Mendoza,

de
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Rodolfo Braceli

Fidel, ¡hasta dignidad siempre!

Finalmente, Fidel Castro parece que se murió nomás. Llegó a los 90 de su edad sobreviviendo a más de seiscientos atentados de la CIA.

2/12/2016

La desmemoriada prensa capitalista, neoliberal, hoy celebra obscenamente su muerte y justifica su siniestra algarabía descalificándolo porque en sus años de “cruel dictadura” –argumentan– “se vieron gravemente afectadas las libertades”. Caramba.

    Ay, Madremía, con la famosa “libertad”. Y con la recurrente invocación de la “democracia”. Por favor, no nos chupemos más el dedo: no sigamos distrayéndonos con esa descalificación. Aceptando que el argumento sea cierto, también es cierto que Castro consiguió terminar con el analfabetismo en la islita. Y más consiguió: que los servicios de salud fueran gratuitos y para todos, y la educación también.

   Antes de seguir: pregunta para confundidos y confundidores: ¿un desempleado hambriento, sin remedios ni hospital, encima analfabeto, ¿es un ciudadano “libre”, o es un pedazo de esclavo, un poquito de mano de obra rebarata, un pedazo de carne desesperada?

    El caso es que, finalmente, Fidel Castro murió. Muchos seres “derechos y humanos” felices por la noticia. Son los mismos que apostaban al cáncer de Chávez y de Lula. Y mientras tanto claman por “reconciliación”. Los que hoy celebran son los ciento de miles de cubanos nombrados como “gusanos”, habitantes prósperos de Miami. Ellos inclinaron la balanza en la Florida para que el señor Trump fuera consagrado presidente.

    Celebran estos felices caceroleros pero, realmente, ¿Fidel murió? Murió para los hijos del viejo neoliberalismo. Murió, aquí, para los obsecuentes del Imperio norteamericano. Murió para los que, aquí, prefieren vivir colonizados, agachados; murió para los lame anos de aquí, para los siempre dispuestos a bajarse los lienzos en patéticas relaciones carnales sin vaselina.

    Murió, dicen. Pero, ¿no será que Fidel ahora respira de otra manera?

    Como habrá notado el eventual lector y lectora, esta columna no quiere simular “objetividad”. La objetividad, al igual que el “periodismo independiente” es una farsa, una engaña pichanga. Estoy tratando de decir que Fidel, no hay caso, ya no podrá morir. Porque es una prodigiosa leyenda activa. A Fidel lo reverencia esa parte de la humanidad que en su ADN atesora algún vínculo con la palabra dignidad. Justamente por estos días nos ha florecido la palabra dignidad. La dignidad como ética y como ideología. A propósito de Fidel, la dignidad de esa isla islita que por más de medio siglo, a poco más de cien millas, no le bajó la mirada al Imperio que inventó las “guerras preventivas”. Eso es Cuba: sinónimo de dignidad, la capital mundial de la dignidad.

    Los norteamericanos, para justificar invasiones y otras canalladas colaterales, suelen poner la excusa de “la existencia de armas químicas”. Soy del parecer que Cuba, tan chiquita, tan islita, en estas varias décadas de bloqueo impiadoso se convirtió en un nido de bidones defensivos y ofensivos. Es por esos millones de bidones, que el Imperio norteamericano tuvo que tragar saliva y bilis, y bajar la cresta. Se suele acudir a la metáfora de David y Goliat. Pero la metáfora es débil, paupérrima. Cuba, es decir, Fidel, comparativamente es el meñique de ese David que, por décadas, no se bajó de su orgullo. Esos es: por décadas la isla islita debió comer mierda, pero a veces ni eso. Y no aflojó; jamás bajó la mirada.

    La pregunta se cae por madura: ¿cómo es posible que EE. UU. no se haya engullido a la isla islita, como quien en dos bocados se morfa una hamburguesa? ¿Cómo se explica semejante absurdo? Recordemos el año 1989, cuando el Muro se derrumbó, cuando el comunismo y la Unión Soviética estallaron en pedazos. Por entonces, los politólogos, los analistas “independientes” del mundo decían, con fruición, que la Cuba de Fidel, la isla islita, tenía “los días contados”. Y después, “las horas contadas”. Los vaticinios eran augurios, eran expresiones de deseo.

   Pero, damas y caballeros, resulta que se terminó el 1989, y nada. Y vino y pasó el año 1990 y el 1991 y el 1992 y atravesamos el 2000 hasta llegar a este 2016… y nada. La isla islita con Fidel, increíblemente, se mantuvo firme, altiva, bloqueada por los cuatro costados, comiendo mierda (cuando tenía), pero sin bajarle la mirada al prepotente sol imperial.

     ¿De dónde le viene tanta templanza a la isla islita? ¿Será milagro esto? En todo caso estamos ante un milagro terrenal, sembrado. ¿Cuál es la clave de ese milagro que no es milagro? ¿Por qué los yanquis no se la morfaron como a una hamburguesa de McDonald’s? Porque desde hace rato el Imperio se está descociendo. Y se fruncen ante la isla islita. Ellos saben que entre los 11 millones de habitantes hay varios millones que saben leer y por eso están despiertos,  y saben que en sus casas, debajo de sus camas, anidan millones de bidones que atesoran tremendas armas químicas.

    Pero caraxus, pero carajo, ¿qué contienen esos bidones? Debido a Fidel y al Che Guevara y la cubanía, la mitad de esos bidones contienen “dignidad”. ¿Y la otra mitad? Adivinen. La otra mitad contienen “alegría” y “ternura”.

    Posdata. Viejo Fidel, usted ahora anda por ahí. Respirando de otra manera. Por usted varias generaciones tuvimos la fuerte sensación de ser parte de la Historia. Empezamos a aprender, al fin, que la Patria Grande es Matria Grande y es Mapatria grande. Con Cuba adentro.

    Sabemos que no debemos aflojar. Tenemos que seguir anidando bidones de alegría y ternura, y bidones de dignidad debajo de las mismas camas en las que soñamos y hacemos el amor de los amores, a rajacincha.

    Viejo Fidel, agarrados con uñas y dientes, sin soltarnos de la ternura y la alegría, ¡hasta la Dignidad Siempre! 

*  zbraceli@gmail.com   ==   www.rodolfobraceli.com.ar

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