Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Jefe Indio ¡tener razón!

Nos distraen, ¿o nos hacemos los distraídos? El “nos” incluye al promedio de los ciudadanos bien comidos y bien alfabetizados de esta patria y del mundo entero.

17/2/2017

Todo tiene que ver con todo. Mientras se discute si “los mapuches son o no son argentinos”, se los persuade con balas de goma y de las otras, más convincentes. Y, entretanto, se nos escapan noticias catastróficas. Por ejemplo, que “el mes de junio del 2015 marcó la temperatura media más alta en la historia de la humanidad (desde que se registran, hace 116 años.) Este pavoroso record se extiende al primer semestre del 2015. Los datos vienen de la Agencia Meteorológica de Japón (JMA). Y de la Agencia Espacial de la NASA. Y de la Administración Nacional de Océanos y Atmósfera de Estados Unidos (NOAA). La Tierra entera está recaliente. (Con perdón de la tenebrosa expresión: por algo será.)

Será porque el Primer Mundo, a través del recurrente neoliberalismo, habla de ecología de la boca para afuera. Será porque los aires están intoxicados y las aguas podridas y los boques, en millones de hectáreas, talados y la minería a cielo abierto haciendo fechorías. Sumémosle cultivos, como los de la maldita bendita soja, que están extenuando la tierra, succionando las napas. 

Todo tiene que ver con todo. La Argentina desde hace años viene siendo loteada alegre, alevosamente. Millones de hectáreas, las que atesoran el agua que tanto necesita el planeta, ahora pertenecen a don Benetton y a don Lewis y a un puñadito de apellidos extranjeros. Pero, caramba, ahora resulta que ¡los mapuches no son argentinos! Madremía. El caso es que los dramáticos informes de la NASA y de la JMA y de la NOAA le dan la razón a una carta de un Jefe Indio que metió el dedito en la llaga de la inconciencia. Memoria:

En 1854 el Gran Jefe de Washington (presidente de los EE.UU.) hizo una “generosa” oferta por una gran extensión de tierras indias, prometiendo (como Benetton), crear una “reservación” indígena. A esta obscena “generosidad” le respondió el jefe indio Sattle. Escuchémoslo, parece hablarle a los que compran pedazos de mapa argentino por chirolas y al neoliberalismo de hoy:

 “¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento? Si nosotros no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlas? Cada brillante mata de pino, cada gota de rocío, y hasta el sonido de cada insecto es sagrado. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo la memoria de los pieles rojas.

 “Los muertos del hombre blanco olvidan su origen cuando emprenden su viaje a las estrellas; nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra madre. Somos de ella y ella es de nosotros. Las flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Peñas, prados, caballo y hombre, todos somos la misma familia.

 “El Gran Jefe de Washington quiere comprar nuestras tierras y nos dice que nos reservará un lugar. ¿Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos? (…) “El agua cristalina de ríos y arroyuelos es la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos nuestra tierra deberán recordar que es sagrada y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también de ustedes. Deben tratarlos con dulzura de hermanos.

 “El hombre blanco es un extraño. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y una vez conquistada él sigue su camino, dejando atrás hasta la tumba de sus padres. Les secuestran la tierra a sus hijos. Tratan a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran y se venden. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.

 “Nuestro modo de vida es diferente. La sola vista de sus ciudades entristece los ojos. No tienen sitio donde escuchar cómo se abren las hojas en primavera, o cómo aletean los insectos. ¿Soy un salvaje que no comprende nada? El ruido insulta nuestros oídos. ¿Para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del gran pájaro ni las discusiones de las ranas?

“El hombre blanco no parece consciente del aire que respira. Nuestras tierras deben conservarse como cosa sagrada. Por ello, si decido aceptar la oferta, yo pondré otra condición: el hombre blanco debe tratar a los animales como a sus hermanos. He visto a miles de búfalos pudriéndose, muertos a tiros por el hombre blanco. ¿Qué sería del hombre sin los animales? Lo que les sucede a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.

 “Enséñenle a sus hijos que la tierra es nuestra madre. Que todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Que cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

 “Esto sabemos: todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. El hombre no tejió la trama de la vida, él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.

 “Ni siquiera el hombre blanco queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos que nuestro Dios es el de todos los hombres.

 “También los blancos se extinguirán, quizá antes que las demás tribus. Contaminen sus aguas y su aire y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja.

 “¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.”

Posdata.   Carta pavorosamente vigente, la del Jefe Indio. La humanidad al espiedo. La patria loteada. Al compás del nuevo neoliberalismo, el infierno ya crepita más acá de nuestras indiferentes narices. Viva la Pepa. Y el Pepe.

        *  zbraceli@gmail.com   =/=   www.rodolfobraceli.com.ar

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