Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Mentiras, Oliverio no murió

Puedo demostrarlo: algunos seres no se mueren con la jodida muerte. Ni porputa entregan rosquete. Oliverio Girondo –dicen los diarios– murió hace 50 años. Pero ¡qué se va a morir! Está meta pulso, meta latido.

27/1/2017

Tan vivo que hasta podemos celebrar su supuesta muerte. Recupero una columna de hace años. Era el enero de 1967, yo trabajaba en Los Andes; Antonio Di Benedetto era mi jefe. Llegó a la redacción y me dijo: “Murió Girondo: tiene dos páginas para la necrológica.” ¿Cómo, una necrológica a Oliverio? Sonaba como herejía. Sobre el pucho le propuse imaginar un reportaje ilusorio a partir del libro “Espantapájaros”. Di Benedetto me soltó la rienda y yo aproveché para delirar con el gran delirante. Así me nació un texto que desarrollé en mi libro “Fuera de contexto” (Galerna, 1991). Todo lo que responde Girondo entrecomillado, es textual, pero locamente sacado de contexto por mí. Comparto fragmentos.

Sacudo su libro “Espantapájaros”. Le doy un patadón al féretro para que Oliverio se despabile. Carraspea, gargajea; le digo:

– Don Oliverio, ¿podemos charlar sobre la vida y sus recovecos?

– “No se me importa un pito. Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas.”

– Usted tiene fama de conversador.

– “Soy políglota y tartamudo”… “Yo no tengo una personalidad… soy un cóctel, una manifestación de personalidades. Mi la personalidad es una especie de forunculosis en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.”

– ¿Puede vivir así?

– “Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan. Para el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa.”

– Me imagino el barullo de sus noches, don Oliverio.

– “Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto sobre el techo de mi ropero.”

– Mejor hablemos de mujeres.

– “Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! –y en esto soy irreductible– no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar!”

– Y del mentado amor ¿qué me dice?

– ¡Todo es amor! “Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor ultramarino. Amor ecuestre. Amor con leche. Amor espermatozoico. Amor desinfectado... Amor y amor ¡y nada más que amor!”

– Usted aborrece la normalidad cotidiana.

– “Lo cotidiano podrá ser una manifestación modesta de lo absurdo, pero, aunque Dios (reencarnado en algún sacamuelas) nos obligara a localizar nuestras esperanzas en los escarbadientes, la vida no dejaría de ser, por eso, una verdadera maravilla”.

– Así lo quería pescar, ¡elogiando a la vida!

– “El sólo hecho de poseer un hígado y dos riñones ¿no justificaría que nos pasáramos dos días aplaudiendo la vida y a nosotros mismos? ¿Y no basta con abrir los ojos y mirar, para convencerse que la realidad es, en realidad, el más auténtico de los milagros?”

– ¿Qué me dice de lo que pasó en esta patria en los años 1976 y siguientes?

– “La depravación de las esferas… la degradación de la geometría... No existe ni una hectárea sobre la superficie de esta tierra que no encubra cuatro docenas de cadáveres.”

– Así es: caminamos sobre un suelo que tapa a una multitud de seres sin sepultura conocida. Ante tanta muerte, ¿qué hacer?

– “Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Inundar las veredas y los paseos... Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños, llorando. Llorarlo todo. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca... Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!”

– Y después de llorar ¿qué?

– “La vida (te lo digo, Rodolfo, por experiencia) es un largo embrutecimiento... La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario…”.

– Oliverio, ¿se puede saber qué trata de ver ahora por el ojo de esa cerradura?

– “Se acarician, se besan, se desnudan... se respiran, se acuestan, se olfatean... se penetran, se chupan, se demudan...”

– Aflójele. Deje de fisgonear.

- “Se tantean, se juntan, desfallecen... se acometen, se enlazan, se entrechocan, se apresan, se dislocan... se perforan, se incrustan, se acribillan... se remachan, se injertan, se atornillan… Se desgarran, se muerden, se asesinan... resucitan, se buscan, se refriegan... se rehuyen, se evaden y se entregan”.

– Le pregunto una estupidez: ¿se siente realizado, Girondo?

– Más o menos. Por “mi ineptitud llego a confundir a un coronel con un termómetro.” Pero, por otro lado, soy un hombre instruido: “aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca”.

– ¿Hay algo que quiso decir antes de su muerte y no dijo?

– “¡Viva el esperma, aunque yo perezca!”

– ¿Qué sentía por la vida, antes, cuando estaba vivo explícitamente, y qué siente ahora, supuestamente muerto?

– Siento “ganas de lamerla constantemente”.

– Don Oliverio, la última: dígame qué pasa después que uno muere. ¿Qué se oye?

– “Si hubiera sospechado lo que se oye después de la muerte, no me suicido.”

– Cuénteme más.

– “Apenas cerramos los ojos para dormir la eternidad, empiezan las discusiones de familia. Ni un conventillo de calabreses mal casados daría una noción de las bataholas que se producen a cada instante… De nada sirve que nos tapemos las orejas. Los comentarios, las risitas irónicas, los cascotes que caen de no se sabe dónde, nos atormentan en tal forma los minutos del día y del insomnio, que nos dan ganas de suicidarnos nuevamente.”.

– Entonces la vida, jodida y todo, tiene sentido.

– “¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!”

*  zbraceli@gmail.com   =/=   www.rodolfobraceli.com.ar

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