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Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Lunes, 10 de Diciembre de 2018

35 años de democracia

Lunes, 10 de Diciembre de 2018
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Argentina cumple hoy 35 años de vida democrática. El domingo 30 de octubre de 1983 se consumó la restauración democrática con la elección de Raúl Alfonsín como el primer presidente civil, tras siete años de feroz dictadura militar e iniciando un largo camino hacia la normalización institucional el 10 de diciembre de 1983 con la toma de posesión del cargo de presidente constitucional.

Ese 10 de diciembre en que se inicia este ciclo democrático fue elegido por algo fundamental: la celebración del Día Universal de los Derechos Humanos que tiene su origen en 1950. En ese año la Asamblea General de las Naciones Unidas invitó a todos los Estados y organizaciones interesadas a que el 10 de diciembre observaran el Día de los Derechos Humanos. Y en verdad, en estos 35 años de democracia, se ha hecho más que en ningún otro país para llevar a la practica la defensa de los derechos humanos y los juicios y sanciones a quienes los violaron.
Alfonsín buscó asociar la vigencia de la democracia con el bienestar y la prosperidad, para cuya concreción era imprescindible la conformación de una nueva cultura política que permitiera eliminar el faccionalismo que desde 1930 había sido tan disruptivo para el régimen político.

La toma de mando de Alfonsín hace 35 años marco el inicio del más extenso período democrático ininterrumpido de la historia de la República. Muchos de los que llenaron la Plaza de Mayo para acompañar la investidura presidencial de Raúl Alfonsín coreaban la consigna “Por diez años más” como una expresión de deseos, en cierto modo, utópica. Todos se preguntaban, en el fondo, si el nuevo régimen resistiría tanto. El propio Alfonsín, en su discurso ante la Asamblea Legislativa, planteaba el dilema: “La Argentina pudo comprobar hasta qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir a sus gobernantes implicó siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, inmoralidad, decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden. Mucha gente no sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y de la ley, pero ya todos saben lo que significa vivir fuera del marco de la Constitución y de las leyes”, decía el flamante presidente constitucional.

Para los argentinos han sido 35 años agitados, con peligrosos períodos de inestabilidad y con profundas crisis, como la del 2001.

La presidencia de Raúl Alfonsín duró de 1983 a 1989, y tuvo que hacer frente a la reconstrucción de un país destruido por una dictadura militar que había causado muertes, asesinados y desaparecidos, y por una guerra insensata para intentar la recuperación de las islas Malvinas. El líder radical no tuvo los apoyos de todos los que luego dijeron admirarlo y agradecer su protagonismo: más bien tuvo que luchar contra todo tipo de conspiraciones y maniobras desestabilizadoras.

Pero lo más importante es ver hoy cómo se afianza el sistema, y cómo estamos obligados todos los argentinos a seguir luchando para lograr una democracia orgánica que se entienda como un sistema de vida en el que estén integradas la economía, la organización política y la ética social. La persona humana considerada como una totalidad y el fin en todo, tanto en el aspecto individual como en lo social.

Vale hoy recordar algunas de las palabras que Alfonsín pronunció como presidente: “Vamos a asegurar desde hoy la democracia y el respeto por la dignidad del hombre en la tierra argentina. Vienen tiempos duros y difíciles, pero no tengan ni una sola duda: vamos a arrancar, vamos a salir adelante, vamos a tener el país que nos merecemos, y no porque nos gobiernen unos iluminados, sino por esto, por esta unidad del pueblo”, dijo en un vibrante discurso el flamante presidente a la muchedumbre que lo vitoreaba en la emblemática Plaza de Mayo, epicentro de la explosión de alegría popular que recorría el país.

Alfonsín arrancó sus seis años de mandato con un talante conciliador, tratando de proyectarse más como el jefe de un Estado que como el líder de un partido, y de superar vindicaciones y sectarismos arraigados en la política argentina, pero sin olvidar la acción de justicia con las víctimas de la dictadura. El compendio de este espíritu regenerador y moralizador venía a ser la sentencia de “el pueblo unido jamás será vencido”, coreada en la Plaza de Mayo tras finalizar el traspaso de poderes.


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