Mendoza,

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Roberto Suarez

Un mundo en peligro

En su inmensa mayoría la opinión pública conoce bastante sobre el nuevo riesgo bélico que está a sus puertas, tras decidir la ONU subir la presión contra Kim Jong-Un.

9/8/2017

El Consejo de Seguridad adoptó por unanimidad la imposición de sanciones más duras sobre Corea del Norte por la escalada de sus ambiciones nucleares, después de unos ensayos balísticos que han llenado de inquietud a la comunidad internacional.

La propuesta, promovida por Estados Unidos, contempla el bloqueo a exportaciones de algunos productos por valor de 1.000 millones de dólares anuales.

La respuesta coreana fue inmediata: “El día en que Estados Unidos se atreva a agobiar a nuestra nación con sanciones o armas nucleares, el territorio estadounidense se hundirá en un inimaginable mar de fuego”, y urgió a “Washington a descartar totalmente su política hostil hacia Pyongyang”. Ayer, Estados Unidos fue más allá. Trump amenazó a Corea del Norte: “Se encontrarán con una furia y un fuego que el mundo jamás ha visto”.

Y esto pasa en un mes de agosto que nos lleva a recordar uno de los hechos más degradantes de la humanidad.

El 9 de agosto de 1945,  un día como hoy hace 72 años, Estados Unidos volvió a lanzar sobre Japón una bomba nuclear.

El entonces presidente estadounidense, Harry Truman, había anunciado a la nación asiática que si no acataban los términos de la Declaración de Potsdam y se rendían, EEUU tomaría medidas radicales: “Si no aceptan nuestros términos, pueden esperar una lluvia de ruina desde el aire, algo nunca visto hasta ahora sobre esta tierra”.

Y Truman cumplió su promesa. A las 11:02, hora de Japón, un destello cegador anunciaba a los habitantes de Nagasaki que habían sido elegidos como campo de prueba para el que en 1945 era el último invento de la tecnología belicista.

Lanzada desde un bombardero estadounidense B-29, la bomba de plutonio apodada “Fat Man” (hombre gordo, en su traducción al español) estalló a unos 500 metros de altura sobre esa infortunada ciudad, y provocó la muerte inmediata de unas 40 mil personas, cifra que se duplicó en unos pocos meses a causa de los efectos de la radiación, las heridas incurables y las nuevas enfermedades.

Fue la culminación del ultrasecreto y millonario Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era el desarrollo de la bomba atómica antes que la Alemania nazi.

Nada justificaba el empleo de un arma de tales características en Nagasaki, habiendo comprobado por vez primera la realidad de sus efectos en Hiroshima, donde ya habían muerto 140 mil personas por la explosión de la bomba denominada “Little Boy” (niño pequeño).

El Papa opinaba hace poco que “estamos en la Tercera Guerra Mundial, pero a trozos, en capítulos”, y señaló que debería “espantar” el nivel de crueldad al que llegó la humanidad. Hoy existe realmente la posibilidad de un estallido nuclear  cuando se recuerda que hace  72 años EEUU cometió un crimen contra la humanidad.

Las vidas segadas por el ensayo estadounidense no fueron suficientes para detener la carrera atómica en la que se ha sumido la humanidad. Desde entonces no sólo ha aumentado el número de países que poseen armas nucleares, sino que también crece el interés por desarrollar aún más estas mortíferas tecnologías.

Paradójicamente, la desaparición del mundo bipolar no acabó con el peligro de confrontación nuclear. No permitamos que Hiroshima y Nagasaki se vuelvan a repetir. Sobre todo hoy, también debemos valorar lo que sucederá en nuestro planeta globalizado en un futuro próximo: cómo podrían escapar los seres humanos de la ignorancia, la carencia de recursos elementales para alimento, salud, educación, vivienda, empleo decoroso, y seguridad.

Si meditar sobre esto sirve de algo, será para garantizar en realidad la supremacía del ser humano.

 

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