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Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Martes, 8 de Enero de 2019

Memoria

Ayer después de 40 años de silencio, en un testimonio histórico, la viuda de López Rega, María Elena Cisneros, dio detalles de la vida del hombre que terminó sus días preso por el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1989, por los crímenes cometidos por la Triple A.

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José López Rega fue una de las figuras predominantes durante los últimos años de Juan Domingo Perón. Ministro de Bienestar Social y organizador de la Alianza Anticomunista Argentina, “El Brujo” fue la persona más influyente tanto del último gobierno del General como el de su esposa Isabel, que lo sucedió tras su muerte y fue derrocada por la última dictadura militar. Odiado por vastos sectores del peronismo, su figura sigue generando polémica cuando se habla de los años violentos de la década del 70.

Es bueno que su esposa haya salido a hablar del nefasto personaje, porque esto nos ayuda a refrescar la memoria y contarles a las nuevas generaciones las persecuciones, torturas y asesinatos cometidos por el hombre fuerte del gobierno peronista de aquel entonces.
Por ejemplo es válido recordar que en este 2019 se cumplirán 45 años  de aquel 11 de mayo de 1974, cuando el padre Carlos Mugica cumplió con algunas de sus rutinas habituales. A las ocho y cuarto de la noche, después de celebrar misa en la iglesia de San Francisco Solano, en el barrio de Villa Luro, se disponía a subir a su humilde Renault 4-L, cuando un triste personaje, en el que algunos testigos creyeron reconocer al comisario Rodolfo Eduardo Almirón, el jefe de la “Triple A” lopezrreguista, bajó de un auto y le pegó cinco tiros en el abdomen y en el pulmón. El tiro de gracia se lo dio en la espalda.
El sacerdote fue sepultado en el cementerio de Recoleta, hasta que el 9 de octubre de 1999, el cuerpo de Mugica regresó donde seguramente hubiera querido descansar, la villa de Retiro, en  la capilla Cristo Obrero que había construido. El cardenal Bergoglio participó de la ceremonia y reclamó “por los asesinos materiales, por los ideólogos del crimen del padre Carlos y por los silencios cómplices de gran parte de la sociedad y de la Iglesia”.
Carlos Mugica nació en Buenos Aires el 7 de octubre de 1930, en el seno de una familia de clase alta. Su padre, Adolfo Mugica, fue diputado conservador entre 1938 y 1942 y posteriormente, en 1961, ministro de Relaciones Exteriores, durante la presidencia de Arturo Frondizi. Su madre, Carmen Echagüe, pertenecía a una familia de estancieros bonaerenses.
En 1949 comenzó la carrera de derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde cursó sólo dos años. En 1950 viajó a Europa, donde comenzó a madurar su vocación sacerdotal. En marzo de 1952, a los 21 años, ingresó al seminario para iniciar su carrera sacerdotal, y se ordenó como sacerdote en 1959.
Mugica fue un personaje singular, un hombre y sacerdote que luchó por transformar la realidad de los más necesitados de nuestro país, y no le importó exponer su propia vida a cambio de conseguir la paz, la unidad y la justicia social que tanto anhelaba el pueblo en la década del 70. Al estudiar la vida del cura villero, nos damos cuenta de la capacidad que tiene el ser humano para transformar la realidad en la que vivimos; capacidad que muchas veces llevamos dentro y no sacamos a flote, puesto que existen varios factores que pueden incidir para que nosotros cambiemos nuestros rasgos de personalidad. Tal es el caso del padre Carlos, que viendo el contexto social que se vivía en nuestro país cambió esa manera de actuar y de esa forma también sus rasgos de personalidad.
Este inigualable personaje nos dejó una gran enseñanza que nos debería impulsar a todos a salir de realidades ficticias que nos creamos nosotros mismos para encontrarnos con la verdadera realidad y saber vivirla para transformar la sociedad.
Como mejor homenaje quiero cerrar esta columna con una oración que escribió Mugica en 1972, a la que llamó “Meditación en la villa”:
“Señor, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos que parecen tener ochos años tengan trece;
Señor, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro; yo me puedo ir, ellos no;
Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de la que me puedo ir y ellos no;
Señor, perdóname por encender la luz y olvidándome de que ellos no pueden hacerlo;
Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre;
Señor perdóname por decirles: ‘No sólo de pan vive el hombre’, y no luchar con todo para que rescaten su pan;
Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí. Ayúdame.
Señor, sueño con morir por ellos; ayúdame a vivir para ellos.
Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame”.


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