Mendoza,

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Roberto Suarez

El Peruano Parlanchín

El lunes pasado se cumplieron siete años de la desaparición de uno de los grandes maestros del periodismo y la comunicación latinoamericana: Hugo Tomás Tiburcio Adelmar Guerrero de Ávila Marthineitz. Más conocido como Hugo Guerrero Marthineitz

23/8/2017

“A veces duermo en la calle”, había declarado en una entrevista meses atrás antes de morir.

En julio Guerrero Marthineitz había sido ingresado en un neuropsiquiátrico de Buenos Aires. Al mes falleció en el Hospital de Clínicas tras sufrir un ataque cardiorrespiratorio. Según se supo, en la madrugada de ese día comenzó a sentir fuertes dolores en el pecho y luego se descompensó, motivo por el cual fue trasladado al Hospital.

Sus últimos años lo llenaron de dolor, los medios le dieron la espalda y la pobreza extrema lo desgastó como persona.

Murió como muchos grandes, solo, en la miseria, y apenado por la ingratitud de muchos de sus colegas, incluso algunos que jamás le pagaron sus deudas. Una enorme pérdida para el periodismo en general y para la sociedad toda. Se fue el gran Negro, ya antes silenciado, en momentos en que nos alarmaba en el país la llamada “televisión basura”. Este estilo aún es moda hoy, en el medio actual que muestra la decadencia generalizada y la falta de creatividad e innovación por parte de las productoras que inundan las tardes y noches con programas vacíos, carentes de forma, y con contenidos que desprecian al medio televisivo, como si lo que idealiza este tipo de programación no tuvieran nada que ver con el medio, sin importar qué tan abajo puede caer su imagen.

Recordar a Hugo por su brillante paso por la radio y la televisión es un ejercicio muy sano, para darnos cuenta de que la modernidad y la tecnología avanza en los medios, pero a la par también lo hace la mediocridad. El gran maestro de los medios fue el “Peruano Parlanchín”, era un avanzado. El primero en sacar la opinión al aire de los oyentes (esto le valió un juicio, en el cual fue defendido por Rodolfo Terragno, el único orador al despedirse sus restos en la Chacarita). Fue pionero en leer poemas y cuentos literarios al aire o entrevistar en plena tarde durante dos horas a Jorge Luis Borges. Y el enorme respeto que le otorgaba al entrevistado en aquel memorable ciclo televisivo “A solas” en el que hacía entrevistas en un tono intimista.

Voz grave, de dicción envidiable, carcajada explosiva y elocuentes silencios, Hugo Guerrero Marthineitz marcó a la radiofonía y también a la TV argentina.

Guerrero Marthineitz trabajó en el periodismo argentino por más de 50 años, su voz y su talento fueron referentes y luz de inspiración para muchos que vimos en su particular manera de contar y de vivir un ejemplo a seguir. Sus interminables silencios fueron llenados por la imaginación de radioescuchas y televidentes que pusieron su atención al servicio de un comunicador que todos vamos a recordar.

Nacido en Lima, comenzó a trabajar en Perú y, luego, pasó a Chile y Uruguay, pero el gran reconocimiento lo consiguió en la Argentina, donde dejó su huella con ciclos como “El club de los discómanos”, “Splendid Show”, “El show del minuto” y el mencionado “A solas”. En 1987, fue distinguido con el Premio Konex de Platino Radial; en 2007, con el Premio Éter a la trayectoria. En 1976, publicó su primer libro de “Hastío, los gatos y los días” , y veinte años más tarde, “Pasto de sueños”.

Qué bueno sería que muchos jóvenes pudieran escuchar sus grabaciones o rescatar en YouTube sus videos para saber los que es la verdadera comunicación, protagonizada por un grande de la historia de los medios argentinos.

Hace unos años, un poco antes de que Hugo entrara en la recta solitaria y final, cenando en un restaurant de Buenos Aires se encontró con un amigo, Beto Moscardi, quien me lo puso al teléfono para saludarlo. Todavía tengo su hermosa voz en el recuerdo cuando me dijo: “Hola, Roberto, ¿tienes un trabajo en radio para mí en Mendoza?”. Le contesté: “Claro que sí, maestro, venga para acá que algo vamos a hacer”. Pero me contestó:

“Gracias, pero por ahora me la estoy rebuscando, se me ocurrió ir a domicilios particulares a leer y a conversar con familias o individuos, a cambio de lo que ellos crean pertinente. Es como un programa de radio personal, en el que hablamos de lo que surja o lo que me pidan. Al final, me dan lo que pueden… 50, 100 o 200 pesos”.

Así de triste fue el final de una carrera brillante, quizá del más grande. Me gusta recordarlo siempre como ejemplo de profesión y talento, y nunca dejo de contar a los jóvenes colegas algunas anécdotas del Negro, como esta:

Un día en pleno Proceso, en 1982, leyó un comunicado del Ejército: “Joven argentino, si tienes entre 18 y 20 años, inscríbete en la Escuela Nacional del Ejército Argentino, que puedes ocupar el cargo más alto y llegar a general”. Y él le agregó: “Je, de discretos que son no te dicen que puedes llegar a ser presidente de facto”. Fue en pleno proceso militar. Tac. Adiós al programa, se quedó sin trabajo.

 

 

 

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