Mendoza,

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Roberto Suarez

18 de julio

En noviembre de 2009, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 18 de julio “Día Internacional de Nelson Mandela”, en el día de su nacimiento y como reconocimiento de la contribución aportada por el expresidente de Sudáfrica a la cultura de la paz y la libertad, como abogado defensor de los derechos humanos, como preso de conciencia, trabajando por la paz y como primer presidente elegido democráticamente de una Sudáfrica libre.

18/7/2017

Una iniciativa para animar a todos los ciudadanos a dedicar 67 minutos de su tiempo a causas sociales. Se trata de un minuto por cada año que Mandela, premio Nobel de la Paz de 1993, dedicó a luchar por la igualdad racial y el fin del régimen segregacionista del Apartheid, impuesto por la minoría blanca sudafricana hasta 1994.

Madiba (abuelo venerable), como le conocían en Sudáfrica, soportó muchos sacrificios a lo largo de su vida. Familia de los jefes supremos de la tribu de los “embu”, fue formado para convertirse en dirigente de su clan. Pero se rebeló contra su destino: estudió Derecho y se metió en política para combatir las prácticas xenófobas del Apartheid. Era negro en un país dominado por blancos que practicaban la exclusión racial. Y no estaba dispuesto a aceptarlo.

El régimen de Sudáfrica consideraba a Madiba un terrorista y le tuvo cerca de tres décadas entre rejas. Cuenta la leyenda, llevaba al cine por Clint Eastwood, que allí tomaba fuerzas repitiéndose como un rezo el poema “Invictus”, de William Ernest Henley: “Más allá de la noche que me cubre / negra como el abismo insondable / doy gracias a los dioses que pudieran existir / por mi alma invicta”.

Tata Madiba, encarnó la derrota del apartheid y la milagrosa transición a la Democracia en una tierra que avanzaba hacia una sangrienta guerra civil. Liberado de un cautiverio que duró 27 años despiadados, utilizó su aureola legendaria como el preso político más famoso del planeta para extender una mano de amistad y reconciliación a sus carceleros en vez de predicar la venganza.

El prestigio de Mandela se acrecentó aún más cuando, siendo el primer presidente elegido libremente en la historia de su país, rehusó perpetuarse en el poder como es habitual para mandatarios en ese continente.

Por eso, que bueno detenernos, en momentos de tanta avaricia y mezquindad, de tanto odio y violencia de tantas amenazas de destrucción mundial, a recordar a uno de los grandes hombres de la humanidad.

Pocas figuras hay en la historia capaces de generar admiración más allá de fronteras geográficas, mentales o ideológicas. Nelson Mandela ha sido uno de estos raros personajes que fascinan al mundo entero por su integridad, una firmeza aparejada a la calidez humana, una biografía personal hecha de mucho sufrimiento y sobre todo, en su caso, por el grandioso reto al que se enfrentó y ganó, el de acabar con el apartheid en Sudáfrica.

Mandela no pensó que su liderazgo fuera insustituible para el pueblo sudafricano. No fue un líder mesiánico, no se creyó la encarnación del pueblo. Su gesto revela que el proyecto de país trascendía a las personas. Las instituciones republicanas de la alternancia democrática debían ser suficientes para asegurar una continuidad más allá de su figura personal.

El mundo se acostumbró a vivir sin Mandela, pero no quiere acostumbrarse a vivir sin recordar su mensaje y obra. Sobre todo aquella sentencia que se hizo universal:

“La paz no es simplemente la ausencia de conflicto; la paz es la creación de un entorno en el que todos podamos prosperar, independientemente de raza, color, credo, religión, sexo, clase, casta o cualquier otra característica social que nos distinga”.

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