Mendoza,

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Roberto Suarez

30 años

Con motivo de esta última Semana Santa los argentinos recordamos que hace 30 años la sombra de un nuevo golpe de estado, y también la posibilidad de una guerra civil, se posó sobre treinta millones de argentinos y donde el pasado demostraba que aún estaba presente.

18/4/2017

El 16 de abril de 1987, el teniente coronel Aldo Rico se amotinó en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo, vasto complejo militar al oeste de la Capital Federal, declarándose solidario con el mayor Ernesto Guillermo Barreiro, quien, llamado a declarar por la justicia por un caso de torturas, se había refugiado en el XIV Regimiento de Infantería Aerotransportada, en La Calera, Córdoba, el cual también se sublevó. Ante la pasividad de las tropas enviadas para reducir a los insurrectos, En un movimiento que objetivamente era indigno de la suprema magistratura del país y lesivo para el prestigio y la credibilidad de la institucionalidad civil, aunque por otro lado no estaba exento de arrojo, Alfonsín acudió a la Escuela de Infantería a discutir cara a cara con Rico el final del cuartelazo, pero no sin antes dejarse arropar por todas las fuerzas políticas y sindicales del país, que avalaron su delicado paso personal firmando con él un Acta de Compromiso Democrático.

Fue el 19 de abril, domingo de Pascua, una jornada muy subrayada en las efemérides argentinas, a la que Alfonsín puso colofón con un apasionado discurso pronunciado desde los balcones de la Casa Rosada ante la marea humana que llenaba la Plaza de Mayo, que marcó toda una época. Interrumpido constantemente por los vítores y los aplausos, el presidente dijo: “Compatriotas: ¡felices Pascuas!. Los hombres amotinados han depuesto su actitud. Como corresponde serán detenidos y sometidos a la justicia. Para evitar derramamientos de sangre di instrucciones a los mandos del Ejército para que no se procediera a la represión, y hoy podemos todos dar gracias a Dios; la casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”.

Alfonsín venía entendiendo que el juicio a las Juntas, acusar formalmente y juzgar los crímenes aberrantes, desapariciones y torturas perpetrados por el Proceso de Reorganización Nacional no era bien visto por los hombres de armas que defendían  la “guerra contra la subversión”. El pensaba que era altamente posible que  los militares intentaran deponerlo  como ocurrió en los alzamientos carapintadas de ese 1987 y 1988 en Semana  Santa y Monte Caseros con   Aldo Rico y en Diciembre de 1988 con Mohamed Seineldin en Zárate y en Campo de Mayo.

Me acuerdo de aquella mañana del 16 de abril del 87, cuando este cronista era  Subsecretario de Comunicación de la provincia y reunidos en el despacho del gobernador,  Santiago Felipe Llaver le llamo a Alfonsín para saber sobre el alzamiento conocido en la madrugada. La respuesta del presidente fue tremenda: “A los mandos que di la orden de disolver el alzamiento en Córdoba y Campo de Mayo no responden”, fue más grave la sensación que nos invadió de estar cerca de un golpe cuando Felipe le consulto con que contaba y el Presidente le dijo: “Con el revólver del coronel Yago de Gracia que está a mi lado”. De Grazia era el edecán de Alfonsín.

Han pasado 30 años y en ese lapso se lo criticó a Alfonsín por la definición del conflicto

Pero quizá hoy se comprenda que tras esos hechos verdaderamente la democracia se instaló en la Argentina para todos los tiempos.

Sobre este tema con el tiempo Alfonsín le confesaría a Simón Lazara: “Era más importante preservar los derechos humanos de los vivos que los de los muertos. Nosotros no hicimos una Revolución, no tomamos la Bastilla, nuestra única fuerza era el poder moral e institucional de los votos”.

Muchos de quienes componen mi generación descubrieron a partir del proceso iniciado en 1983, conmovidos por el rezo laico del Preámbulo, el valor de la democracia y del Estado de derecho que hasta entonces habíamos despreciado en nombre de otros ideales, sin advertir que no tenían por qué ser mutuamente excluyentes. Fuimos hijos de la violencia y de la ilegalidad argentinas; en ellas nos nutrimos y a ellas servimos hasta que el horror de la dictadura y del terrorismo de Estado, las prisiones, las muertes y los exilios nos mostraron definitivamente el largo rostro cruel de nuestra historia y la necesidad de articular las viejas banderas sociales con los nuevos aires que a ellas podía proporcionarles la democracia. Más allá de consideraciones coyunturales, de comprensibles discrepancias sobre asuntos puntuales, de juicios que ya remiten al análisis histórico, sería imposible no reconocer en ese logro una enorme deuda con Raúl Alfonsín.

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