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Roberto Suarez rsuarez@jornadaonline.com.ar Miercoles, 28 de Febrero de 2018

Se llama inflación

Como todos los años en la Argentina se está planteando el gran problema nacional: la puja distributiva. Que no es más que los esfuerzos de todos los afectados por la inflación para recuperar su poder adquisitivo tratando de aumentar también los precios o salarios de los que dependen sus ingresos.

El proceso inflacionario implica, para los comerciantes, costos reales para actualizar los precios. El incremento continuo del nivel general de precios tiene efectos redistributivos a favor de los deudores, en la puja distributiva los asalariados y todos aquellos que dependan de ingresos nominales fijos verán disminuir sus ingresos reales.  La inflación también ocasiona costos para el fisco debido al retardo que existe entre el momento en que se realizan los gastos y el cobro de los impuestos.

“Aquí el tema central es bajar la inflación. Sin dudas que está costando encontrarle la vuelta para tener una inflación más baja, aunque sea que se ubique dentro de las proyecciones que hemos realizado”, admite una fuente oficial.

Por eso es que en Finanzas observan que por ahora será muy difícil que el Banco Central baje la tasa de interés. Resaltan que febrero, marzo y parte de abril van a ser complicados para el aumento del costo de vida por el incremento de los precios regulados y el inicio del año lectivo.

Los salarios no son la causa de la inflación. Pero en un contexto de expectativas inflacionarias que se suma a un descontrol fiscal, reclamos desmedidos en las paritarias impulsan la suba de precios. Ningún gremio reclama alzas menores al 23%.

Por otro lado la alta inflación lleva a la gente a comprar dólares para ahorrar. Y fundamentalmente cuando se la relaciona a los salarios.

La relación dólar-salario desaparece si la moneda local es la de referencia, como ocurre en Brasil o en Chile, donde al ser baja la inflación, la gente ahorra en reales y pesos chilenos. La cultura dolarizadora en la Argentina destruye esa opción.

Pero lo cierto es que la cuestión inflacionaria está siempre en el centro de la escena. Es una discusión que todavía no tiene respuestas contundentes. Es un proceso que aparentemente no entorpecía el corto plazo, pero que llegó a convertirse en un dolor de cabeza en el largo plazo.

Es importante entender que para acotar la inflación sin lacerar el crecimiento se necesita política económica de sintonía fina. Es decir una estrategia coherente y creíble que ataque las causas y modere las expectativas.

En un momento como el actual, insistimos, como lo hemos hecho en otras ocasiones, sería particularmente útil contar con un consejo económico y social, en cuyo seno el Gobierno concertara con los actores privados, del trabajo y la empresa, una estrategia de crecimiento con equidad y estabilidad razonable de precios. Sería particularmente útil para el tratamiento de los temas sectoriales en el marco del desarrollo económico del país y su vinculación con el orden mundial.

No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. El refrán, nacido de la profunda experiencia popular, hace justicia a la usual estrategia del gobierno para enfrentar las contrariedades de la vida cotidiana que ponen en jaque su discurso de estabilidad y desarrollo. Así el más palpable de los problemas que sufren los argentinos se escurre, preocupante, hacia sus bolsillos. Esa incómoda verdad, más allá de la batalla semántica, tiene un único nombre. Se llama inflación.

 

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