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Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Miercoles, 5 de Setiembre de 2018

Recordar y meditar

Hace 73 años, EEUU cometió un crimen contra la humanidad, cuando las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron blanco de dos bombas atómicas lanzadas por el país del norte, que causaron enorme devastación y destrucción. En Hiroshima vivían unas 350.000 personas. Se calcula que la bomba que cayó el 6 de agosto de 1945 mató a unas 80.000 personas.

El 9 de agosto de 1945, a solo 72 horas de la masacre de Hiroshima, Estados Unidos volvió a lanzar sobre Japón una bomba nuclear.

Ese 6 de agosto de 1945, cuando una destrozada Alemania nazi ya se había rendido y el fin de la Segunda Guerra Mundial parecía aproximarse, Estados Unidos decidió golpear a Japón con la última incorporación a su arsenal, fruto del llamado Proyecto Manhattan, para acelerar el proceso de rendición. La bomba de uranio “Little Boy” fue lanzada por el avión Enola Gay sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, siendo el primero en ser lanzado sobre una ciudad de la historia.
El entonces presidente estadounidense, Harry Truman, había anunciado a la nación asiática que si no acataban los términos de la Declaración de Potsdam y se rendían, EEUU tomaría medidas radicales: “Si no aceptan nuestros términos, pueden esperar una lluvia de ruina desde el aire, algo nunca visto hasta ahora sobre esta tierra”.
Y Truman cumplió su promesa. A las 11:02, hora de Japón, un destello cegador anunciaba a los habitantes de Nagasaki que habían sido elegidos como campo de prueba para el que en 1945 era el último invento de la tecnología belicista.
Lanzada desde un bombardero estadounidense B-29, la bomba de plutonio apodada “Fat Man” (Hombre gordo, en su traducción al español) estalló a unos 500 metros de altura sobre esa infortunada ciudad, provocando la muerte inmediata de unas 40 mil personas, cifra que se duplicó en unos pocos meses a causa de los efectos de la radiación, las heridas incurables y las nuevas enfermedades.
Fue la culminación del ultrasecreto y millonario Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era el desarrollo de la bomba atómica antes que la Alemania nazi.
Nada justificaba el empleo de un arma de tales características en Nagasaki, habiendo comprobado por vez primera la realidad de sus efectos en Hiroshima, donde ya habían muerto 140 mil personas por la explosión de la bomba “Little Boy”.
Esta controvertida decisión ha sido discutida desde que se diera a conocer. Muchos defienden que el fanatismo japonés les habría hecho luchar hasta el último hombre, haciendo que la guerra se prolongara y causara mayor número de muertos en ambos bandos que el causado por las detonaciones. Además, el mundo vio el terror de la era atómica y lo que podría llegar a causar si no se utilizaba con cuidado, haciendo que se disuadiera el uso de las bombas atómicas en un futuro próximo.
Han surgido numerosas críticas a esta visión. El mismo Dwight Eisenhower, quien fue presidente luego de Truman, argumentó en sus memorias que la bomba había sido innecesaria, y existe cierto consenso de que el país nipón hubiera aceptado rendirse si se le hubiese permitido mantener en su lugar al emperador, una forma de evitar la deshonra nacional.
Actualmente, en la zona del epicentro del bombardeo existe un Parque Memorial de la Paz y un Museo Memorial que homenajea a las víctimas y se ha convertido en un símbolo del tremendo daño que el ser humano puede llegar a causar y la necesidad de que nunca se vuelva a llegar a esos extremos.
Pero las vidas segadas por el ensayo estadounidense no fueron suficientes para detener la carrera atómica en la que se ha sumido la humanidad. Desde entonces no sólo ha aumentado el número de países que poseen armas nucleares, sino que también crece el interés por desarrollar aún más estas mortíferas tecnologías.
Paradójicamente, la desaparición del mundo bipolar no acabó con el peligro de confrontación nuclear. No permitamos que Hiroshima y Nagasaki se repita. Sobre todo hoy, que también debemos valorar lo que sucederá en nuestro planeta globalizado en un futuro próximo: cómo podrían escapar los seres humanos de la ignorancia, la carencia de recursos elementales para alimentarse, salud, educación, vivienda, empleo decoroso, seguridad y remuneración justa.
Si meditar sobre esto sirve de algo, será para garantizar en realidad la supremacía del ser humano.


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