Mendoza,

de
de

 

Rodolfo Braceli

Higuaín: silbatina miserable

Espejo: Qué flor de palabra, qué prodigiosa. Me afano, y otra vez digo: el fútbol es el espejo que mejor nos espeja.

Espeja nuestras mañas, virtudes, defectos, deseos, histerias, trampas; espeja nuestros complejos de superioridad que son de inferioridad; espeja nuestras grandezas y miserias, nuestros miedos, frustraciones y sueños.

   Díganme si hay, sobre la faz de la Tierra, otra herramienta más efectiva que la del futbol para conocer las entretelas de una sociedad y de la condición humana. Por empezar, la nuestra, tan veleidosa ella. Oscilamos entre la euforia y la depresión. Hay muchos, demasiados, que políticamente se comportan con inestabilidad deportiva. No tienen vergüenza. Mudan de parecer como de calzoncillos y de calzones. De la noche a la mañana. Puede observarse en distintos terrenos: en la conveniencia política camaleónica, en episodios extremos como la desguerra de Malvinas, ante los meros resultados de la selección Nacional de Futbol. Esa facilidad para cambiar de careta no es síntoma de evolución, es puro exitismo, es asqueante desmemoria.

   Gonzalo Higuaín, centrofoward de la selección argentina, en el partido con Colombia, muy avanzado el segundo tiempo, entró a reemplazar al compañero que fue titular, Lucas Pratto. Cuando se retiraba de la cancha Pratto fue aplaudido, merecidamente. Al ingresar Higuaín fue silbado. En principio, el relator y el comentarista televisivo no se detuvieron en la silbatina. Pero el cronista de campo, Tití Fernández, consumada la silbatina, apenado y como quien piensa en voz alta dijo: “Qué poca memoria”. Y metió el dedo en una de las llagas de nuestra sociedad: la poca memoria, la desmemoria, porque justamente, en esa a veces alevosa carencia, anida la falta de coherencia de tantos compatriotas, de esta sociedad siempre propensa a entusiasmos que mutan en desconsuelos.

   El hecho de que esto se evidencie en la condición de hincha futbolero no disminuye la jodida (in)conducta. Seguro que las mismas personas replican ese comportamiento en la vida diaria, en la mutación de sus convicciones a la hora de ejercer sus profesiones, a la hora de manifestar sus adhesiones políticas y, yendo algunas décadas hacia atrás, a la hora vivir como ciudadanos un episodio como aquel de la desguerra de Malvinas. Saltan (saltamos) de la euforia triunfalista a la depresión vergonzante, de la noche a la mañana. Y esto el futbol lo espeja, lo descareta, lo desnuda, lo evidencia. (Ojo al piojo, el espejo jamás tiene la culpa. Por favor, no lo rompamos. En todo caso, el espejo mejorará si mejoramos nosotros.)

    Se podrá argumentar que el hincha tiene derecho a la silbatina. Difícil rebatir ese argumento. Así es: el hincha tiene derecho a ese rato de libertad que nos propone el himno. Y no tiene que pedir permiso para ejercerla. Pero, llegado el caso, a esa misma libertad podemos usarla para criticar al hincha. Conozco seres humanos que esta vez adhirieron a la silbatina a Higuaín. Son los mismos seres humanos que no hace mucho llegaron a denostar a Messi por su flojo temperamento (léase, falta de güevos). Son los mismos seres humanos que se sintieron como huérfanos desolados cuando Messi renunció a la selección. Muchos, demasiados, no se merecen a Messi.

  Son los mismos seres humanos que por la diferencia de un gol que produjo la eliminación de Argentina en el Mundial de Corea-Japón del 2002, condenaron a muerte al ejemplar Marcelo Bielsa. Recordemos: a aquel Bielsa, por así decir, se lo fusiló, se lo ahorcó y por las dudas se lo pasó por la silla eléctrica. Después no nos alcanzaban los elogios para divinizar al Bielsa que inventó a una gran selección chilena. No nos merecíamos a Bielsa.

   Este tan extendido comportamiento exitista tiene un enorme caldo de cultivo en la incoherencia, en la veleidosa ética de muchos periodistas estelares, a caballo de los medios de descomunicación. Les basta un penal que se recibe o que se erra para exaltar o para denigrar a un equipo o a un jugador.

    Gonzalo Higuaín viene de una sequía de goles. Y qué. El otro día se pasó de largo y se perdió el gol que sí pudo hacer Di María. Pero eso le ocurre a los grandes goleadores. Por ejemplo, un goleador indiscutido como fue Artime, hay que contabilizar la gran cantidad de goles que se perdía. Pero que el dato estadístico no nos distraiga de lo esencial, que es la desmemoria. Con Higuaín se olvidó la cantidad que sí hizo jugando en la selección. Ahora no los hace. Y qué. Los silbidos podrían justificarse si Higuaín jugara con desgano, a media máquina. Un día de estos Higuaín va a volver con sus goles y hasta puede suceder que los haga en partidos decisivos, en finales. Entonces, los silbadores de hoy aplaudirán como locos, y sin pudor saldrán a la calle y al obelisco ¡a celebrar, carajo! Y, aunque son libres de hacerlo, no merecerán la alegría, no merecerán celebrar.

    Posdata.  Como hinchas, como habitantes, como ciudadanos, a los triunfos y  a las celebraciones tenemos que merecerlos. No podemos ser tan desmemoriados, tan cobardes, impunes, desagradecidos, invertebrados; disculpen, no podemos ser tan miserables. Eso que hacemos hoy con Higuaín y que no hace tanto hicimos con Messi, lo reproducimos en nuestros comportamientos cotidianos. Y nuestra inestabilidad ética se espeja en nuestras instituciones y en la sociedad que somos.

   Aunque el espejo nos duela y nos desasosiegue, no le huyamos el poto a la jeringa. Una vez más, nuestra hondas gracias por los servicios prestados, al prodigioso espejo del fútbol. Y nuestras disculpas al señor Higuaín. Con este abrazo.

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Rodolfo Braceli