Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

20 años con Soriano

Dos décadas de la muerte de Osvaldo Soriano. La frase recurrente de estos días es: “20 años sin Soriano”. Lo siento: ese título le hace el caldo gordo a la muerte. Yo prefiero titular “20 años con Soriano”. ¿Por qué? Porque sus libros siguen teniendo pulso. “Desgraciadamente” hoy siguen plenamente vigentes.

3/2/2017

Retomo otras columnas mías. El 29 de enero de 1997 era miércoles. Miércoles de mierda. La noticia nos sacudió: “Soriano murió”. En la revista Gente me señalaron para escribir la despedida. Les previne que iba a empezar con una enorme puteada. Y así fue: la puteada me salió del alma al enterarme, esa tarde, que Osvaldo no respiraba más, al menos de esta manera: “La reputamadre ¡quelosremilparió!”   

Reanudo tramos del texto que años después retomé en mi libro “Argentinos en la cornisa”. Por más que uno se haga trampa, no hay cuento posible: lo cierto es que Osvaldo Soriano se murió nomás. ¿Se murió nomás? Si se murió (cosa que está por verse), como diría el Sumo Ciego, eso le pasó por haber nacido. En fin, una vez más: ¿a quién se le ocurre morirse? ¿A quién se le ocurre nacer? Esto viene siendo inexplicable, y no tiene arreglo.

Si es que la muerte se permite ser alevosamente absurda, uno también puede darse ese derecho. Y, desde esa absurdidad, me pongo a hojear sus novelas y sin vueltas converso con hebras textuales del Soriano escritor:

– Osvaldo, contame qué carajo hiciste últimamente, mientras aquí corría la noticia de que te habías mandado a mudar sin retorno?

– Anduve… “anduve más de una hora sin encontrar ni una curva, hasta que divisé el primer árbol al lado de una tranquera”.

– ¿Y cómo va tu ánimo?

– “He sentido pena”.

– ¿Pena por?

– “Pena al ver que caminamos hacia el abismo como vacas ciegas”.

– ¿Y después, qué hiciste?

– He seguido “caminando por el asfalto hasta que me pareció ver unas luces a lo lejos”.

– ¿Y después?

– Después, “el primer resplandor en el horizonte, y por fin pude dormir de un tirón y sin pesadillas”.

– Osvaldo, y al despertar, ¿qué?

– “Caminé unos pasos a oscuras sobre el pastizal, como para darme coraje”.

– ¿Y después?

– “Tropecé, estuve a punto de irme de cabeza, pero atiné a agarrarme de un buzón que tenía la puerta entornada”.

– ¿Un buzón en medio de un pastizal desolado?

– “Un buzón”.

– ¿Algo en el buzón?

– “Prendí el encendedor... una carta”.

– Allí, en el medio de la desolación, ¿carta para quién?

– Para mí. “Abajo de mi nombre sólo había escrito ‘Poste Restante, República Argentina’”.

((Dejo un momento los libros de Soriano y hago pie en un recuerdo. Una noche nos encontramos casualmente en el Paseo La Plaza, de Buenos Aires. Los dos esperábamos al mismo amigo, Miguel Ángel Solá. Nos pusimos a hablar de fútbol y de boxeo y de la patria. Desembocamos en el mismo desconsuelo. Coincidimos en que, al lado de aquella realidad (sucedía la década del Señor de los Anillacos), increíble, desaforada, el “Cambalache” de don Discépolo se estaba volviendo canción de cuna. Coincidimos en que cada día resultaba más difícil inventar algo como escritores, porque la simple novela de la realidad era más fantástica que todas las ficciones. Enseguida estuvimos de acuerdo en que el surrealismo era desnucado a diario en estos parajes. Por eso nuestra única posibilidad de contar la realidad como escritores estaba en el delirio. Delirium patrio. Patria tremens.))

Vuelvo a transitar páginas de sus libros. Laten sus palabras. Le pregunto:

– Osvaldo, vos que has craneado tanto sobre la entretenida patria que nos tocó respirar, ¿qué conclusión tenés a la hora de cruzar el umbral, o dicho en criollo: de mandarte a mudar?

– ¿Conclusión? Ninguna. En todo caso, la misma del coronel José de Moldes, asistente de Manuel Belgrano. Moldes escribió: “Dispersos, emigrados y errantes aún no sabemos la patria que hemos de vivir”.

– A propósito de vivir, ¿por qué carajo te mandaste a mudar? Gordo, ¡te fuiste sin avisar!

– “Hay un momento para retirarse antes de que el espectáculo se vuelva grotesco”. Rodolfo, “cuando uno está en la pista se da cuenta”.

– ¿Y si la gente te aplaude?

– “La gente puede estar aplaudiendo a rabiar pero uno, si es un verdadero artista, sabe”.

((No hay caso. ¿O sí hay caso? Adonde fuere que se haya ido, Soriano está viajando en un viejo auto cien veces armado y desarmado por su padre. Insisto en preguntarle:))

– Se te da por muerto. Así las cosas, gordo, ¿te importaría aclarar algo?

– Sí. “Que a nadie se le ocurra pensar que estoy huyendo”.

((En un país en el que al estreñimiento literario se le llama distanciamiento, Soriano fue, es, un contador con pulso. Se sobrepuso siempre a la tentación de sorprender a sus colegas con la “mecánica” de sus narraciones. Jamás se olvidó de que estaba escribiendo para alguien que lo estaba leyendo con naturalidad. Esto resulta imperdonable en un país donde abundan los héroes del hermetismo, donde sobran los denodados que trabajan febrilmente para ser algo incomprendidos, y para eso le rompen el espinazo a lo lineal haciendo “como que”. No, no faltan quienes lo miran de reojo a Soriano pero, oportunos oportunistas, lo elogian, aunque con cierta conmiseración. Son aquellos que no tienen nada que decir pero lo dicen. Los que trabajan en patotas para ingresar en la historia de la literatura. Pero esa condición de residuos impostados no es lo más grave en ellos. Lo peor es que son excrementos con olor a nada.

Posdata.  Pero qué, ¿nos vamos a poner a polemizar ahora? No le tengamos miedo a la discusión. Si le tocara escribir desde este 2017, para poder empatarle a esta increíble, a esta desnucada realidad, Soriano contaría a esta Argentina a partir del delirio. ¿Acaso no volvería a decir que siente “pena al ver que caminamos hacia el abismo como vacas ciegas”? (Soriano sigue vigente, desgraciadamente.)

*  zbraceli@gmail.com   =/=   www.rodolfobraceli.com.ar

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Rodolfo Braceli