Mendoza,

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Roberto Suarez

Ética Pública

El Gobierno ultima los detalles de una nueva Ley de Ética Pública con el objetivo de normativizar un sistemático control de los funcionarios y sus familias, y de gremialistas, jueces y legisladores en el manejo de fondos.

9/1/2018

También, para regular la transparencia de sus declaraciones de bienes y detectar los eventuales conflictos de intereses para evitar las crisis políticas que pongan en duda una de las marcas que Cambiemos busca instalar como identitaria: la transparencia.

Entre sus puntos principales se destaca el control al patrimonio de los sindicalistas. En este sentido, el artículo 73 dispone que “quienes integren los cuerpos colegiados que dirijan y administren las obras sociales, serán sujetos obligados a presentar Declaración Jurada Patrimonial y de Intereses en los términos de la Ley de Integridad Pública, como requisito de permanencia en el cargo”.

Nada tendría que estar más claro en el ejercicio de la política que el concepto de ética, sus límites, las obligaciones que acarrea y, sin embargo, nada parece más difuso en la realidad. Lo vemos casi a diario, con ejemplos repetidos de comportamientos de dirigentes políticos que, nada más conocerse, provocan dos sensaciones contrarias. Muchos ciudadanos se sienten escandalizados y, por contraposición, los dirigentes políticos afectados, y sus organizaciones respectivas, se ven a sí mismos como dignos ejemplos de la ética política. Como si unos y otros avanzaran por el mismo sendero, pero en direcciones opuestas. Y cada vez más lejos de encontrarse, más lejos unos de otros.

En la antigua Grecia, y luego en Roma, no existía en los filósofos otra exigencia más sobresaliente que la ética para el ejercicio de un cargo público, para el gobierno de un pueblo. “Los que gobiernan un Estado no tienen mejor medio para ganarse fácilmente la benevolencia de la multitud que la moderación y el desinterés” de la riqueza, de los privilegios o de los favores, aconsejaba Cicerón a los políticos en su tratado sobre los deberes. A la inversa, para ganarse la antipatía y la desconfianza de la sociedad, sólo es necesario mostrar crispación, sectarismo y una retahíla continua de casos de corrupción. Si la clase política en su conjunto no es capaz de reflexionar seriamente sobre la gravedad de lo que está ocurriendo en su entorno, no habrá de sorprendernos que la calidad de la democracia se deteriore tanto que, algún día, nos parezca irreconocible tras unas elecciones.

Hay que tratar de lograr lo que planteaba Platón en su famosa obra “La República”: que la política no degenere en intrigas, en corrupción y en arbitrariedades. Platón sostuvo que para que eso no pasara se debe proceder con principios éticos fundamentales, que obligan al político a ser justo y a tener como verdadera motivación el bien común de sus súbditos.

Esta nueva Ley de Ética Pública debe mejorar el sistema, para lograr una democracia orgánica que se entienda como un sistema de vida en el que estén integradas la economía, la organización política y la ética social. La persona humana considerada como una totalidad y el fin en todo, tanto en el aspecto individual como en lo social.

 

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