Mendoza,

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Rodolfo Braceli

John Berger y la puerca tierra

En pocos días han dejado de respirar varios escritores, de los esenciales: Alberto Laiseca, Andrés Rivera, Ricardo Piglia, John Berger. Los tres primeros, argentinos; el cuarto, británico residente en Francia. A ninguno de los cuatro el nuevo neoliberalismo los va a extrañar ni un poquito así.

13/1/2017


¿En que se parecían los autores de “Los Soria”, de “La revolución es un sueño eterno”, de “Respiración artificial” y de “Puerca tierra”? Se parecían en que estaban comprometidos con la condición humana. No eran escritores intelectualmente impostados. No eran intelectualudos. No eran indiferentes al hambre y al analfabetismo, ni a la analfabetización deliberada. Tampoco eran indiferentes al horror de los efectos colaterales. Eran, los cuatro, de esa raza de escritores que ponen el cuerpo entero al escribir y al leer y al pensar. No, no eran chantas, no “hacían como que”, no se creían ni dioses ni semidioses. No, no eran pavos reales. Escribían de cuajo, desde las tripas del cerebro y del corazón.

A propósito de escribidores “pavos reales”: el lector, la lectora me pedirá apellidos. Si suponen que estoy pensando – por dar un ejemplo de “pavo real”– en sujetos como el exitoso Marcos Aguinis, suponen acertadamente. La partida de Laiseca, de Rivera, de Piglia, de Berger duele más si uno observa alrededor la vigencia mediática de personajes como el autodenominado “filósofo” Kovadloff, o del best seller Aguinis (este último entusiasmado apologista de los misiles inteligentes).

Pero no nos distraigamos con los monicacos. Busquemos los libros de Laiseca, de Rivera, de Piglia y de Berger. Y démonos un baño de entrañable condición humana. Propongo detenernos en John Berger. Hace una semana escribí en Página 12 una contratapa sobre él. Intenté un retrato levemente ficcionado. Con la introducción a esta columna entrego ahora una versión ampliada. Permiso, deseo compartirla:

Berger, el olor del trabajo

Se arremangó, y bajó al mundo de los que hacen el pan y hacen el amor con el mismo sudor. A ese mundo en extinción bajó; más que a mirarlo, se puso a oírlo y a escucharlo, a olerlo; decidió aprender de su intemperie. En esa travesía, desde lo entrañable, descubrió que en el mundo todos somos iguales; pero algunos, menos iguales. Que hay humanos que huelen a trabajo y humanos que no huelen. Antes que eso se dio cuenta de que “el trabajo huele a vinagre”.

En trance de amar Berger se estremeció con la tenaz epopeya de las Madres de Plaza de Mayo. Fotos mediante, viajó por la templanza de sus rostros. Él decía que ante la realidad de los infinitos perdedores de este mundo, arrasado por el capitalismo, “cabría entonces amar a las personas de a una en una.”

Puesto a escuchar, llegó a descubrir que “cuando el hacha entra en el bosque, los árboles dicen: ¡Mira, el mango es uno de los nuestros!”.

Una noche vio a un pastor derrumbado por una trompada; ese pastor, con todo el cielo arriba, supo que las estrellas son indiferentes.

Trajinando los secretos eslabones del vivir aprendió que si se pudiera dar un nombre a cada cosa que sucede, sobrarían las historias, estarían de más. Estaba convencido de que la vida, la vida de aquí abajo, “suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra y entonces hay que relatar una historia.”

Un día John Berger –así se llama el entrañable–, no tuvo la palabra necesaria para lo que su imaginación desataba, y entonces escribió sobre un campesino que estaba en el pajar desnudo de la cintura para arriba; su carne sin sol parecía la de un hombre y la de un niño… Es ese Berger quien ahora nos está contando; escuchémoslo:

“Terminado el ordeño, entró en la cocina… allí la quietud y el silencio eran totales. Sacó una silla de debajo de la mesa, se sentó y se puso a llorar. Con el llanto iba inclinando la cabeza hacia adelante hasta que tocó con la frente el hule. Es extraño cómo los animales reconocen los sonidos del dolor. El perro, levantándose sobre sus patas traseras, apoyó las de adelante sobre la espalda del campesino”.

El hombre, con la frente sobre el hule, “lloró por todo lo que no podía volver a suceder. Lloró por su madre haciendo buñuelos de patatas. Lloró por ella podando los rosales del jardín. Lloró por su padre gritando. Lloró por el trineo que tenía de niño. Lloró por el triángulo de vello entre las piernas de Zuzanne, la maestra. Lloró por el olor de una mujer planchando sábanas. Lloró por el puchero de mermelada en el fogón. Lloró por su granja, en la que no había niños. Lloró por el sonido de la lluvia cayendo sobre las hojas de rubarbo y por su padre vociferando: ¡escucha eso! Lloró por el heno que quedaba por segar todavía. Lloró por los cuarenta y cuatro años que habían pasado, y lloró por él mismo.”

Ese hombre contado por Berger, que vio en unos segundos toda su vida, ese hombre ahora sin padre ni madre, mujer no tenía; sintió que hijos no iba a tener, nunca.

Posdata.

Es posible que cuando Berger enumeraba esos sentimientos narrando el llanto atravesado de lucidez de ese hombre tan desoladamente solo, sin darse cuenta, también él, novelista, tejiendo esa escritura, llorara en voz alta…

Y es posible también que la mujer de Berger anduviera por ahí cerca. Ella lo habrá visto sacudirse, inclinarse hasta apoyar la frente en el teclado de su máquina de escribir; le habrá escuchado el llanto, al escritor… un llanto tan hondo, tan mojado como el de su personaje.

Démoslo por cierto: la mujer del escritor vio lo que vio y escuchó lo que escuchó, entonces tuvo el impulso de correr para abrazarlo a Berger, pero se contuvo; quieta, en silencio, ella se quedó mirándolo y escuchando detrás del umbral.

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