Mendoza,

de
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Roberto Suarez

Ícono universal

Este 9 de octubre millones de habitantes del mundo ubican su memoria en Bolivia en la aldea de La Higuera, mientras que cientos de personas están ocupando carpitas móviles frente a la pequeña escuela donde hace 50 años la historia permutó a leyenda al argentino Ernesto Guevara, el “Che”.

9/10/2017

La Higuera es un remoto caserío del sureste de Bolivia donde en el mediodía del 9 de octubre de 1967, el sargento Mario Terán le dio el tiro de gracia a Ernesto Guevara, luego de hacerlo prisionero un día antes en la Quebrada del Yuro. Hacía más de un año que el revolucionario argentino-cubano había llegado a Bolivia para intentar desarrollar un grupo insurgente para lanzar una “revolución continental”.

La visita de estas personas también es a un mausoleo en Vallegrande, levantado en el lugar donde los restos del combatiente estuvieron enterrados ocultos durante treinta años, hasta que fueron exhumados en 1997 para ser trasladados a Cuba.

También en este mes de octubre, el 17, se cumplirán 20 años de cuando los restos del Che llegaron a Santa Clara ante una enorme multitud, conmovida pero orgullosa de atesorar para siempre al Comandante Che Guevara en esa tierra. Lo sentían:

 “Quemando la brisa con soles de primavera”, como le cantó el poeta Carlos Puebla.

Desde la llegada de sus restos hasta estos días millones de cubanos y extranjeros le han rendido tributo, en su imponente tumba en Santa Clara.

Médico de profesión, curioso por naturaleza, de ideología marxista y preocupado por las problemáticas sociales, Ernesto Guevara había nacido 14 de junio de 1928 en Rosario, hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna.

Luego de recibirse recorrió Latinoamérica. En Guatemala conoce a la economista y exiliada peruana Hilda Gadea y traba amistad con un grupo de cubanos, entre ellos Ñico López, que lo bautiza “Che”.

En 1954, luego del derrocamiento del gobierno democrático de Jacobo Arbenz, Guevara partió a México. Al año siguiente conoció a Fidel Castro y decidió sumarse a su lucha contra Fulgencio Batista.

Con Castro a la cabeza, el grupo de 82 guerrilleros partió hacia Cuba sobre el legendario Granma el 25 de noviembre de 1956. Desembarcaron el 2 de diciembre.

Prácticamente un año les llevó a los rebeldes tomar el poder en la isla. Una de las batallas clave fue la toma de Santa Clara por parte del grupo guerrillero liderado por el propio Che, entre el 29 y 31 de diciembre de 1958. El 1 de enero del año siguiente, Batista se exilia de Cuba y triunfa la revolución.

Allí comenzaba el mito Ernesto Guevara, que pasó a la historia como el Che.

Él decía: “Podrán morir las personas, pero jamás sus ideas”, y en este caso tampoco su imagen, que se convirtió en un icono universal, considerado por la BBC News como la imagen más reproducida, reciclada y explotada en dos siglos, presente en remeras, gorras, pósters, tatuajes.

Jim Fitzpatrick, artista irlandés, es el autor de la famosa imagen, una impresión en serigrafía en colores rojo y negro, donde el Che Guevara aparece con la reconocida boina de soldado con una estrella al centro, que está basada en una fotografía tomada por Alberto Korda el 5 de marzo de 1960, durante un funeral para honrar a 80 cubanos muertos en la explosión de un carguero francés.

Pasaron 50 años de su muerte y esa imagen sigue viva.

Se ha escrito mucho sobre él, a favor y en contra. Yo me quedo con el Che que supo describir Ezequiel Martínez Estrada: “Un político, un dirigente, un hombre (joven además) sincero, llano, transparente, con capacidad de entrega y una gran seguridad, un hombre que vivía como pensaba”.

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