Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Martes, 12 de Febrero de 2019

Independencia

El hecho más memorable del Ejército de los Andes conducido por el General José de San Martín, sin dudas también fue un hito fundacionales en la historia de nuestro país: El Cruce de los Andes -iniciado el 6 de enero de 1817 desde Mendoza- que culminó con la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, un día como hoy.

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Martes, 12 de Febrero de 2019 | El hecho más memorable del Ejército de los Andes conducido por el General José de San Martín, sin dudas también fue un hito fundacionales en la historia de nuestro país: El Cruce de los Andes -iniciado el 6 de enero de 1817 desde Mendoza- que culminó con la victoria de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, un día como hoy.

El Ejército de los Andes fue un cuerpo militar de las Provincias Unidas del Río de la Plata y tropas chilenas exiliadas en Mendoza, organizado y dirigido por el entonces Gobernador de Mendoza, cuyo objetivo era afianzar la independencia de las provincias, acabar con la dominación española en Chile, restaurar el gobierno independentista y poner fin al dominio español en el virreinato del Perú.

Mendoza fue muy importante en lograr la salida a la independencia. No sólo porque tuvimos dos representantes, diputados, en el histórico congreso de Tucumán, Tomás Godoy Cruz y Juan Agustín Maza, sino porque fundamentalmente el proyecto de emancipación suscrito por 29 congresales también es resultado de las permanentes demandas del general José de San Martín, gobernador de Cuyo.
Desde Mendoza, San Martín urgió constantemente al Congreso de Tucumán para que, ni bien instalado, procediera sin más trámite a declarar la Independencia. Empezó a insistir meses antes de la inauguración de la famosa asamblea.
Son reveladoras sus cartas al diputado mendocino Tomás Godoy Cruz. En enero le decía: “¿Cuándo empiezan ustedes a reunirse? Por lo más sagrado les suplico, hagan cuantos esfuerzos quepan en lo humano para asegurar nuestra suerte. Mi propósito, se lo comuniqué al Directorio, es ocupar Chile para abrirnos camino hacia el Pacífico y empezar la campaña en Perú. La ofensiva requiere el sustento jurídico de la declaración de la Independencia”, insistía San Martín.
El diputado mendocino le respondía “que la independencia no era soplar y hacer botellas”, a lo que el Libertador le contestó, despejando toda duda: “Yo respondo que mil veces más fácil es hacer la Independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”.
Lo cierto es que San Martín esperaba una declaración de la Independencia porque no quería cruzar los Andes al frente de una fuerza armada insurgente, sino como Comandante del Ejército de una nación libre y soberana.
El 9 de julio de 1816 se produjo al fin el instante solemne en que el secretario del Congreso preguntó a los diputados si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre e independiente de los reyes de España. Todos se incorporaron para responder por aclamación que sí, extendiéndose luego el Acta histórica.
Culminaba así el período que comenzó el 25 de mayo de 1810 quedando el Acta de la Independencia, dentro y fuera del territorio, como la afirmación definitiva de un anhelo madurado.
La fórmula de la declaración de independencia daba pie para abrir la guerra de liberación de todo el subcontinente.
Pronto llegaría, para consolidar la tarea, el Cruce de los Andes, en ese verano de 1817 inició San Martín desde esta tierra la marcha que permitió la independencia de Chile en 1818, de Perú en 1821 y la consolidación de la de nuestra patria.
Hoy que estamos transcurriendo la tercera centuria de nuestro ordenamiento como nación libre tenemos que pensar que acaso la independencia radique para nosotros, argentinos y latinoamericanos, en dar a nuestros pueblos más educación y un instrumental de cultura que les permita distinguir sus propios intereses colectivos, y a la vez manejar una tecnología cada vez más imprescindible.
Los argentinos hoy centramos la idea de la emancipación en la capacidad del país de decidir según sus propios intereses dentro de una razonable convivencia internacional y de una prudente relación con las naciones más poderosas.
Esto parece obvio, pero debe completarse con la posibilidad de que nuestros compatriotas tengan un acceso posible a los bienes físicos y espirituales que hacen a la vida algo digno de vivirse. Dicho de otro modo, que sientan que nuestra condición de país independiente es un valor defendible, que vale la pena serlo.

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