Mendoza,

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Rodolfo Braceli

Reyes, Papá Noel, Papá Trump

Podemos lavarnos las manos, pero no debemos: puestos a elegir, a la hora de escribir la cartita, tendríamos que optar entre Papá Noel o los Reyes Magos. Y aquí reaparece la mentada grieta nacional. La grieta continúa.

6/1/2017

Reanudo reflexiones vertidas en otras celebraciones. Ahora tengo algunos años más que cuando estaba niño, pero mi preferencia no cambió: de las celebraciones que nos suceden entre el fin y comienzo de cada año, prefiero la de los Reyes.

Me sale al paso la eterna discusión: en una vereda, los que afirman que los Reyes Magos existen, y en la otra, los que sostienen que son los padres. Dos opiniones con algo de razón. ¿Acaso los padres de hoy, a la hora de satisfacer los pedidos de los niños (tan devorados por el consumismo) no se ven obligados a volverse magos?

En relación a los Reyes Magos llama la atención cómo el promedio de los argentinos exhibimos una temprana incredulidad. “No existen, son los padres”. Así es que, sacando pecho, sentimos, como nadie en el planeta, que somos adultos. Flor de paradoja: olvidamos que a medida que nos hacemos adultos nos adulteramos.

Sería interesante revisar esta precoz fanfarronada nacional. ¿Por qué tan rápido en nuestra niñez consideramos que a nosotros no nos engaña nadie, y que nadie nos puede meter el perro o estafar? Con esta temprana actitud liquidamos la que tal vez sea la única estafa sana: la estafa de la ilusión.

Démosle otra vuelta de tuerca al asunto; advertiremos que, aunque los argentinos somos precoces en la incredulidad de los Reyes Magos, no somos tan lúcidos como creemos ser. Al contrario, hablando del promedio de nuestra sociedad, podría decirse que somos unos reverendos crédulos. ¿O acaso no vivimos de defraudación en defraudación?

Un poco de memoria, al boleo. Fuimos crédulos de “la plata dulce” en el paraíso sangriento y entregador de Martínez de Hoz. Fuimos crédulos hasta la histeria de la euforia cuando se consumó la des-guerra de Malvinas. Fuimos crédulos del “un peso un dólar”, de la Convertibilidad y crédulos del recurrente Fondo Monetario Internacional cuyas consecuencias pagarán hasta los nietos de nuestros nietos. Fuimos crédulos de la “revolución productiva” y del “síganme, nos los voy a defraudar”. Fuimos crédulos de que ser aburrido garantizaba decencia. Y así sucesivamente.

Evidente: alardeamos de incrédulos, pero somos muy creduludos. Más nos valdría volver a creer en los Reyes Magos. Ellos nos engañan con ternura, a cambio de apenas un puñadito de pasto y una agüita. No nos exigen relaciones carnales, ni nos arrojan a los buitres. 

Papá Noel, ¿quién es?

Es un personaje invernal –lo jura wilkipedia– que “el cristianismo sincretizó con la figura del obispo de origen griego llamado Nicolás”. El tal Nicolás vivió en el siglo IV, en los valles de Licia (hoy Turquía). Venía de padres de suculenta fortuna. Hacia el año 260 la peste liquidó a los padres y Nicolás, con criterio y sensibilidad marxista, empezó a repartir su fortuna entre pobres y sufrientes. De este repartidor generoso viene Papá Noel. La historia era bonita, porque su matriz es la solidaridad. Venía bonita hasta que hacia el año 1931 tuvo que meter la mano la Coca-Cola, también nombrada como Cacacola. Los publicista de esa tremenda bebida adictiva le encargaron al pintor Haddon Sundblom que reinventara  la figura de Santa Claus/Papá Noel “para hacerlo más humano y creíble”. Desde entonces el gordito Noel (que no tiene un caraxus que ver con el comandante del Arca) apareció de rojo y blanco y con barba blanca.

¿Dónde vive el barrigón? Se dice que en el Polo Norte, pero en realidad vive en un cualquier shopping. El desgraciado es en realidad un agente secreto del consumismo. Hay varios países que a Papá Noel lo tienen junado y resisten con otras tradiciones. Por ejemplo en Aragón y en Cataluña, el gordito barbudo es reemplazado por Tió de Nada, o Caga Tió, que es  una especie de tronco mágico al que en los días previos se alimenta con pelas de fruta, sobrantes de comida. El 25 por la tarde a Caga Tió, realmente se lo hace cagar: se lo golpea, duro y parejo, con una vara. Al ser golpeado evacúa los dulce y regalos.

Pero no nos vayamos de este Papá Noel nuestro. El sudoroso barrigón desafina con nuestra realidad. Con su barba y su atuendo está siempre al borde del desmayo por deshidratación. Pero su desajuste con la temperatura ambiente, no es lo peor. Los peor es que se está imponiendo como costumbre familiar sobre la tradición de los Reyes Magos, con la que simpatizamos hasta los agnósticos. Hoy por hoy Papá Noel nos come por las patas; y por los bolsillos. Se ha convertido en un terrible recaudador de magros aguinaldos. El consumismo no tiene nada que ver con la magia: es pura adicción. El consumismo, tampoco cubre cierta necesidad de magia de la niñez. El consumismo lo único que hace es generar desigualdad, ahondar el abismo entre los biencomidos y los paupérrimos, entre los satisfechos y los desgajados de siempre (que cada día son más).

En otras palabras, a la hora de elegir, elijo la ilusión de los cordiales Reyes Magos. De ninguna manera elijo a Papá Noel. Pero ¿por qué este encono?

Porque nos viene del norte, porque nos infecta con los hábitos del Imperio, porque le cae simpático al nuevo neoliberalismo. Es decir, porque nos adultera hasta la médula.

Además, porque Papá Noel es la alegría supeditada al bolsillo. Y a la brecha, real, la convierte en abismo, real.

Posdata.  Un detalle no menor: Papá Noel, aquí, chiva; chiva sin asco. Muy hediondo el hombre. Y otro detalle más, que espeluzna: cualquier día podría ser que Papá Noel se arranque la barba y de pronto nos encontramos con el magnate serial Donald Trump. Madremía.

*  zbraceli@gmail.com   ==   www.rodolfobraceli.com.ar

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