogos. Cuando llegaba gente a casa, empezaba a “leer” lo que me sabía de memoria. Sí, me gustaba fingir que sabía leer.

El diálogo siguió con Silvio contándome de su madre, que trabajaba de peluquera a domicilio, y después de su padre que “hizo de todo y empezó siendo obrero agrícola a los siete años”; más tarde fue tapicero, tuvo un tallercito de muebles y “embullado, enamorado de la revolución se puso a dar clases de alfabetización y trabajar en el encaminamiento de prostitutas que empezaron a ser taxistas, oficinistas, se integraron.”

    Silvio me comentó esto sobre la alfabetización de Cuba:

 “–Te lo digo, no es tan difícil alfabetizar a todo un pueblo. A Cuba le costó parar un año las clases en las secundarias básicas, para darle oportunidad a todos esos muchachos que quisieran irse voluntarios al campo y a las montañas a alfabetizar. Y eso se hizo, se paró un añito y se alfabetizó a todo el mundo. ¡Y ya!

–No parece tan sencillo, Silvio.

–No es tan difícil, Rodolfo. Solamente hay que tomar la decisión de hacerlo. El cursillo que nos dieron a nosotros fue de un fin de semana. Es muy sencillo.”

De Silvio me quedó zumbando ese “es muy sencillo”. Y aquí está la cuestión: a los argentinos, las soluciones sencillas nos resultan desabridas. Sólo nos movilizan las épicas sonoras. Nos jactamos de tener “una gran capacidad de recuperación”. Y sí que la tenemos. Pero para usar esa capacidad nos sometemos al cruel ejercicio de tocar el cielo con las manos o de tocar fondo. En ese juego hasta llegamos a tocar abismo. De ser “los mejores del mundo” pasamos a consolarnos con ser “los más inexplicables del mundo”. Y así, al compás de las tardías cacerolas que sólo afloraron cuando nuestro sensible bolsillito fue violado, llegamos a preguntarnos: ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

Posdata.  Finalmente murió Fidel, y brotaron sonoros epitafios. Estoy cayendo en la tentación de perpetrar otro epitafio memorable. Y digo que aquel canje de maestros por petróleo entre Castro y Chávez, fue un suceso inédito en la historia habida y por haber. Con aquel pacto, ejemplar para los tiempos, la condición humana dio una vuelta de tuerca, y para mejor. Sería saludable no olvidar esa sencilla hazaña esencial, revolucionaria. Ese ejemplo, para el mundo entero, se amasó aquí, en el regazo de la Patria Grande; es decir, de la Matria Grande; mejor dicho, de la Mapatria Grande.

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