Mendoza,

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Roberto Suarez

Nuestra lengua

Sin dudas que las nuevas tecnologías influyen en todos los idiomas, pero a nosotros nos preocupa el español.

6/2/2017

Hace rato se viene hablando de una nueva ortografía, marcada por las exigencias de las alternativas que produce fundamentalmente internet.

El debate, de cualquier modo, no ha tenido gran repercusión en las normas. Cada quién hace lo que quiera, a nadie lo sancionan por escribir un SMS con faltas ortográficas. Pero si asumimos que la lengua es un ente “vivo”, que nace, se desarrolla y eventualmente puede morir, la discusión adquiere otro matiz: ¿venimos matando lentamente el idioma?.

Hay opiniones en los dos extremos. Algunos consideran que el empobrecimiento es evidente, sobre todo en ámbitos menos profesionales. Otros son más optimistas: creen que asistimos a una transformación sensata.

Cada época instaura un contexto singular: nuevas maneras, nuevos inventos, nuevos procesos en los ámbitos económicos, sociales, políticos y culturales. Los pueblos cambian y con ellos el idioma. No se puede pretender que una lengua sea una entidad inamovible, eso va contra todas las lógicas.

Pero también es cierto que las prácticas pueden abaratar giros, expresiones, estilos… Pudiera parecer que hay un idioma español culto, lengua de poetas, y hay un español popular, patrimonio del pueblo, ingenioso y cambiante… Pero en realidad hay un solo idioma, con variantes geográficas y disímiles niveles de dominio.

El gran Gabriel García Márquez, escandalizó a los expertos lingüistas en 1997, cuando en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, propuso liberar al lenguaje de sus “ fierros normativos”. El genio colombiano no sólo proponía jubilar la ortografía, aseguraba que había letras y acentos que provocaban más terror que utilidad o practicidad a los usuario.

Los que se oponen a una rápida incorporación de palabras generadas por el mundo cibernético se quejan de que el idioma se está llenando de anglicismos, adoptados fácilmente por un público seducido por la aparente agilidad y dinámica del inglés en describir nuevas actividades y conceptos.

Tal es el caso de chat —y sus derivados como chatear— que tiene un equivalente en español en la palabra charla (charlar). Funciona perfectamente, pero chat es la que se usó primero y es la preferida por la comunidad en internet. Lo mismo sucede con página web, para la cual la Academia sugiere la palabra ciberpágina, pero nadie utiliza ese término y es posible que muy pocos sepan que existe. Además, la misma palabra web ya fue aceptada por ese diccionario.

No pocos piensan que a la vuelta de algunos siglos, el inglés habrá devorado al español. Dicen, incluso, que el denominado “spanglish” será el idioma del futuro. Pero es una apreciación algo superficial. El español se ha consolidado extraordinariamente a lo largo de más de cinco siglos, hoy es el tercer idioma en el mundo y el principal patrimonio cultural de todo un continente.

Mientras existan estas naciones, estos pueblos, habrá español. Es cierto que algunas lenguas murieron o fueron “ocupadas” por otras más fuertes. Pero eran, casi siempre, lenguas poco difundidas y en ocasiones poco prácticas.

Es impensable que algo así le ocurra a un idioma hablado ahora mismo por más de 500 millones de personas.

Las nuevas tecnologías plantean un reto al español. Todo parece indicar que el idioma podrá vencer los obstáculos —hasta ahora lo ha hecho— y adaptarse sin que se pierdan las esencias.

Con el advenimiento de las redes sociales, el uso de los dispositivos portátiles y el auge de la comunicación vía mensajes de texto, aquella práctica de simplificar el lenguaje se ha multiplicado, es cada vez más común entre la gente e incluso se ha hecho cada vez más de manera sistemática.

Tenía razón Gabo cuando, en aquel memorable discurso hace 20 años, sostenía:  “Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempos no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que transite en el siglo veintiuno como Pedro por su casa” y también el otro Nobel de estas tierra Octavio Paz cuando en el mismo congreso sentenciaba: “Descubrimos así una verdad simple y doble: primero, somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y segundo, hablarla es una manera, entre otras, de ser hombre. La lengua es un signo, el signo mayor de nuestra condición humana”.

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