Mendoza,

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Roberto Suarez

La ética

La Argentina ya está inmersa en las campañas electorales por las PASO y luego por las definitivas elecciones de octubre en que se renovarán representantes al Parlamento nacional, a las legislaturas provinciales y a los concejos deliberantes, en momentos en que la mayoría del pueblo espera poder vivir mejor en lo económico y fundamentalmente en su seguridad.

21/6/2017

Una ciudadanía que está harta de escuchar las denuncias de corrupción y su lenta definición judicial, porque ya no se queda con el “roban, pero hacen”. Hoy pide que la Justicia resuelva los hechos denunciados de corrupción que están en sus manos.

La corrupción manifiesta hoy es la práctica de antivalores, defectos todos ellos que degradan al ser humano y obstaculizan el desarrollo económico y social de una nación.

Por otro lado los políticos, en una gran mayoría, exasperan más a la población con actitudes como la de los diputados y senadores nacionales que en estos días se aumentaron las dietas creando un rechazo unánime.

Nada tendría que estar más claro en el ejercicio de la política que el concepto de ética, sus límites, las obligaciones que acarrea y, sin embargo, nada parece más difuso en la realidad. Lo vemos casi a diario, con ejemplos repetidos de comportamientos de dirigentes políticos que, nada más conocerse, provocan dos sensaciones contrarias. Muchos ciudadanos se sienten escandalizados y, por contraposición, los dirigentes políticos afectados, y sus organizaciones respectivas, se ven a sí mismos como dignos ejemplos de la ética política. Como si unos y otros avanzaran por el mismo sendero, pero en direcciones opuestas. Y cada vez más lejos de encontrarse, más lejos unos de otros.

En la antigua Grecia, y luego en Roma, no existía en los filósofos otra exigencia más sobresaliente que la ética para el ejercicio de un cargo público, para el gobierno de un pueblo. “Los que gobiernan un Estado no tienen mejor medio para ganarse fácilmente la benevolencia de la multitud que la moderación y el desinterés” de la riqueza, de los privilegios o de los favores, aconsejaba Cicerón a los políticos en su tratado sobre los deberes. A la inversa, para ganarse la antipatía y la desconfianza de la sociedad, sólo es necesario mostrar crispación, sectarismo y una retahíla continua de casos de corrupción. Si la clase política en su conjunto no es capaz de reflexionar seriamente sobre la gravedad de lo que está ocurriendo en su entorno, no habrá de sorprendernos que la calidad de la democracia se deteriore tanto que, algún día, nos parezca irreconocible tras unas elecciones.

Hay que tratar de lograr lo que planteaba Platón en su famosa obra “La república”: que la política no degenere en intrigas, en corrupción y en arbitrariedades. Platón sostuvo que para que eso no pase se debe proceder con principios éticos fundamentales, que obligan al político a ser justo y a tener como verdadera motivación el bien común de sus súbditos.

Este mecanismo electoral que surge nuevamente debe mejorar el sistema, para lograr una democracia orgánica que se entienda como un sistema de vida en el que estén integradas la economía, la organización política y la ética social. La persona humana considerada como una totalidad y el fin en todo, tanto en el aspecto individual como en lo social.

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