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Roberto Suarez

Conexiones

Como escribió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, estamos en la era líquida donde todo se desplaza, fluye, cambia y nada se ata al tiempo ni al espacio —una cualidad física de los líquidos—, al contrario de la antigua era sólida, cuando se valoraba lo que ocupaba su lugar físico y permanecía más o menos igual a sí mismo a pesar del paso del tiempo.

8/11/2017

Zygmunt Bauman, fallecido a los 91 años de edad el 7 de enero pasado, se había convertido durante las últimas décadas en algo parecido a una estrella pop de la sociología. Lo requerían en debates por todo el mundo. E incluso en festivales de música y cultura alternativa dirigidos a los más jóvenes. Y él acudía.

Era un sociólogo de referencia, el que había acuñado los conceptos de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el actual momento de la historia en el que las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo y el matrimonio para toda la vida, se han desvanecido. Y han dado paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador. Un mundo que Bauman supo explicar como pocos.

“Amor líquido” es un concepto acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, para describir el tipo de relaciones interpersonales que se desarrollan en la posmodernidad. Éstas, según el autor, están caracterizadas por la falta de solidez, y por una tendencia a ser cada vez más fugaces, superficiales, etéreas y con menor compromiso. Aunque el concepto suela usarse para las relaciones basadas en el amor romántico, Bauman también desarrolla el concepto para hablar en general de la liquidez del amor al prójimo.

Bauman explica cómo en las sociedades del capitalismo avanzado aparecen algunas tendencias que afectan a cómo se entienden las relaciones personales. La tendencia al individualismo hace ver las relaciones fuertes como un peligro para los valores de autonomía personal. A esto se une la generalización de la ideología consumista, que provoca la mercantilización de varios ámbitos de la vida. En este sentido el resto de personas empiezan a verse como mercancías para satisfacer alguna necesidad, y el amor se convierte en una suerte de consumo mutuo guiado por la racionalidad economicista donde el ethos económico invade las relaciones personales.

En este contexto los vínculos afectivos estables se convierten en una hipoteca. La idea del matrimonio, el hasta que la muerte nos separe, deviene un plazo no asumible en una sociedad marcada por el eterno presente y el usar y tirar de la sociedad de consumo.

Vivir juntos –por ejemplo— adquiere el atractivo del que carecen los vínculos de afinidad. Sus intenciones son modestas, no se hacen promesas, y las declaraciones, cuando existen, no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas. Casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Uno pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, hay una hipoteca menor para pagar, y el plazo del pago es menos desalentador.

Las relaciones por internet se convierten en el modelo que se exporta al resto de relaciones de la vida real. De hecho más que relaciones se buscan conexiones, ya que estas no necesitan de implicación ni profundidad, en las conexiones cada uno decide cuando y como conectarse, y siempre puede pulsar la Tecla suprimir.

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