Mendoza,

de
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Roberto Suarez

Solidaridad

Sin dudas que todos coincidimos en que la pobreza es el principal problema de la humanidad, y que sus efectos son devastadores.

26/4/2017

Pero la mayoría de la población mundial es indiferente a ello y los responsables de las potencias del mundo están distraídas en las guerras y el negocio de la venta de armas, en el narcotráfico y en mejorar gobiernos de países periféricos nada más que para hacer más negocios con ellos.

Y los medios de comunicación también somos responsables, porque como expresaba en su libro “El fin de la pobreza” el economista estadounidense Jeffrey Sachs: “El hecho es que los medios apenas consignan la noticia de las muertes en masa a consecuencia de la pobreza ni diariamente ni semanalmente ni siquiera una vez al mes. En su lugar, cubren la noticia una vez al año o cada vez que una organización internacional emite un informe acerca del tema”.

Y este, nuestro país, es un lugar de grandes contradicciones sociales y de abismos de exclusión que hacen inviable cualquier intento de éxito en la democratización o desarrollo económico si es que no cerramos las brechas que nos separan. Ayudar a quienes lo necesitan y sumar esfuerzos en las campañas difundiendo por los medios de comunicación es una manera de hacerlo. Pero quizás, más duradero y satisfactorio para todos será que le comencemos a exigir al Estado -y a nosotros mismos- que la indiferencia no sea la característica principal de nuestra conducta y que la improvisación y el gesto falaz no se conviertan en intentos de hacer más puntos en las encuestas con lo que es, simplemente, un deber moral y una obligación.

Una sociedad de vagabundos y mendigos, de desocupados crecientes y de gente con hambre. Una sociedad con poca imaginación y coraje para luchar de verdad por el bien de todos, por el bienestar, sobre todo, de los que nunca han estado bien ni probablemente tocarán nunca lo que es un progreso real, una justicia más concreta. Esta sociedad somos todos, gobernantes y gobernados, unidos en parecida mediocridad de actitudes y de respuestas.

Veníamos de la mentira del gobierno anterior con los índices de pobreza que ocultaban su crecimiento en cada informe oficial. Hoy vemos con agrado, como debe ser en una república, cómo el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) informa que el índice de pobreza alcanzó el 30,3% de la población del país al cierre del segundo semestre de 2016, lo que representó a unos 12,7 millones de personas.

Dentro de este 30,3% de pobres hay un 6,1% de habitantes que son indigentes, es decir, cuyos ingresos no alcanzan para comprar la cantidad de alimentos suficientes.

En el análisis del INDEC, los mayores índices de pobreza se anotaron en los conglomerados urbanos de Santiago del Estero, con el 44%, seguido por Concordia (Entre Ríos) con el 43,6%; Gran San Juan (43,5%); Córdoba (40,5%) y Corrientes (39,5%).

El Gran Buenos Aires alcanzó un índice de pobreza del 34,6%, que si bien es inferior a los anteriores, es el mayor en número de personas (más de 4 millones de habitantes), al considerar la alta densidad de población del Conurbano bonaerense.

Cifras preocupantes y alarmantes que nos plantean a todos los argentinos el desafío de superar la negativa estadística, desde luego reconociendo que es de orden económico y técnico, pero más que todo de orden ético, espiritual y político. Es una cuestión de solidaridad pura.

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