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Roberto Suarez

Adiós a las armas

Al ver el saldo de la Masacre en Las Vegas, la peor matanza en Estados Unidos desde el 11-S, recordamos, como ya lo hicimos en estas páginas en ocasiones anteriores, a su gran escritor Ernest Hemingway, y una de sus novelas más brillantes “Adiós a las Armas”.

3/10/2017

La novela, llevada al cine, narra una historia de amor entre el soldado joven e idealista llamado Frederick Henry con la enfermera Catherine Barkley en la Italia de la Primera Guerra Mundial. La novela es en su mayor parte autobiográfica. Ernest Hemingway vivió realmente muchas de las escenas de la obra, que además lleva al protagonista a tener problemas para alejarse de las armas.

Lo de estos días en Las Vegas reabrió el debate sobre la tenencia de armas en Estados Unidos, aunque resulta poco probable un cambio al respecto.

Desde que Adam Lanza, de 20 años, mató a su madre y luego se dirigió a la escuela para perpetrar la matanza antes de suicidarse, surgieron numerosas peticiones para que la Casa Blanca encabezara un nuevo intento por controlar la venta de armas en este país.

Se calcula que en Estados Unidos hay alrededor de 300 millones de armas de fuego en manos de civiles. La Segunda Enmienda de la Constitución les da el derecho de adquirirlas legalmente. Organizaciones como la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) lo consideran una misión “sagrada y patriótica”. Ese poderoso lobby impide que en el Congreso avancen propuestas como la de Dianne Feinstein, que presentó al Congreso un proyecto de ley para prohibir las armas de asalto.

Hay que agregar que más de 73 mil pacientes fueron atendidos en salas de urgencia en los últimos dos años por causa de lesiones con arma de fuego, según un cálculo de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos.

El mundo mira azorado y en esa nación oficialmente explican que la serie de muertes de este tipo, se debe a lo que describen como un caso de psicopatología individual. Aquel Adam Lanza no solo era un hombre violento, era un loco. Entonces, habría que añadir al debate una interrogante: ¿por qué esa sociedad produce locos en serie?

Hoy se trata de Stephen Paddock, de 64 años, el autor de la masacre de Las Vegas, ataque que dejó decenas de víctimas y cientos de heridos en un festival de música,

El diario The Sun habla del tirador como un “maniático de las armas”. En la habitación del hotel desde donde disparo había dispuesto dos plataformas para optimizar el punto de tiro. El asesino portaba un rifle semiautomático que permite disparar ráfagas de balas sin volver a cargar. Un arma de guerra. Los investigadores han encontrado un hilo invisible que unía el pasado con el presente. El padre de Stephen Paddock, el tirador de Las Vegas que mató a 59 personas, también fue un criminal.

La memoria nos lleva tiempo atrás cuando cerca del campus de la universidad A&M de Texas tres personas murieron incluido el agresor. El incidente se produjo dos semanas después del tiroteo en el que murieron 12 personas y otras 58 resultaron heridas en una sala de cine de Colorado, y dos días antes de que un hombre se declarara culpable de matar a seis personas y causar heridas a otras 13, entre estas a la entonces representante Gabrielle Giffords, en Tucson, Arizona, el año pasado.

Más atrás, tenemos los ejemplos del 16 de abril del 2007, cuando el estudiante sudcoreano Cho Seung Hui, de 23 años, se suicidó tras matar a 32 personas, dos de ellas en una residencia de estudiantes y las otras 30 en la Universidad Técnica de Virginia. Y un año más tarde, siete personas murieron, incluyendo al agresor que se suicidó, al abrir fuego un estudiante en el salón de conferencias de la Universidad del Norte de Illinois.

En 2015, murieron 469 personas en Estados Unidos en tiroteos masivos, según Mass Shooting Tracker, en el 2014 fueron 606, entre ellas, las 49 personas que asesinó en la disco gay Pulse, en Orlando, Omar Marteen, en un ataque reivindicado por Estado Islámico.

Si a esto le agregamos la actitud beligerante de la política internacional del gobierno de los EE.UU., sin dudas que estamos seguros en afirmar que es el país más violento del mundo. Los gobiernos de esa nación han legitimado la violencia como método para alcanzar sus objetivos.

Apoyado en la campaña electoral por la mayor organización estadounidense defensora del derecho a poseer armas de fuego, la National Rifle Association (NRA), Donald Trump siempre fue un feroz defensor de la Segunda Enmienda de la Constitución, objeto de ásperas discusiones sobre su interpretación, que estipula que no se puede atentar contra “el derecho del pueblo a tener y portar armas”.

Por eso, el director de cine Michael Moore escribió en su cuenta en Twitter que, para honrar a los muertos, no basta con exigir “una reglamentación estricta de las armas” sino “el final de la violencia como programa de política pública”.

El estado de guerra permanente en la psiquis norteamericana, gobiernos ciber-guerreros y, por supuesto, una población que presenta una imagen de sociedad como una jungla, que no sabe en qué aula de escuela o universidad, en que sala de cine, en que templo o en que recital al aire libre, encontrara la muerte que su nación alienta.

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