Mendoza,

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Roberto Suarez

Sin remedio

Nunca había tenido el mundo, como sucede en la actualidad, tantas armas terapéuticas para hacer frente a las enfermedades que afligen a la humanidad. Al mismo tiempo, millones de personas mueren por falta de medicamentos para los cuales existe la capacidad tecnológica y financiera (por lo menos teórica) para ponerlos a disponibilidad de todos.

18/5/2017

De las diez millones de muertes de niños de menos de 5 años que ocurren en los países en desarrollo cada año, aproximadamente ocho millones, estima la Organización Mundial de la Salud (OMS), podrían evitarse si tuvieran un acceso regular a medicamentos.

En Argentina, con mucha o poca inflación, los medicamentos son cada vez más caros y por más que un vasto sector de la población tiene cobertura en distintos descuentos por sus obras sociales, igual se paga mucho. Los precios de las medicinas aumentaron un 85 por ciento en los últimos meses, más que la inflación, según un reciente estudio divulgado por el Centro de Economía Política Argentina.

Los medicamentos para el tratamiento contra el cáncer en Argentina se venden entre un 150% y un 250% más caros que en el Reino Unido y España, según revela un estudio reciente de la Asociación Agentes de Propaganda Médica (AAPM).

La diferencia de precios incluye a los indicados para combatir el cáncer, la artritis y la esclerosis, pero también otros de uso cotidiano.

Las multinacionales aseguran que los mayores incrementos se produjeron en los productos elaborados por los fabricantes locales, y estos, a su vez, invierten la ecuación y señalan que son las compañías extranjeras las que han encarecido en mayor medida sus productos. Pero nadie discute el punto central: los remedios están cada vez más lejos del bolsillo del consumidor.

Sin embargo, no son los laboratorios los que determinan en un todo el aumento astronómico, en un país como la Argentina, donde el precio de los medicamentos está entre los cinco más caros del mundo. Desde que salen de fábrica hasta que llegan al público, los remedios se encarecen un 75% por las comisiones que cobran droguerías, distribuidoras y farmacias en toda la cadena de comercialización.

Y el Estado hace lo suyo también. A diferencia de lo que ocurre en Brasil, México o el Reino Unido, donde no pagan impuestos, en la Argentina soportan una carga impositiva del 21%. Bastante más que el 8,26% que aplica Italia o el 2,9% que rige en España. Estos datos explican al menos en parte por qué muchas veces los argentinos deben pagar más caro un mismo remedio aquí que lo que cuesta en el extranjero.

Dentro del sistema de salud todas las respuestas apuntan a la reglamentación de un sistema de prescripción por denominación genérica y no por marca.

La prescripción por la denominación genérica tiene un fuerte impacto sobre el precio de los medicamentos porque debilita la orientación del médico hacia una determinada marca comercial por el efecto de la publicidad que realizan los laboratorios. De esta manera se favorece la competencia de distintas marcas del mismo producto en función del precio.

La estrategia de impulsar el consumo de genéricos es cada vez más popular en los países desarrollados. En los Estados Unidos, por ejemplo, el 40% de los remedios recetados es genérico.

No obstante, en las naciones de menor desarrollo, donde los fabricantes de medicamentos obtienen sus mayores márgenes de ganancia, esta posibilidad no termina de echar raíces por la presión permanente de los laboratorios, que tienen mayor poder de lobby.

En la Argentina, los intentos oficiales por contener los aumentos de precios y evitar la dispersión de costos se remontan a la administración del presidente Arturo Illia, en la década del 60, cuando se impulsó la llamada ley Oñativia para obligar a los médicos a pedir genéricos. Pero no hubo caso. El golpe de Estado del general Juan Carlos Onganía cortó de cuajo esa posibilidad y allí quedó.

Recién el 28 de agosto de 2002 se sancionó en nuestro país la ley 25.649 de “Especialidades Medicinales y Promoción de la Utilización de Medicamentos por su Nombre Genérico”, que indica que toda receta o prescripción médica deberá efectuarse en forma obligatoria expresando el nombre genérico del medicamento. Sin embargo, en el segundo párrafo de la ley se puntualiza como criterio adicional que la receta podrá indicar, además del nombre genérico, el nombre o marca comercial. Este agregado dejó abierta la puerta para que, luego de un período de buenos resultados (hasta el año 2006), comenzara el incumplimiento de la ley, lo que lo volvió a convertir en un problema sin remedio.

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