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Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Martes, 31 de Julio de 2018

Un futuro más humano

La cuestión migratoria que arrecia fuerte en estos meses prácticamente en todos los países occidentales ilustra bien el concepto de por qué la consagración de Francia como campeón en el Mundial de Rusia representó una victoria para África y los inmigrantes en todas partes.

El éxito del equipo galo fue más llamativo por el sentimiento antiinmigrante, especialmente contra los de origen africano, que ha caracterizado a la sociedad francesa en las últimas dos décadas.

Para muchos son héroes en las canchas del Mundial y villanos en las calles.
Mientras que en Europa el discurso xenófobo y racista triunfa en las elecciones y gana adeptos en las calles, los inmigrantes o sus hijos hicieron que muchos equipos brillaran en Rusia. El fútbol sacó provecho de lo que en la política se rechaza.
El Mundial de fútbol fue dejando de ser un torneo entre selecciones nacionales, si entendemos que lo nacional es lo opuesto a lo extranjero. Los flujos migratorios, la globalización y el avance de la lucha en contra del racismo y en favor de la tolerancia han generado que los equipos nacionales sean, cada vez con mayor notoriedad, equipos multinacionales, verdaderos puntos de encuentro de culturas, religiones y visiones que existen dentro de un mismo país.
El Estado-nación es un invento de Europa, como las reglas del fútbol moderno. Ambos se crearon en el mismo siglo, el XIX, y no es casual que, hasta hoy, el nacimiento de un Estado vaya acompañado no sólo de la necesidad de contar con una bandera, un himno, un escudo y una fuerza pública uniformada, sino también de un equipo de fútbol y una delegación para los Juegos Olímpicos. Los países buscan siempre afiliarse antes a la FIFA que a la ONU. En el Mundial quedó en evidencia que los equipos nacionales con más jugadores originarios de la inmigración son los europeos. Sí, es la misma Europa en donde paradójicamente el tema de la inmigración ha generado un interminable y áspero debate sobre la seguridad interna y el descalabro de la economía, mientras el mar Mediterráneo se llena de cadáveres de personas que huyen de sus Estados fallidos.
Las selecciones finalistas reunieron más de 30 futbolistas con doble nacionalidad. En el combinado campeón, de los 23 jugadores que lo conforman, 16 tienen un padre que nació fuera del país, y otros dos nacieron en las islas del Caribe francés, que se consideran parte de Francia.
La selección de Bélgica tuvo 11 jugadores con al menos una figura paterna inmigrante, como los futbolistas Romelu Lukaku y Vincent Company, con padres de origen congolés. Mientras que los ingleses cuentan con seis jugadores que tienen al menos un progenitor que emigró a Reino Unido; además de Raheem Sterling, quien nació en Jamaica.
Pero ser hijo de inmigrante y estar en una selección europea no ha sido fácil para todos los jugadores de doble nacionalidad. Lukaku, en un artículo para The Players Tribune, dijo que “cuando las cosas iban bien, leía artículos en el periódico y me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga”, pero “cuando las cosas no iban bien, me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga de origen congoleño”, expresiones en las que se denota el racismo.
En resumen, los campeones del Mundial nos recuerdan a todos que en una era de globalización, la diversidad racial y étnica representa una fortaleza a todos los niveles de la sociedad, que construyen puentes culturales y políticos dentro y entre países, naciones-estado y vecindarios.
Para millones de fanáticos del fútbol de todo el mundo, África, en efecto, ¡ganó la Copa del Mundo! Esto es más que sólo una ilusión. La composición del equipo francés representa una poderosa respuesta contra la construcción de muros y centros de detención, para detener y deshumanizar a las poblaciones inmigrantes.
El equipo de Francia de la Copa Mundial demuestra a todos cómo la inmigración, en el mejor de los casos, tiene la llave de un futuro más humano y liberado para todos los habitantes del mundo.


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