Mendoza,

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Roberto Suarez

¡Salud, Maestro!

Hoy toda Mendoza debe destapar un buen Malbec, nuestro vino emblemático, para brindar por los 80 años de vida de Víctor Antonio Legrotaglie, uno de los tres ídolos emblemáticos de la historia del deporte mendocino, junto a Nicolino Locche y el Negro Contreras.

29/5/2017

Hace casi 50 años que lo conozco al Víctor desde tres facetas, como un pibe hincha en la tribuna viéndolo deslumbrar con la pelota en los pies, luego cubriendo gran parte de su carrera como periodista y después desde el orgullo de haberme permitido ser su amigo.

Al conocerlo tanto entendí profundamente por qué era un ídolo verdadero. Porque tenía ese ángel, ese fuego sagrado, que lo llevó a ser querido y reconocido por tanta gente.

El Víctor en la cancha transmitía el equilibrio entre el arte de engañar, del atacante, y el arte de destruir el engaño, del defensor, como una alegoría de la vida misma. Desplegaba como resultado el arte espontáneo, imprevisible, mágico, desequilibrante, contundente a la hora de definir. Siempre lograba la jugada soñada, con alegría, con pasión.

En tantas reuniones y asados en que hemos hablado sobre esto me quiso explicar lo que lograba en la cancha refiriéndose a colegas que sostenían que los jugadores profesionales no se tenían que divertir. “Cómo que no, yo no sé si alguna vez habrán tocado una pelota. Yo me divertía apenas pisaba la cancha. El jugador se divierte en las prácticas, en los partidos, siempre. No hay nada más lindo que correr, saltar, jugar. Se divierte el que crea fútbol, porque participar del juego es hermoso. Y si encima tenés la posibilidad de tirar una buena pared, hacer una buena jugada, una buena gambeta, un buen tiro libre, un golazo, y que la gente te ovacione, ¿qué más querés? No importa si perdés o ganás, lo lindo es pensar que el domingo que viene podés tener tu revancha”…

Sin ninguna duda el Víctor ha sido uno de los mejores jugadores que ha dado Argentina. Un talento enorme, un hombre que tenía el fútbol en la cabeza y luego en los pies, un zurdo magistral que construía el juego con la naturalidad y con facilidad con la que sólo pueden hacerlo los genios. Un grande de verdad, de los que ya no salen. Su juego siempre estuvo muy por encima de títulos y reconocimientos, que siempre fueron menos de los que merecía. El fútbol del Víctor era talento, imaginación y sentido colectivo. El grupo por encima del individuo. Su juego era puro sentimiento. Amor a la camiseta y entrega al público.

Nació el 29 de mayo de 1937 en Las Heras. Muy niño ya demostró que había nacido para triunfar en la irregular geografía del potrero y después en los grandes escenarios del fútbol. Empezó a jugar en la Sociedad Italiana 5 de Octubre del departamento norteño y que habían fundado su abuelo y su tío. Antes fue goleador y elegido el mejor jugador de los torneos de baby fútbol. Luego vino el dato estadístico que marca uno de sus récords: debutó directamente en la primera de Gimnasia y Esgrima sin haber pasado por las divisiones inferiores.

Llegó a Gimnasia llevándole el bolso a un amigo que jugaba en el “Lobo”. El técnico de Gimnasia era el “Mona” Alfredo García. Este visionario ya lo había visto jugar en Las Heras, y cuando se lo encontró en la cancha del Parque le dijo: “Bien pibe, por fin te decidiste a venir”… Y de inmediato le ofreció integrar el banco de suplentes.

Era un torneo Vendimia y a los pocos minutos de empezado el partido, García lo hizo entrar para marcar en la historia el primer partido en primera del Víctor.

Fue en 1956 y viene otro de los datos resonantes: jugó 22 años consecutivos en primera división. Casi siempre en Gimnasia. Ganó los campeonatos con el conjunto del Parque de 1958, 60, 62, 64, 68, 1970, 71, 72 y 1974.

Jugó en otros equipos como Chacarita Juniors (campeón de la B en 1959). Atlético Juventud Alianza. San Martín en un torneo interprovincial. En Atlético Argentino. Y fue refuerzo de Independiente Rivadavia. Pasó por River, donde no quiso quedarse. Tampoco aceptó ir al Real Madrid, que lo buscó insistentemente. Prefirió ser grande en su tierra, en su Mendoza amada. Fue titular 15 años consecutivos en la Selección Mendocina.

Marcó cientos de goles pero se destacan sus 11 goles olímpicos, sus 60 de tiros libres y uno de escorpión (la famosa jugada que inmortalizó René Higuita). En esa ocasión el Víctor se echó hacia delante en la puerta del área, puso las manos sobre el césped y al mismo tiempo elevó los pies en el aire, y remató con los talones para convertir ese gol.

Con el tiempo quedó una comunión entre Mendoza y el Víctor. Su apellido o apenas su nombre son sinónimos de Mendoza.

La vida le estuvo signada por la gloria y la desgracia. Vivió muy joven lo peor de un hombre, la muerte de un hijo. Su querido Cocó falleció trágicamente en la plenitud de su carrera. En ese momento Víctor tomó la decisión de suicidarse, se le había acabado el mundo. Llegó con su auto hasta la cima del Cerro de la Gloria, dispuesto a arrojarse. Pero según él mismo me contó no lo pudo hacer y se dijo: “Tengo que poner la cara y estar con el Cocó, aquí en este mundo”. Y se abrazó a esa mística que lo acompañó hasta el final de su carrera. Entraba al campo de juego cumpliendo un rito sagrado: llevaba el pantaloncito del Cocó y en el centro del campo de juego todos sus compañeros tocaban la tela que era sagrada para el Maestro, para el director de la orquesta, que lo unía a todo su equipo para luego dar una clase de fútbol.

Pudo afrontar esta situación también por el gran amor que lo unió a su compañera de toda la vida, su esposa Olga, más conocida como la “Lucha”, que unida a sus dos hijas, lo sostuvieron siempre en las buenas y en las malas. Sobre todo dándole esa libertad de pájaro que le permitió anidar siempre con amigos.

Un jugador fantástico e irrepetible en su estilo que con su zurda inventó historias para la historia. El fenómeno del fútbol al fin de cuentas. El que hace llorar de emoción a los unos y los otros, a propios y extraños, en una comunión que unió a todos sin importar la camiseta. Eso fue el Víctor.

Salud Maestro, felices 80 años, gracias por habernos regalado tanto.

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